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La viruela, sus ángeles y sus demonios

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Estatua de Tucídides, el filósofo griego. EYE UBIQUITOUS UIG VIA GETTY IMAGES

Tucídides nos dejaría la pista que siglos después siguió el médico inglés Edward Jenner para descubrir la vacuna de esta enfermedad

MONTERO GLEZ

Mucho antes de que se desarrollasen las primeras vacunas, Tucídides, el padre de la “historiografía científica”, había advertido de la existencia de la inmunidad en tiempos de la peste de Atenas descrita en su Historia de la guerra del Peloponeso. Según Tucídides, quienes habían padecido el cuadro clínico de la peste de forma leve, se habían hecho inmunes a ella y, por lo mismo, podían atender a los afectados.

“...los que habían escapado del mal, sentían la miseria de los demás por haberla experimentado en sí mismos; aunque estaban fuera de peligro, porque no repetía la enfermedad al que la había padecido, a lo menos para matarle; por lo cual tenían por bienaventurados a los que sanaban, y ellos mismos, por la alegría de haber curado, presumían escapar después de todas las otras enfermedades que les viniesen.”

Tucídides fue uno de los pocos que logró escapar de la plaga de Atenas. En su texto dejó la pista que siglos después siguió el médico inglés Edward Jenner para inocular a un niño de ocho años el suero extraído de una pústula de viruela, haciéndole así inmune a la enfermedad. Ocurrió en el año 1796 y tanto la noticia, como el método, se extendieron de inmediato por Europa. Cuatro años más tarde, la vacuna de la viruela llegaba a España bajo el reinado de Carlos IV que, sensibilizado por los estragos de una enfermedad mortal por la que había perdido a su hija María Teresa (1791-1794), puso en marcha la primera expedición sanitaria de la Historia que sería bautizada como La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, también conocida como Expedición Balmis por ser Francisco Javier Balmis el médico que se pondrá al frente de la misma.

Según las crónicas, el primer brote de viruela en el Nuevo Continente se produjo en 1518, en la isla de La Española. Cuenta Fray Bartolomé de Las Casas que sólo sobrevivieron un millar de indios. Desde La Española, la viruela se expandió hasta a México, alcanzando Tenochtitlán en el momento en el que los aztecas preparaban un ataque contra los españoles. Por decirlo a la manera de Tucídides, el primer historiador materialista de la Historia, si no llega a ser por la viruela, la victoria azteca hubiera sido inevitable.

Con tales antecedentes, la viruela llevaba centurias haciendo estragos en Sudamérica cuando, el 30 de noviembre de 1803, el “María Pita” zarpó desde La Coruña hacia Puerto Rico, cubriendo la primera etapa de la misión que llevó la vacuna a las colonias españolas en el Nuevo Continente. Embarcaron 22 niños, de 3 a 9 años, todos chicos. Cada niño embarcó con un hatillo que contenía zapatos, ropa y artículos de aseo, así como un vaso, un plato y un juego completo de cubiertos.

En un principio, se intentó enviar la vacuna a América en recipientes de cristal, sellados con parafina, pero, al final, Balmis desechó la idea. Las vacunas no aguantarían y llegarían inservibles. Sólo quedaba una solución y era la de inocular la infección en niños para que llegara viva.

De esta manera, a través de los tiempos, la curiosidad de Tucídides se hizo conocimiento y viajó al otro lado del Atlántico. Todo gracias a Edward Jenner, un médico rural que, observando que las mujeres que ordeñaban eran inmunes a la viruela, imaginó que el contacto con el virus las protegía del mismo. La imaginación, al ser más grande y extensa que la realidad, acertó con rigor científico a pesar del rechazo de buena parte de la comunidad científica de la época. Hubo voces que llegaron a decir que, si las personas se vacunaban, acabarían con apéndices de vaca por todo su cuerpo.

Años después, llegaría Pasteur a poner nombre al remedio de su predecesor como homenaje a este. La observación de Edward Jenner, acerca de la inmunidad en las ordeñadoras, llevaría el nombre de vacuna porque vacuna viene de “vaca”.

 

Fuente: EP

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¿Por qué tenemos agujetas o calambres?

