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¿Qué es el desencanto emocional?

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Cuando conocemos a alguien tenemos la sensación de flotar en una nube de éxtasis amoroso. Pero los hábitos hacen su trabajo y con el tiempo llegan las complicaciones y el llamado “desencanto emocional”. ¿Qué es?, ¿significa el fin de la pareja?, ¿hay como

Por Victoria Navicelli

Cuando dos personas se encuentran, cuando el momento indicado se da y coinciden entre el mar de humanos, se reconocen, logran verse el uno en el otro y la magia sucede.

“Al iniciar una relación sentimos que vamos a estar con esa persona para siempre. Unimos nuestras vidas para hacerlas una”, nos cuenta la psicóloga Mónica López. Todo aquello que se comparte en pareja tiene la intención de perpetuarse con el tiempo, pues nadie comienza una relación sabiendo que terminará en un tiempo determinado; no sería nada serio.

El cerebro y sus andanzas

Todo lo que nos sucede a nivel físico y emocional tiene un correlato cerebral. La relación entre la activación de diferentes áreas cerebrales, la secreción de ciertas hormonas y el comportamiento físico u emocional, no es unidireccional sino que están en constante interrelación.

El ambiente externo y nuestra percepción del mismo (que también se origina en el cerebro) estimulan dicha activación y producción química, la cual a su vez tiene efectos en nuestra conducta. Durante la primera fase del amor (deseo) se segregan hormonas sexuales: estrógenos y testosterona.

La dopamina, por otro lado, es segregada por nuestro organismo en situaciones placenteras y nos lleva a repetir los comportamientos que generan dicho placer.

La producción de esta hormona suele decaer, después de uno a tres años, cuando la relación comienza a consolidarse. En esta etapa la pareja pasa a ser algo más que alguien que nos atrae físicamente. A pesar de esta reducción los abrazos, caricias y realizar actividades placenteras juntos estimula la secreción de dopamina.

Otra hormona importante, llamada “hormona del amor” es la oxitocina. Puede funcionar también como neurotransmisor, estimulando distintas zonas del cerebro y provocando respuestas como la excitación sexual. Cuando estamos en la fase de enamoramiento y tenemos fuertes sentimientos de deseo por estar con la otra persona, nuestro cerebro muestra mayores niveles de oxitocina.

La feniletilamina (FEA) es un neurotransmisor que se comienza a producir al principio del enamoramiento y es responsable de las sensaciones fisiológicas que experimentamos cuando estamos enamorados. De la misma forma, también se la encuentra en varios alimentos como el chocolate y algunos quesos y activa la secreción de dopamina.

Otras hormonas relacionadas con el enamoramiento son las feromonas (relacionadas con el olor de la persona amada) y las endorfinas (producen sensaciones de bienestar y euforia. Son las responsables de que olvidemos comer y dormir y ser inmunes al cansancio físico).

Se muere el amor

Nos conocemos, nos reconocemos y elegimos estar juntos. Pero, con el tiempo, comienzan a aparecer actitudes y giros inesperados que hacen tambalear el amor que nos profesamos, “a veces surgen discusiones, distanciamiento, falta de deseo sexual y, estas situaciones se dan cuando la pareja cambia de estado. O sea, dejan de ser simples novios para avanzar en la relación y llevarla a un espacio más serio o cercano -como es la convivencia e, incluso, el matrimonio-. Estas nuevas experiencias nos encuentran bajo otra realidad: conocemos más profundamente cómo es cada quien. Y, hay parejas que sufren desencuentros y -en consecuencia-, el desenamoramiento”, comenta la profesional.

Puede pasar que el amor renazca, o también puede pasar que con el tiempo el amor decaiga: el denominado “desencanto emocional”.

“El desencanto o desenamoramiento es una etapa por la que pasa toda pareja. Se da cuando la idealización del otro -como algo que me completa totalmente- se corre y da paso a su normal imperfección, a sus defectos, o simplemente cuando nos damos cuenta de que esa persona no puede darnos todo lo que pretendemos. El desencanto no es más que la desilusión de ver que el otro no es suficiente, ni todo lo perfecto e ideal que yo creía”, agrega la psicóloga María Magdalena Moscuen.

Nos preguntaremos: ¿cómo es que empieza todo? Y la respuesta es simple, con su opuesto, el encanto: “este comienza por la atracción física y emocional. Hay un deseo de fusión con el otro en ambos aspectos. Basta con que el otro haya mostrado algo que yo creo estar buscando. Nace de algo que me falta y creo que el otro va a venir a completar”, explica Moscuen.

