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Turismofobia: la cara menos amable de una industria millonaria

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Pintadas en el barrio de Gràcia de Barcelona contra el turismo CARLES RIBAS

Vecinos de Barcelona, Palma y Madrid se rebelan contra la masificación turística por los problemas de convivencia y el alza del precio de los alquileres

CLARA BLANCHAR/ LLUÍS PELLICER

Barcelona/ Unos 300 vecinos salían la semana pasada a la calle en Palma disfrazados de turistas y arrastrando maletas. Representaban un carril guiri, paseando como hacen miles de cruceristas. En Barcelona siguen apareciendo pintadas, cada vez más agresivas, en el barrio de Gràcia o cerca del parque Güell. All tourists are bastards, se leía días atrás. En Madrid, el Carnaval terminó en Lavapiés con un simbólico entierro de la vecina: alertaba de la expulsión de población por la presión turística.

La industria turística ha vivido un boom. Año tras año, España bate récords, hasta superar los 75 millones anuales de visitantes. En cinco años, el turismo internacional ha crecido más de un 30%. Simultáneamente, ha aparecido y se ha extendido la turismofobia. El sector vive con inquietud el aumento del rechazo al turismo. “Llamamos a los responsables políticos de algunas Administraciones cuyas actitudes no ayudan a rebajar las tensiones”, advierte el presidente de la Confederación Española de Alojamientos Turísticos, Joan Molas.

Las patronales miran con especial preocupación Barcelona y Baleares, donde el turismo representa un elevado porcentaje de la economía. Y sobre todo cuando la prensa internacional ya se ha hecho eco del fenómeno. A las puertas de otro verano de récord, el diario británico The Independent situó a Barcelona como uno de los ocho destinos que más odian a los turistas. El ministro del ramo, Álvaro Nadal, tuvo que salir al paso y afirmó que “no es tanto un fenómeno social como político”. Pero los expertos consultados, incluso algunos empresarios, convienen en que la irrupción del turismo masivo en la vida cotidiana de los ciudadanos causa problemas. Bien porque literalmente casi no pueden andar por la calle, como alrededor de la Sagrada Família de Barcelona, por los problemas de convivencia —se han llegado a denunciar a turistas que jugaban a fútbol en pisos— o porque el incremento de viviendas turísticas ha ido en detrimento del alquiler para residentes, un fenómeno que ha disparado los precios.

Barcelona es una de las ciudades donde más se ha plasmado la turismofobia. Según una encuesta del Ayuntamiento, a pesar de que una abrumadora mayoría de ciudadanos (el 86,7%) considera que el turismo es beneficioso, casi la mitad cree que se está llegando al límite. El turismo se ha convertido en la segunda preocupación de los vecinos. Es lo que Claudio Milano, profesor de Ostelea y miembro del grupo Turismografías, llama el “índice de irritabilidad”. “Las ciudades que viven estos fenómenos pasan de una euforia inicial a una situación de conflicto, no con los turistas, sino con las políticas turísticas”, sostiene. La turismofobia, apunta, no exclusiva de España: “Lo hemos visto en Venecia, Berlín, Toronto, Nueva Orleans o el sureste asiático”.

¿POR QUÉ EN BENIDORM NO HAY MALESTAR?

El profesor de gestión turística urbana Paolo Russo cree que la gota que colma el vaso del malestar con los turistas es “la convivencia cotidiana entre el turismo y el residente: se exacerba el malestar y surge un resentimiento comprensible pero que busca el culpable equivocado”. Un malestar que no existe en la misma medida cuando los turistas se alojan solo en hoteles, aunque haya muchos.

Estas razones explicarían que en destinos masivos y maduros como Benidorm (Alicante), Lloret de Mar (Girona) o Canarias no haya turismofobia. “Se han construido a lo largo del siglo XX, son monocultivos dedicados al turismo y la ciudadanía local está vinculada, pero el turismo no ha entrado en sus barrios”. Barcelona, en cambio, no se ha construido enfocada al turismo, conviene.

A más visitas, más enemistad

Paolo Russo, profesor de Gestión Turística Urbana en la Universidad Rovira i Virgili, ha vivido esa situación en sus carnes. Es veneciano. “Allí los vecinos hemos perdido la ciudad, es irreversible”. Conoce el rechazo y las protestas, pero opina que los ciudadanos se equivocan cuando dirigen su ira al turista. “Es solo la cara de la industria turística. Al ciudadano molesto le resulta más fácil culpar al turista, cuando no lo es: es la industria, el puerto que trae cruceristas, los políticos, el urbanismo... Cualquier ciudad que ha sido acogedora con los turistas se enemista con ellos cuando aumenta la presión”.