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Los dolores aparecen cuando sometes al músculo a un esfuerzo para el que no está preparado en ese momento

ÁFRICA LÓPEZ-ILLESCAS

Hay distintas teorías que explican esos dolores que aparecen en el músculo después del ejercicio intenso. Una de las cosas que se dice sobre ellas es que se producen cuando el músculo no está entrenado, es decir que le pasa solo a la gente que no tiene entrenamiento. Y eso no es del todo cierto. Yo trabajo en Consejo Superior de Deportes con deportistas de élite y al principio de la temporada al menos algunos de ellos, también tienen calambres.

Eso es porque las agujetas o calambres aparecen cuando sometes al músculo a un esfuerzo para el que no está preparado en ese momento, o lo que es lo mismo, a un sobreesfuerzo. La diferencia entre esos deportistas de élite y el resto de las personas que hacen ejercicio físico es que a los primeros que están muy preparados, les duran bastante menos.

Las agujetas se producen por un exceso de trabajo en los músculos. Su nombre médico es mialgia diferida o dolor muscular de aparición tardía. Durante un tiempo se pensó que se debía al daño que el ácido láctico producía en los músculos afectados. Esta teoría está actualmente desechada. La hipótesis más aceptada en la actualidad es que las agujetas se deben a que con el ejercicio intenso se producen microrroturas de fibras musculares. Hay otra teoría minoritaria pero que en mi opinión tiene sentido unida con la de las microrroturas y es que se las agujetas están causadas por el incremento de temperatura local e intramuscular que produce un ejercicio intenso, un incremento de temperatura que aumenta las microlesiones. Yo creo que las dos están unidas y son la causa de las agujetas.

Esas microrroturas y microlesiones provocan la inflamación del tejido y ese proceso inflamatorio tiene todas las consecuencias asociadas a él, una de ellas es la sensación de dolor cuando el organismo se defiende de esa inflamación. Pero ¿por qué duele? Pues porque se liberan algunas sustancias que provocan estímulos nociceptivos, es decir, esos estímulos de los nervios que el cerebro interpreta como dolor.

Las agujetas duran más o menos dependiendo del grado de microrroturas. Generalmente aparecen al día siguiente del esfuerzo intenso o incluso a los dos días. Y suelen durar entre dos o tres días. El tiempo que duren depende mucho de la preparación física que tenga el deportista, por ejemplo a los deportistas de alto nivel las agujetas se les quitan enseguida. Y también disminuyen en el tiempo si se tratan. Muchas veces vemos a maratonianos que cuando terminan las carreras meten las piernas en piscinas de plástico con agua y cubitos de hielo. O los jugadores de la NBA cuando terminan el partido meten en agua con hielo las piernas, las manos. Y eso es para disminuir la inflación. El agua fría es un buen tratamiento contra las agujetas. Es muy reconfortante aunque el principio parece que los músculos te están ardiendo, eso es porque aumenta la vascularización en ese tejido y hace que se movilicen más todos los productos de desecho, también los de las propias microrroturas. Es decir, el dolor y la inflamación desaparecen más deprisa.

También es útil hacer ejercicio de intensidad baja para que ese músculo vuelva a regularizar su metabolismo, su contractibilidad y se facilite la recuperación. Son muy eficaces los estiramientos suaves o un masaje de descarga que favorezca la evacuación de esos productos de desecho.

Esta es la forma de combatirlas pero también hay acciones preventivas para evitarlas. Lo de tomar sobres de azúcar que se recomienda a veces no solo no mejora las agujetas sino que es perjudicial para el organismo. La mejor manera de prevenirlas es, además de estar muy bien hidratados ya que la deshidratación aumenta la lesión muscular, tener una alimentación buena. Comer un menú adecuado antes de hacer deporte consigue que se tengan las reservas adecuadas de glucógeno, ATP y fosfocreatina, los productos que dan la energía a las células, y eso logra que el músculo esté en condiciones para el ejercicio. Si por ejemplo vas a hacer una caminata, senderismo, hay que prepararse, no solo un rato antes sino incluso, el día anterior. Debes saber cómo tienes que alimentarte para preparar a tus músculos. La adaptación de la regulación alimenticia y el ejercicio que se va a realizar. También es importante el calentamiento antes de empezar el ejercicio, que los músculos no entren en ese ejercicio intenso en frío.