El enamoramiento es una ilusión, imposible de sostener ilimitadamente. Implica idealizar y resaltar las virtudes y negar los defectos, o pensar que el otro va a cambiar como forma de sostener esa ilusión. Es una etapa de mayor dependencia y de cierta vulnerabilidad emocional, donde el enamorado está indefenso y pierde algo de su ser, su centro está ahora en el otro.

“A pesar de que es bueno que no dure ilimitadamente, es una etapa fundamental para iniciar una pareja y dar los primeros pasos en su consolidación. Enamorarse, ilusionarse, es un motor fundamental para acercarse al otro lo suficiente como para formar una pareja que se pretende estable”, dice la psicóloga.

Las parejas que pasan por este estado de desencanto emocional “sufren la sensación de sentir que no encajan, que son incompatibles; pero, aun así permanecen juntos añorando el inicio de la relación o persistiendo a pesar de todo”, agrega López.

“Nadie escapa al desencanto sin negación, y esto tiene también un costo psicológico. En algún momento todos nos topamos con esa pared”, suma Moscuen.

Y..., ¿cómo nos damos cuenta?

El desenamoramiento o desencanto en la pareja se manifiesta a través de “reproches y la queja de que algo nos falta y el otro no nos está dando. Descubrir que no puedo poseer al otro y que es otro diferente despierta cierta violencia y necesidad de control. El desencanto es sacarse la venda y poder mirar al otro como es: un ser humano con virtudes y defectos, diferente a mí y que no puedo poseer”, afirma Moscuen.

Y, como bien dice el dicho “hay que tomar el toro por las astas”, revivir lo que unió a la pareja, lo que los hizo elegirse para que logren mantenerse en pie -si así lo desean-, “son pequeños avisos que nos van diciendo que algo funciona mal, ya sea porque la vida nos acelera: el trabajo, la rutina, las responsabilidades ocupan nuestra cabeza y nos aleja de lo que ocurre ‘entre las sábanas’, lo que puede empeorar aún más la situación o, porque, simplemente no lo queremos ver. Como sea que se dé la situación, las señales se dan de a poco y con el paso del tiempo, se van haciendo más visibles”, comenta Mónica López.

Según Moscuen, además de reproches y quejas se presenta la imposibilidad de disfrutar en lo cotidiano. Pero, también podemos sumar la dureza en las maneras de pensar que tiene cada uno, el llamado “no dar el brazo a torcer”, no buscar consensos ni estar dispuestos a ceder algo de sí.

En algunas parejas se da una especie de “lucha de poder”, “uno -o ambos- necesitan imponer su opinión y su forma de hacer las cosas.

Por supuesto que esto no es sano ni adecuado. No tiene nada que ver con tolerar la diferencia ni con construir. Luchar para superar los desafíos no implica luchar entre sí para ver quién gana, es luchar en conjunto y contra las dificultades a pesar de las diferencias. Implica un consenso, no imponer voluntades a costa del otro”, aporta.

Del mismo modo podemos notar la sensación de asfixia, la incapacidad de enfrentar la situación y ponerlo en la mesa de discusión, el alejarse de la realidad y por lo tanto de la persona en cuestión, “buscar el portazo en vez de sentarse a hablar sobre lo que está pasando. El irse, es una forma de huir de lo que le está pasando internamente”, dice López.

Sin olvidar el archiconocido “es tu culpa” -focalizando constantemente en los errores del otro- como manera de evadir la responsabilidad, “recordemos que por algo se llama pareja, por ‘par’, cualquier cosa que ocurra en ella, la responsabilidad es compartida”, agrega.

Luchar para superar los desafíos ayuda a la pareja. La conocida expresión “tirar para el mismo lado” se hace evidente, pues esta es la opción más saludable y “en algunos aspectos es fundamental, sobre todo a la hora de definir proyectos en conjunto.

No es sano vivir en el encanto del enamoramiento de manera permanente, ni está bueno dar un paso al costado ante cualquier contratiempo (por supuesto que hay situaciones excepcionales)”, aclara Moscuen.

Es necesario aprender a sostenerse y construir desde la diferencia, poder tolerarla como algo natural de la vida. Esta sería una tercera etapa de la pareja, donde surge un proyecto vital compartido, donde le doy un sentido a lo diferente del otro como una posibilidad diferente de mí.