El Ayuntamiento de Barcelona calcula que el alquiler turístico es hasta cuatro veces más rentable que el convencional. Y eso desvía el mercado hacia los visitantes y dispara los precios. “Ha habido manifestaciones vecinales como la de la Barceloneta. Pero allí solo hay un hotel de 30 habitaciones. El problema son las miles de viviendas de uso turístico ilegales. Y nos preocupa, porque nos dificulta hallar alojamiento para nuestros trabajadores”, lamenta Molas. Las Administraciones han puesto esa oferta en el punto de mira. “El hotel es una burbuja: protege al ciudadano de los turistas, que visitan la ciudad de día, pero durante la noche se concentran en él”, abunda Russo.

En el barrio Gòtic de Barcelona más de la mitad de los edificios tienen pisos turísticos. Reme Gómez, activista vecinal y miembro de la Asamblea de Barrios por un Turismo Sostenible, rechaza el término turismofobia. “Desvía el foco de atención, da argumentos a los grandes lobbies, y señala a colectivos que llevamos años denunciando las consecuencias negativas con argumentos”. La activista alerta de que la masificación está “destruyendo el tejido local” y apuesta por el “decrecimiento”.

Las protestan también crecen en Mallorca. Allí se han organizado en colectivos como La ciutat per a qui l’habita o Palma21. Macià Blázquez, profesor de Geografía de la Universidad de las Islas Baleares, recuerda que el turismo es “una industria muy bendecida. Siempre se ha dicho que no tiene chimeneas porque presta servicios y no extrae recursos”.

Gasto compartido

Precisamente, el experto en espacio público David Bravo y el geógrafo Francesc Muñoz coinciden en que el turismo debe ser tratado como una industria. “Asumimos todos el gasto en limpieza, transporte público y seguridad de los cruceristas y a menudo solo dejan el envoltorio de la comida que les dan”, se queja Bravo. Muñoz defiende “ir al tuétano: igual que el promotor que quiere hacer negocio tiene que pagar un aprovechamiento, las empresas turísticas que se aprovechan de inversiones colectivas (como una peatonalización) tendrían que pagar un retorno a las ciudades”.

El consultor de Magma Turismo Bruno Hallé, convencido de que el problema ha sido originado “desde opciones políticas”, resalta en cambio la generación de “riqueza, conocimiento y puestos de trabajo” del sector. “Los esfuerzos deben dirigirse a vigilar la oferta ilegal”, opina. En realidad, muchos vecinos han aprovechado el boom para alquilar pisos o habitaciones a turistas también durante la crisis.

ITALIA ESTUDIA CONTROLES EN CIUDADES Y MONUMENTOS

La alcaldesa de Roma, Virginia Raggi, quiere evitar que los 30.000 visitantes que cada día se acercan a la Fontana de Trevi en Roma se detengan ante ella. Lo ha dejado claro este mes. Toma así el testigo del ministro de Cultura italiano, Dario Franceschini, que semanas antes habló de fijar límites en las visitas a “los centros históricos” del país.

La Fontana de Trevi es uno de esos centros de los que habló Franceschini, como lo es la famosa escalinata de Trinità dei Monti, también en Roma, ciudad que recibe decenas de millones de visitas cada año.

En Venecia la presión se multiplica. Allí viven 50.000 personas y recibe la visita de más de 30 millones de visitantes cada año. Allí se han instalado contadores en la entrada a la ciudad por los tres puentes de acceso y en los muelles donde desembarcan los cruceros.

Este es un mecanismo para que se pueda empezar a poner límites al número de visitantes que reciben esos “centros históricos”, como propone Franceschini.

Otro lugar donde las autoridades intentan que el turismo no muera de éxito es Islandia. La volcánica isla del norte del océano Atlántico, en la que viven 330.000 personas, ha visto cómo en los últimos años se ha multiplicado su atractivo turístico. En 2010, a través de su aeropuerto internacional, recibió casi medio millón de visitas; el año pasado fueron 1,76 millones.

Este boom ha llevado a las autoridades del país a plantearse este mismo año medidas para encarecer el precio de los alojamientos turísticos para limitar la llegada de visitas.

 

Fuente: El País

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