Es importante que sepas que las agujetas son también objeto de investigación. Ahora mismo, por ejemplo, dirijo un estudio de valoración de la fuerza muscular isocinética en deportistas con y sin agujetas. Lo que queremos ver es cómo las agujetas afectan a la fuerza del músculo en voluntarios que se someten a un ejercicio intenso. Medimos la fuerza de sus músculos antes de hacer el ejercicio intenso, cuando ya tienen las agujetas y una vez que se les han pasado. Lo que pretendemos es entender de qué forma las agujetas afectan a la fuerza muscular.

África López-Illescas es jefa del Servicio de Readaptación Física del Consejo Superior de Deportes (AEPSAD) y profesora de Medicina de la Universidad Alfonso X el Sabio.

 

Fuente: EP

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La ciencia de los deseos que nos mantienen vivos y pueden matarnos

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La comida basura explota los mecanismos del deseo y el placer para que la devoremos compulsivamente SHANE ROUNCE

El psicobiólogo Ignacio Morgado publica un libro sobre la biología del deseo y el placer y cómo explica la obesidad, las adicciones o las diferentes inclinaciones sexuales

DANIEL MEDIAVILLA

Una rata con un cable conectado a la región del cerebro que activa el deseo desvela la fuerza de los mecanismos que nos empujan a vivir y también sus peligros. Si cada vez que activa una palanca recibe un estímulo eléctrico, seguirá haciéndolo compulsivamente hasta caer rendida por inanición. Y ni siquiera habrá sentido placer. La dopamina que libera con las descargas está en la raíz del deseo, de la motivación para buscar sensaciones agradables, y solo eso parece suficiente para que el animal olvide el resto del mundo.

Durante millones de años, el deseo y el placer han mantenido la vida en el planeta. La sed para no morir deshidratados, el hambre para no olvidar comer o el apetito sexual para transmitir nuestros genes a la siguiente generación. Los humanos queremos creer que podemos sobreponernos o al menos encauzar esos impulsos básicos, pero ignoramos hasta qué punto dependemos de una programación biológica que nos determina desde el nacimiento hasta la muerte.

En su libro Deseo y placer (Ariel), el director del Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona, Ignacio Morgado, repasa los precisos mecanismos que nos mantienen con vida y ayuda a entender los equilibrios que fueron útiles durante millones de años de evolución y pueden volverse peligrosos en el mundo moderno.

Entre dos gemelos idénticos, si uno es homosexual, la probabilidad de que el otro también lo sea es del 48%

Por ahora no existen narcosalas con adictos enganchados a electrodos para activar las regiones del cerebro que azucen su deseo, pero existen drogas como la cocaína que activa el sistema motivacional de la dopamina y produce efectos similares. Las sustancias ilegales, no obstante, no son las únicas que asaltan las vías del deseo y el placer para poner en riesgo nuestro bienestar y nuestra libertad.

Nuestro organismo incorpora un sistema de señales que avisa de la necesidad de comer y de dejar de hacerlo. La grelina es una hormona que produce el estómago y nos da hambre. Su concentración en el plasma sanguíneo aumenta cuando estamos en ayunas y disminuye cuando hemos comido. Su presencia en la sangre también depende de la cantidad de grasas del cuerpo, algo que, según explica Morgado, puede indicar que tiene un papel en la regulación del peso. Un efecto similar, aunque en sentido contrario, es el de la leptina, que se libera para indicar al organismo que el cuerpo ya tiene bastantes reservas y hace cesar el apetito.

Pese a que tengamos la sensación de que la solución para combatir la obesidad es relativamente sencilla y bastaría con comer menos y hacer ejercicio, el sistema de señales de cada organismo individual hace que varíe la dificultad de la tarea. Como recuerda Jeffrey Friedman, el descubridor de la leptina, la programación genética nos empuja hacia un peso y, aunque temporalmente sea posible adelgazar, las señales hormonales nos harán sentir que algo no va bien con nuestra dieta si nos mantiene por debajo de nuestro peso programado.

El último apetito fundamental al que Morgado dedica su libro es el sexo. Aunque alguien puede vivir sin tener sexo jamás, la programación genética nos hace buscarlo con ahínco. En este caso el deseo se ha intentado regular por motivos sociales. Como en el caso del hambre, se ha considerado que nuestra libertad es completa a la hora de elegir y, como en el caso del hambre, es posible observar cómo un cambio en la regulación del deseo a través de las hormonas modifica también nuestra relación con el sexo. En ratas se ha observado que si se castra a un macho recién nacido se elimina la posibilidad de que su cerebro se masculinice. Después, cuando son adultos, si se les trata con estrógenos, adoptarán posturas para ser montados por un macho como hacen las hembras. Si a estas se les extirpan los ovarios y después se les da testosterona, tratarán de montar a otras hembras.