Donde yo también me permito mostrarme más como soy, con mis virtudes y defectos, sin tratar de aparentar para complacer. De aquí surge la síntesis, la estabilidad, la creatividad y el nosotros conformado desde la tolerancia, la independencia y la empatía.

Estas etapas de la pareja, enamoramiento, desenamoramiento y diferenciación deseante, no son de temporalidad lineal y cronológica. Son espirales por las que la pareja transita varias veces en su ciclo vital y que de cierta forma también están presentes en el funcionamiento cotidiano.

“No hay una salvación mágica. Toda resolución depende de la voluntad y las ganas de conformar un proyecto con el otro, y si esto produce mayor bienestar que sufrimiento. Tampoco se deben tolerar las diferencias a cualquier precio, hay algunas que pueden ser irreconciliables o que simplemente generan sufrimiento y en estos casos es mejor alejarse”, reflexiona Moscuen.

 

Fuente: Estilo

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“Hay que dejar de creer que la mujer siempre es una víctima”

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La escritora francesa Catherine Millet, en su casa en abril de 2016. ULF ANDERSEN AURIMAGES | EPV

Catherine Millet, escritora y crítica de arte, impulsora del manifiesto de 100 mujeres francesas contra el movimiento #MeToo, denuncia sus métodos y consecuencias

ÁLEX VICENTE

París/ Su manifiesto ha logrado sembrar el caos en Francia y parte del extranjero. La escritora y crítica de arte Catherine Millet (Bois-Colombes, 1948), autora del superventas La vida sexual de Catherine M., es una de las cinco impulsoras de la tribuna opuesta al movimiento #MeToo, firmada por 100 personalidades de la cultura francesa, encabezadas por la actriz Catherine Deneuve, la cantante Ingrid Caven o la editora Joëlle Losfeld. Millet denuncia que este movimiento, al que tilda de “puritano”, favorece un regreso de la “moral victoriana”. Ella defiende “la libertad de importunar”, incluso en el sentido físico, que considera indispensable para salvaguardar la herencia de la revolución sexual. Así lo relata en su despacho parisino, un cuarto lleno de catálogos amontonados en el que no deja de sonar el teléfono, desde el que dirige la revista Art Press, que cofundó en 1972.

Pregunta. ¿Esperaba las violentas reacciones que ha suscitado su texto?

Respuesta. En absoluto. Solo quisimos reaccionar ante la palabra de las feministas radicales, que era la única que leíamos en la prensa. Nos resultaba molesto, porque no era un punto de vista que compartiéramos y porque, a nuestro alrededor, conocíamos a muchas mujeres que opinaban lo mismo. A mi entender, no te quedas traumatizada durante años porque un hombre te haya tocado un muslo... Se trataba de contar que todas las mujeres no reaccionamos igual ante gestos que podemos considerar groseros o fuera de lugar.

P. Se les ha reprochado su falta de solidaridad con las demás mujeres...

R. A un hombre no se le pide que comparta las opiniones del resto de varones del planeta. Eso es imposible. No estamos diciendo que nos parece bien que violen a las mujeres, sino que señalamos los derrapes que ha tenido ese movimiento. Por ejemplo, poner en tela de juicio a ciertos hombres por hechos bastante mínimos, que han tenido consecuencias graves en sus carreras. Se ha constituido un tribunal público en el que ni siquiera se les ha dejado defenderse. De repente, tuvimos la sensación de que todos los hombres eran cerdos. Hay que meterse en la piel de quienes han padecido violencia sexual, pero también pensar en los hombres que han sido víctimas de acusaciones muy rápidas y con consecuencias graves en sus vidas profesionales.

"Si me violaran, intentaría olvidarlo"

P. Subrayando las disfunciones del movimiento y no sus aciertos, ¿no se arriesgan a hundir esa toma de conciencia sobre la violencia sexual y los abusos de poder, que su propio manifiesto considera “necesaria”?

R. ¿No dicen las feministas que se ha liberado la palabra? Pues, si es así, nuestra palabra vale lo mismo que la suya. La censura que ha podido provocar este caso me parece ridícula. Me parece muy grave que se borre a un actor de una película [Kevin Spacey, sustituido por otro actor en Todo el dinero del mundo tras ser acusado de agresiones sexuales]. Son métodos que me recuerdan a los del estalinismo…

P. Su tribuna habla de “una ola purificadora” que terminará instalando “una sociedad totalitaria”. ¿No es un poco excesivo?

R. Precisamente, me cita una frase que escribí yo. En todo texto polémico hay una parte de exageración, pero lo asumo totalmente. Veo aparecer un clima de inquisición, en el que cada uno vigila a su vecino, como sucedía en los regímenes soviéticos, y luego lo denuncia en las redes sociales. Todos los rincones de la sociedad están bajo vigilancia, incluida nuestra esfera íntima…

"La codificación de nuestras relaciones es imposible, a no ser que nos convirtamos en robots"

P. ¿No son esas acusaciones el resultado de una justicia imperfecta, a causa de las prescripciones y de la falta de pruebas?

R. De acuerdo, pero no es el mejor método. Si cada ciudadano se toma la justicia por la mano, regresaremos a los tiempos del Lejano Oeste. La justicia tiene defectos y es innegable que se le escapan cosas, pero vivimos en una sociedad que acepta que es ella la encargada de juzgar y no un tribunal popular. En eso soy radical.

P. Se la ha acusado de antifeminista. ¿Lo es?

R. Si hablamos de ese feminismo en concreto, sí que me posiciono en contra. Pero hoy existen varias corrientes feministas... Yo me siento más cercana a las feministas que integran el sexo en su discurso, que suelen ser más jóvenes que yo, que a quienes expresan, a través del movimiento #MeToo, posiciones radicales que nunca he compartido, ni ahora ni durante los años 70. El feminismo sigue estando muy justificado en el entorno social. Por ejemplo, en cuanto a la igualdad salarial. Y también milito por esa igualdad en la libertad sexual, eso va por sentado…

P. También se les reprocha que casi todas sean blancas y burguesas. Que defiendan, al fin y al cabo, una postura elitista.

R. Sí, nos han reprochado que no tomemos el metro. En realidad, yo lo tomo varias veces al día. Cuando era más joven, alguna vez vino algún hombre a frotarse contra mí en los transportes públicos, y no por eso me morí ni me convertí en una impedida… En realidad, entre las firmantes del manifiesto hay una mezcla generacional y de orígenes. Por otra parte, las mujeres que nos atacan también son intelectuales y universitarias, igual que nosotras. Catherine Deneuve debe de tener un modo de vida algo distinto, pero las demás somos bastante parecidas a quienes nos atacan…

"La censura ya no procede de círculos conservadores, sino de mujeres que se consideran feministas"

P. ¿Considera que el famoso “derecho a importunar” que defiende el texto es más importante que el derecho a no ser importunado?

R. Es que son dos cosas que van juntas... Cuando un hombre te molesta, tienes la libertad de decirle que deje de hacerlo. Una tiene la capacidad de decir que no. Por otra parte, importunar es una palabra bastante leve. No es lo mismo que acosar, ni mucho menos. Alguien te puede importunar fumando a tu lado en un lugar público…

P. No es el mismo grado de intrusión que tocar a alguien.

R. Sé que se nos reprocha mucho esa palabra, pero que la gente abra el diccionario... Mire, se lo voy a buscar… [busca la definición en su tableta]. Importunar es sinónimo de molestar, fastidiar, incomodar, sacar de quicio…

P. ¿Pero entiende que existan mujeres que no quieran ser importunadas cuando pasean por la calle o van en metro?

R. No. Creo que hay un margen en que el comportamiento de los demás puede desplegarse sin que sea considerado un delito. A ti te puede parecer desagradable y te puedes quejar, pero no por eso es un delito... Y, como tal, no quiero que esté regulado, ni por una moral superior ni por la ley. Hay que aceptar que existen impertinentes en la vida. Esas mujeres parecen aspirar a una sociedad utópica y regulada hasta el más mínimo detalle, donde un hombre deberá tomar precauciones antes de dirigirse a una mujer. La codificación de nuestras relaciones es imposible, a no ser que nos convirtamos en robots.

P. Sostiene que ese derecho a importunar es indispensable para garantizar la libertad sexual. ¿En qué sentido?

R. En una relación entre dos individuos, siempre hay un momento borroso y ambiguo, en el que alguno de los dos no tiene muy claro lo que quiere… Cuando me ha intentado seducir un hombre, a veces he sentido una atracción que no era lo suficiente grande para ceder de inmediato. Un momento de duda… A veces terminas cediendo y otras, no. Mientras que esas mujeres dicen que un no siempre es definitivo, yo creo que hay matices. A veces, los hombres tienen una oportunidad si insisten una segunda vez…

"Si comparo mis posibilidades con las de mi madre, en una sola generación hemos ganado mucho"

P. Denuncian un regreso a la moral victoriana. De nuevo, ¿no es un poco exagerado, en una sociedad donde la sexualidad resulta omnipresente?