La programación genética nos empuja hacia un peso y eso hace que sea tan difícil mantener el peso perdido con las dietas

Esta variación de la conducta sexual dependiendo de las señales químicas que produce nuestro cuerpo siguiendo la programación genética también puede explicar, al menos en parte, la homosexualidad o la transexualidad. Un estudio de la Universidad de Illinois (EE UU) citado por Morgado mostró que entre hermanos gemelos idénticos, que comparten todo su genoma, si uno de ellos era homosexual, la probabilidad de que el otro también lo fuese era del 48%. Entre los gemelos que solo comparten la mitad de los genes era del 16% y entre hermanos biológicos del 14%. Entre hermanos adoptados, la probabilidad era del 6%.

Sobre la transexualidad, estudios como los publicados por Antonio Guillamón, Carme Junque y Esther Gómez-Gil sugieren que los cerebros de los transexuales que aún no se han sometido a un tratamiento hormonal tienen morfologías específicas, diferentes de las de los de hombres o mujeres heterosexuales. Estas diferencias se han observado sobre todo en estructuras de la corteza cerebral implicadas en la percepción del cuerpo, algo que, según Morgado, explicaría la incongruencia entre identidad de género y sexo.

El conocimiento de los mecanismos que regulan el deseo y el placer no tiene que ser una justificación del fatalismo, según Morgado. Saber cómo funcionan puede ayudarnos a ponerlos a nuestro servicio para mantener las ganas de vivir y a tener unas expectativas razonables sobre la capacidad propia y de los demás para dirigir la vida en la dirección deseada.

 

Fuente: EP

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La mujer incapaz de sentir dolor

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Jo Cameron come pimientos ultrapicantes en la consulta del anestesista Devjit Srivastava, en Inverness (Escocia).

Una mutación genética provoca que una británica de 71 años produzca más sustancias relacionadas con la felicidad en su cerebro, según un equipo internacional de científicos

MANUEL ANSEDE

Las Tierras Altas de Escocia están llenas de leyendas de hadas, hombres lobo y misteriosas criaturas bajo el lago Ness, pero esta historia es real. En el hospital Raigmore de Inverness, la capital de la región, todavía recuerdan el día en el que una mujer de 66 años entró por la puerta para extraerse un hueso de la muñeca de la base del dedo pulgar a causa de una osteoartritis. “No hace falta que me pongas anestesia, porque no siento el dolor”, le dijo con una sonrisa la señora al anestesista, Devjit Srivastava. Él, incrédulo, siguió con el protocolo habitual y durmió a su paciente, pero se quedó pensativo. ¿Y si era cierto?

Y lo era. Un equipo internacional de investigadores presenta hoy jueves el caso de Jo Cameron, una mujer “dicharachera, feliz, optimista” y con “insensibilidad al dolor”, unas características producidas, según los científicos, por dos mutaciones en su genoma que hacen que tenga casi el doble de cannabinoides endógenos en su cerebro. “Es muchísimo. Esto me hace ridículamente feliz y es molesto estar conmigo. A la gente le gusta estar triste”, bromea Cameron por teléfono.

"Me quemo a menudo en la cocina y no me entero hasta que huele a carne quemada", explica Jo Cameron

Tras aquella operación que debía ser dolorosa, el anestesista Srivastava se propuso estar atento a aquella mujer. Observó que le administraban una sola dosis de paracetamol, “posiblemente por rutina”, y Cameron ya no pidió más, rememora todavía asombrado. El médico probó a darle pellizcos y como si nada. Comenzaron las preguntas.

Un año antes, Cameron se había sometido a otra cirugía para reemplazar su cadera por una prótesis. Tampoco sintió dolor, aseguró. “Me quemo a menudo en la cocina y no me entero hasta que huele a carne quemada. Tengo muchas cicatrices en mi cuerpo”, explica por teléfono. “No es algo bueno. Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. El dolor te avisa de que algo malo está pasando. Y yo no me entero”.