R. Hace tiempo que creo que, cuanta más libertad hay en el discurso y en la circulación de las imágenes, más se crispan sectores que la consideran molesta, por lo que su reacción se vuelve cada vez más violenta. Lo sorprendente es que esta voluntad de censura ya no proceda de círculos extremadamente conservadores, sino de mujeres que se consideran feministas. No sé si vio a las dos chicas que pidieron al Metropolitan de Nueva York que descolgara un cuadro de Balthus: eran dos jóvenes modernas y probablemente de izquierdas…

P. Son casos puntuales, que ya tenían lugar mucho antes del movimiento #MeToo. Pintores como Balthus o Schiele, al que también se refiere su texto, llevan décadas generando escándalos. ¿No toman la excepción como si fuera la regla?

R. Sí, pero yo creo que hay que reaccionar con rapidez, porque los efectos en la realidad pueden ser inmediatos. Fíjese en ese profesor estadounidense despedido por mostrar imágenes del siglo XVIII, probablemente algo libertinas, a sus alumnos… ¡Algunos de sus padres las habían considerado pornográficas!

P. “Lamento mucho no haber sido violada, porque así podría dar fe de que una violación también se supera”, dijo en diciembre. Su frase ha generado un escándalo inmenso. ¿Se arrepiente de haberla pronunciado?

R. No. Fue una formulación algo ligera y cómica, pero solo porque no quería enmarcarme en una excesiva gravedad. Al tener la vida sexual que he tenido, en la que he contado con muchos compañeros distintos –algunos de ellos, perfectos desconocidos–, siempre he dicho que, si me hubiera encontrado en una situación de violación, no me habría defendido. Así habría tomado menos riesgos, porque lograría neutralizar la violencia del agresor. Si la violencia de ese acto me hubiera trastornado, creo contar con la suficiente capacidad moral para superar ese hecho e intentar olvidarlo. Esa es mi respuesta personal. Hace poco leí una entrevista con una abogada que había sido violada de joven y que desaconsejaba a sus clientas denunciar e ir a juicio, porque eso solo te hace prisionera del sufrimiento. Salvo en casos donde haya consecuencias físicas graves, yo creo que la mente logra vencer al cuerpo.

"Veo aparecer un clima de inquisición, en el que cada uno vigila a su vecino"

P. ¿No cree que una violación también tiene consecuencias psicológicas?

R. Existen para algunas mujeres, pero no para todas. Hay que dejar de creer que la mujer siempre es una víctima. Puede ser víctima de ese acto en un instante, pero también puede encontrar en ella la capacidad de reaccionar…

P. Una de las firmantes del texto, la filósofa Peggy Sastre, es autora de un ensayo titulado La dominación masculina no existe. ¿Está de acuerdo con eso?

R. Existe, pero no en todas partes. En nuestra sociedad, a día de hoy y en la clase media, las mujeres cuentan con un gran poder. En la esfera doméstica, a menudo son ellas quienes imponen su voluntad dentro de la pareja, a causa de la culpabilidad de los hombres jóvenes y al hecho de trabajar y ser económicamente libres…

P. Entonces, ¿dónde persiste la dominación masculina?

R. Voy a echar balones fuera... Ha habido tantos progresos en las últimas décadas… Si comparo mis posibilidades con la vida que tuvo mi madre, en una sola generación hemos ganado mucho. Pero a las feministas les sigue interesando hacernos creer que nuestra sociedad es únicamente patriarcal. Eso no es verdad. Yo creo que también existe un matriarcado…

P. Para usted, ¿el patriarcado es cosa del pasado?

R. Digamos que está seriamente mermado.

 

Fuente: EP

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Los peligros del peso ideal

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No hay una cifra exacta con la que obsesionarse.

El círculo vicioso del mito del peso perfecto: insatisfacción corporal, ingesta compulsiva y dieta

JULIO BASULTO MARSET

No existe una persona ideal, un planeta ideal…y tampoco un peso ideal. Si escuchásemos a un político perjurando que su partido convertirá al país en un territorio ideal, todos sabremos que está mintiendo. Como también miente quien nos promete conseguir el mal llamado “peso ideal”. Ningún nutricionista en su sano juicio recomienda a un paciente preocupado por sus kilos conseguir un “peso perfecto”. Hay muchos motivos para huir de ese resbaladizo constructo intelectual, pero el principal es que no aparece en ninguna guía clínica centrada en el peso corporal. A modo de ejemplo, no encontramos mención alguna al peso ideal, al peso perfecto o al peso pluscuamperfecto en el consenso del American College of Cardiology, la American Heart Association y The Obesity Society, publicado en 2014, o en la guía de prevención y tratamiento del exceso de peso del NICE (National Institute for Clinical Excelence), publicada en 2016.

Ningún nutricionista en su sano juicio recomienda a un paciente preocupado por su peso conseguir un “peso perfecto”.

Sí encontramos el “peso ideal” en la portada de centenares de revistas que se exponen en los quioscos, sobre todo en las dirigidas al público femenino. Aborda el tema el artículo “Revistas para chicas: indulgencia dietética, restricción, dieta severa… y vuelta a empezar”, en el que se justifica que tales revistas suelen basar sus mensajes dietético-nutricionales en un círculo vicioso: insatisfacción corporal, ingesta compulsiva y restricción dietética.

Hoy, todo sanitario mínimamente informado sabe que debemos alejarnos de los conceptos “peso ideal”, “peso perfecto” o “peso deseable”. Y lo sabe, como mínimo, desde 1983, momento en que el doctor Thomas R. Knapp justificó en la revista científica JAMA lo siguiente: debemos enterrar el concepto “peso ideal”. Es mucho mejor referirnos al “normopeso”, que se define mediante el Índice de Masa Corporal. Al calcularlo (aquí una herramienta para hacerlo) constataremos que existe un amplio rango de peso normal en adultos: desde 18,5 kg/m2.hasta 24,9 kg/m2. Imaginémonos que acude a la consulta de un nutricionista un paciente que mide 1,73 metros. Dicho paciente tendrá normopeso tanto si pesa 55,4 kg como si pesa 74,52 kg, lo que nos deja una diferencia de 19,1 kg entre el rango inferior y el superior de normopeso. ¡Casi 20 kilos de margen! Los mencionados rangos de normopeso del IMC no se aplican a niños ni tampoco a personas con mucha masa muscular o a aquellas cuya altura sea inferior a 1,47 metros o superior a 1,98 metros.

Si el perímetro de la cintura es elevado, el riesgo cardiovascular del paciente será alto, aunque presente un peso normal

Incluso con las anteriores salvedades, debemos saber que el IMC tiene una gran validez en estudios poblacionales, pero no tanto a título individual. En la consulta, los nutricionistas solemos confiar más en el cálculo del perímetro abdominal. Para hacerlo, mediremos nuestro abdomen con la cinta métrica paralela al suelo y a la altura de nuestras crestas ilíacas. La cinta debe estar ajustada, pero no comprimir la piel, y la medición se llevará a cabo mientras respiramos de forma normal (sin forzar la inspiración o la espiración), tal y como se detalla en este esquema del Departamento de Salud de Estados Unidos. Si nuestro perímetro de cintura (seguimos hablando de adultos) es superior a 88 cm (mujeres) o 102 cm (varones), nos enfrentamos a un alto riesgo cardiovascular aunque tengamos normopeso.

Hablemos, pues, de los riesgos del “peso ideal”. Como hemos visto, abjuró de él en 1983 el doctor Knapp. También lo hizo, esta vez en el año 2000, la Organización Mundial de la Salud. En su informe Obesidad: prevenir y tartar la epidemia global, esta entidad indica que proponer a quien padece sobrepeso que consiga un peso ideal “no es un objetivo apropiado”. De entre las razones que justifican huir del “peso ideal” podemos citar las siguientes:

La búsqueda del “peso ideal” se relaciona con baja autoestima, insatisfacción, sentimiento de culpabilidad, aislamiento e incluso depresión

El incremento de peso supone asumir diversos riesgos, y esto es independiente al peso que tenga el paciente. Es decir, si el hipotético paciente antes mencionado presentara un IMC de 18,5 kg/m2 y aumentase 19 kilos, estaría poniendo en riesgo su salud, pese a seguir teniendo normopeso.

Si el perímetro de la cintura es elevado, el riesgo cardiovascular del paciente será alto, aunque presente normopeso.