Srivastava dio la voz de alerta a otros colegas y el insólito caso llegó a instituciones como las universidades de Oxford, Cambridge y California. Su estudio, publicado hoy en la revista especializada British Journal of Anaesthesia, señala a las presuntas causas de la felicidad sin dolor de Jo Cameron. Cada célula humana funciona gracias a un manual de instrucciones de 3.000 millones de letras. Un párrafo de ese libro minúsculo controla la producción de FAAH, una enzima que degrada la anandamida, un compuesto químico que a su vez permite la comunicación natural entre neuronas en el cerebro. El nombre de anandamida deriva de la sensación que produce. Ananda, en sánscrito, significa felicidad. Se considera un cannabinoide endógeno porque sus efectos son similares a los de la planta del cannabis, la marihuana.

Los investigadores creen que Cameron —hoy una profesora retirada de 71 años— heredó dos mutaciones en la zona del genoma humano que tiene las instrucciones para eliminar la anandamida. “Creemos que no sufre ningún problema en la transmisión del dolor, sino que la abundancia de anandamida [...] en el cerebro debido a sus defectos genéticos hace que no sienta el dolor”, resume Srivastava.

El anestesista recuerda que, por ejemplo ante una quemadura, el cuerpo envía señales eléctricas a través de los nervios hasta la médula espinal, que procesa ese mensaje y lo traslada al cerebro. “Las señales que llegan al cerebro forman la experiencia del dolor, pero esta sensación depende de la genética, del estado emocional, del estado hormonal, de las expectativas, de las experiencias previas y de otros factores”, apunta Srivastava. La sobredosis natural de anandamida en la cabeza de Cameron diluiría ese mensaje doloroso en el cerebro.

“Nuestro objetivo final es encontrar mejores tratamientos para millones de personas con dolor crónico”, sostiene el investigador James Cox

“Es una historia asombrosa. Tengo el privilegio de haberme podido asomar a la estructura de la naturaleza”, celebra el anestesista que se topó por casualidad con el caso en un hospital de las Tierras Altas de Escocia. Una foto muestra a Srivastava y a Cameron juntos en la consulta. Ella aparece masticando pimientos ultrapicantes de la variedad Scotch Bonnet, conocidos en algunos países como bolas de fuego. “La señora Jo puede comérselos sin sentir ninguna sensación de ardor”, señala con pasmo el médico.

“Nuestro objetivo final es encontrar mejores tratamientos para millones de personas con dolor crónico”, sostiene James Cox, biólogo molecular del University College de Londres y codirector del estudio. Su equipo trabaja ahora en la edición genética de células humanas en el laboratorio para intentar replicar las mutaciones de Jo Cameron y entender mejor sus efectos.

Los investigadores recuerdan que el camino hacia nuevos tratamientos no será fácil. Ya en 2001, científicos de EE UU mostraron que ratones modificados genéticamente para no generar la enzima FAAH presentaban elevadas cantidades de anandamida, la sustancia vinculada a la felicidad. Sin embargo, recientes ensayos clínicos con compuestos inhibidores de la FAAH han fracasado. En 2016, uno de estos experimentos acabó en Francia con cinco personas graves, una de ellas en muerte cerebral.

Pese a todo, Jo Cameron mira con ilusión al futuro. “Hay muchísimas personas que sienten mucho dolor. Yo sería muy feliz si mi genética ayuda a encontrar una manera natural de reducir su sufrimiento”, confía. No podía ser de otra manera. Cameron lleva el optimismo en el cerebro.

 

Fuente: EP

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¿Por qué nos enganchan los besos?

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Inma Ruiz

Cada vez que alguien roza nuestros labios estallan las hormonas que activan terminaciones nerviosas de nuestro cuerpo y que producen un agradable placer físico y psicológico.

CUALQUIER COSA menos besos en la boca”. Es una frase que Julia Roberts, en su papel de prostituta en Pret­ty Woman, le espetó a su cliente, Richard Gere, para dejarle claro que toda ella estaba en venta menos un beso. Todos los espectadores entendieron su significado: este acto es quizás el más íntimo, emocional y comprometido entre dos personas. Nuestra cultura lo entiende como un gesto sexual blanco, el único bien visto públicamente: los padres lo hacen delante de sus hijos, y los recién casados, delante de sobrinos, abuelas y hasta del monaguillo frente al altar. Pero la realidad es que se trata de un detalle cargado de erotismo, uno de los contactos físicos más intensos que pueden regalarse dos amantes. La tormenta hormonal que provoca es tal que por sí sola es capaz de desencadenar el enamoramiento.