Las pérdidas de peso superiores a un 5% y sostenidas en el tiempo son raras, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). Es muy difícil adelgazar mucho y mantener la pérdida de peso. Cuando se consigue, suele ser a costa de restricciones dietéticas severas que pueden poner en riesgo la salud y que suelen traducirse en el llamado “efecto yoyó”.

Adelgazar tan solo un 5% del peso corporal, y mantener la pérdida (algo sí asequible mediante un buen estilo de vida para la mayoría de personas con exceso de peso) ofrece beneficios sustanciales, incluso en las tasas de mortalidad, que disminuyen de forma clara.

Como la promesa de conseguir el “peso ideal” es prácticamente irrealizable, eso significa que aumentará notablemente el riesgo de frustración de los pacientes que pretenden alcanzarla. La búsqueda del “peso ideal” se ha relacionado en diferentes investigaciones con baja autoestima, insatisfacción con el propio cuerpo, sentimientos de culpabilidad o vergüenza, aislamiento social, trastornos de comportamiento alimentario e incluso depresión, algo que a su vez suele acompañarse de aumentos de peso. Como un pez que se muerde la cola.

Es por todo lo anterior que raramente un buen profesional sanitario, sea o no nutricionista, habla de peso ideal. Lo que nos lleva a un nuevo riesgo, el de caer en manos de quien sí promete lograr la idealidad ponderal: charlatanes o vendedores de productos o métodos ineficaces y de dudosa seguridad. Confiar en tales embaucadores nos hará perder tiempo, dinero, esperanzas y, sobre todo, salud.

Julio Basulto (@JulioBasulto_DN) es un Dietista-Nutricionista que intenta convencer al mundo de que comer mal no se compensa con una zanahoria. También imparte conferencias, ejerce como docente en varias instituciones académicas, colabora con diferentes medios de comunicación y es autor de numerosas publicaciones científicas y divulgativas (www.juliobasulto.com).

 

Fuente: EP

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Las mujeres viven más que los hombres hasta en las condiciones más extremas

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Un recién nacido en el hospital de Dera Murad Jamali (Pakistán). MSF

Las féminas de corta edad resisten mejor que los varones en momentos de hambrunas, epidemias o esclavitud, aunque no está claro por qué

NUÑO DOMÍNGUEZ

Jean Calment es la persona más longeva de la que hay constancia. Nació en 1875, conoció a Van Gogh, montó en bicicleta y fumó casi toda su vida. Cuando murió en 1997, a los 122 años, se barajó que la siguiente persona viva de más edad era Lucy Askew, británica de 104 años. Su sexo no es casualidad. Entre los que alcanzan el siglo de edad, hay cuatro mujeres por cada hombre. Esta superioridad en la esperanza de vida se mantiene en cualquier punto del planeta. Ellas suelen vivir varios años más que ellos, no está claro por qué.

Ahora, un estudio ha analizado la tasa de mortalidad en grupos sometidos a hambrunas, epidemias y esclavitud. Sus conclusiones muestran que las féminas también resisten mejor en estas horribles condiciones y destapan un hecho sorprendente. La mayor parte de la ventaja entre ellos y ellas aparece en el primer año de vida.

La mayor mortalidad registrada en la historia se dio en Liberia entre 1820 y 1843. El Gobierno de EE UU animó a los esclavos liberados a que se marchasen a una nueva patria en África. A muchos solo les esperaba la muerte. El 43% de los emigrados falleció al año de llegar, probablemente debido a enfermedades infecciosas. En esos años, la esperanza de vida de un niño nacido en Liberia era de 1,68 años y la de una niña, de 2,23, según el estudio, publicado en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de EE UU.

Los autores creen que esta superioridad tiene una explicación biológica

El trabajo analiza también las defunciones entre esclavos en la isla caribeña de Trinidad (Trinidad y Tobago) a principios del siglo XIX, durante hambrunas en Ucrania en 1933, Suecia entre 1772 y 1773 e Irlanda entre 1845 y 1849, y dos epidemias de sarampión en Islandia en 1846 y 1882. Solo se contemplan casos en los que la esperanza de vida de uno o los dos sexos bajó de los 20 años. “Solo hemos encontrado casos documentados del pasado porque, afortunadamente, en la actualidad es muy improbable que, incluso en las peores crisis, la esperanza de vida sea de 20 años o menos”, explica Virginia Zarulli, investigadora del Centro Max Planck de Odense (Dinamarca) y primera autora del estudio.