El recuerdo del beso y de todo lo que le rodeó viene a nuestra cabeza de forma recurrente y sin que podamos controlarlo

Cierre los ojos y pida a cualquiera que suavemente roce sus labios con un dedo. Notará cómo, con este gesto tan aparentemente tonto, le estremece un torbellino de sensaciones, pues, gracias a la finísima piel de los labios, sus terminaciones nerviosas están a flor de piel. Pero ya antes de esto hay un momento de anticipación. Esa mirada cómplice que le precede y el acercamiento de las caras ya activan nuestro organismo. Comienza a hacer de las suyas la dopamina, un neurotransmisor que, de entrada, aumenta la tensión arterial y acelera el pulso, lo cual nos propina un chute de energía y agudiza nuestros sentidos. Pero además desencadena efectos emocionales: nos provoca que busquemos una recompensa, un regalo, un refuerzo. Por si fuera poco, en los momentos previos al beso (y cuanto más se prolongue este instante mágico, mayores son sus efectos hormonales) se segrega noradrenalina, que es una de las responsables del estrés, con la consiguiente puesta en estado de alerta de nuestro organismo: los ojos escrutan e interpretan cualquier señal, el cuerpo se tensa y se prepara para actuar, la piel aumenta su sensibilidad (y, por tanto, también nuestra boca…). Entonces los labios se rozan y transmiten al cerebro todo un dossier de datos sobre humedad, presión, temperatura… (no es casual que las madres midan la fiebre de sus hijos con más precisión que un termómetro solo con besarles la frente). En este instante la dopamina —que ya se puso en marcha con las miradas previas entre los dos amantes— llega al cerebro y produce su complemento perfecto: la feniletilamina, una sustancia de nombre endiablado que, sin embargo, provoca una divina sensación de plenitud y felicidad.

Y aquí llegamos a la pregunta del millón: ¿por qué los besos de amor suelen ser con lengua? Por una cuestión evolutiva. A través de la unión de dos bocas con sus lenguas hay un intercambio de saliva. La del hombre impregna a la de su pareja de testosterona, una hormona que incrementa el deseo sexual y que va ligado a la pasión amorosa y a la continuidad de la especie. Entonces el organismo empieza a liberar oxitocina, esa hormona que las mujeres conocemos tan bien por los partos: es la sustancia que te hace sentir flotando entre nubes, que favorece la intimidad con el otro y que hace que surja el apego. A esta bomba de hormonas se suman las que faltaban para completar el planazo: las endorfinas, que añaden sensación de placer y bienestar.

Todo esto tiene un efecto colateral maravilloso, que es el descenso de los niveles de cortisol —se da un ­bajón especialmente rápido en las mujeres—, una hormona que se libera por la tensión acumulada en las ­fases previas al beso y provoca la relajación de todos los múscu­los: sentimos una deliciosa laxitud física. Solo con esto podemos acabar enganchados a esa persona. El proceso continúa después del beso, y al día siguiente, y al otro, porque nuestro organismo no para, le venga bien o no a nuestros planes sentimentales. Así que toda esta experiencia pasa a nuestra memoria episódica, que es la que archiva los hechos vividos y las sensaciones que nos produjeron, pudiendo rememorarlos sin que hacerlo dependa de nuestra voluntad. El recuerdo del beso y de todo lo que le rodeó viene a nuestra mente de manera recurrente y sin que podamos controlarlo; así que no podemos quitarnos de la cabeza a esa persona.

La oxitocina no se va así como así de nuestro cuerpo, y eso fortalece el vínculo con el amante. La feniletilamina tampoco, y eso nos hace sentirnos felices al lado de esa persona. Pero las endorfinas nos la juegan rebajando sus efectos, lo que nos provoca una inquietud, un malestar muy desagradable, que compensamos activando la producción de dopamina creando una nueva expectativa: volver a besar a esa misma persona. Si no lo hacemos, nos desenganchamos en un tiempo; pero si le volvemos a besar, se vuelve a cerrar el círculo y echamos de menos otro y otro…, y besar se convierte así en una necesidad, una especie de adicción. Aviso: no vuelva a decir “no pasó nada, fue solo un beso”. No se lo cree ni usted.

 

Fuente: EP

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