En casi todos los casos analizados las mujeres vivieron más que los hombres. La ventaja va del medio año más de vida en el peor de los casos (Liberia) a 3,7 años más en el mejor (Irlanda). La única excepción se da entre los esclavos de Trinidad, algo que Zarulli y su equipo atribuyen a que los hombres eran considerados más valiosos para trabajar en el campo y por tanto se les cuidaba más. La mayoría de la ventaja en supervivencia de las mujeres sobre los hombres se da durante el primer año de vida, después del cual las diferencias entre sexos se atenúan. En Liberia, Trinidad, Islandia e Irlanda ese desequilibrio en la mortalidad infantil explica hasta el 50% de toda la divergencia. En catástrofes más recientes, como la hambruna que siguió a la II Guerra Mundial en Holanda y otras registradas en Asia, se observa una ventaja similar.

“En condiciones normales, la mortalidad de niños tiende a ser mayor que la de las niñas, por eso la proporción natural es de unos 107 niños nacidos por cada 100 niñas”, explica Zarulli. “La enorme diferencia que hemos encontrado en favor de las féminas durante las crisis es muy sorprendente. Lo que se sabe de las épocas estudiadas es que, si había un trato preferencial por sexos, los machos eran los beneficiarios, por lo que es incluso más reseñable que a pesar de una posible discriminación las niñas sobrevivan más”, argumenta.

"Este trabajo viene a demostrar que las mujeres son el sexo fuerte, aunque también sufren más achaques a edades avanzadas

Los autores creen que esta superioridad tiene una explicación biológica. En condiciones de vida  similares, las féminas siempre viven más, como han demostrado varios estudios, incluido uno entre monjes y monjas de clausura en Bavaria (Alemania), estas con una ventaja de hasta un año de vida más. Entre la mayoría de mamíferos, incluidos los primates, tanto salvajes como en cautividad, las hembras también viven significativamente más tiempo. Las hormonas sexuales pueden ser parte de la explicación, señala el estudio. Los estrógenos femeninos son antiinflamatorios y protegen el sistema circulatorio, mientras la testosterona está asociada a una mayor mortalidad por algunas enfermedades. Los estrógenos fortalecen el sistema inmune, mientras la testosterona y la progesterona parecen hacer lo contrario. La incidencia de infecciones es menor entre mujeres que hombres (la mayoría de las muertes en las poblaciones analizadas pueden achacarse a la disentería, la inanición y la diarrea). Junto a estos factores biológicos hay otros sociales que han venido ayudando al sexo femenino, como que ellas fuman, beben y se drogan menos, conducen de forma menos temeraria, cuidan más su alimentación y tienen menos comportamientos arriesgados.

“El hecho de que entre bebés, cuando las diferencias de comportamiento son mínimas, las niñas sobreviviesen mucho más parece apuntar que la ventaja femenina tiene unas raíces biológicas bien asentadas”, opina Zarulli. “A riesgo de simplificar demasiado, podemos ver fácilmente cómo, para sobrevivir, una tribu imaginaria necesita solo unos cuántos hombres, pero muchas más mujeres. Un solo hombre puede tener muchos hijos, pero el número de bebés que puede criar una mujer es limitado”, señala.

Si se hubieran tenido en cuenta no sólo los nacimientos, sino las concepciones, algo complicado de encontrar en los registros, la superioridad femenina sería incluso mayor, pues “por cada 100 hembras se conciben unos 160 varones”, explica Diego Ramiro, demógrafo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. “Este trabajo  viene a demostrar que las mujeres son el sexo fuerte, aunque debido a que viven más también sufren más achaques”, añade.

Los dos investigadores que han dirigido la investigación, Kaare Christensen, de la Universidad del Sur de Dinamarca, y James Vaupel, fundador del Centro Max Planck de Investigación Demográfica en Rostock (Alemania), llevan años estudiando los fundamentos biológicos del envejecimiento y los límites de longevidad humana. Según Vaupel no hay límite de edad establecido para nuestra especie —una declaración discutida por otros expertos— y es de esperar que se sigan ganando 10 años de esperanza de vida cada 40 años. Si esto es cierto, es de esperar que las mujeres seguirán llevando ventaja durante mucho tiempo.

 

Fuente: EP

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Los suplementos de calcio y vitamina D no evitan fracturas de huesos

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Mejorar la dieta, hacer ejercicio y tomar el sol son mejores pautas

JAVIER SALAS

La población de los países como España no deja de envejecer y las fracturas son un problema que consume cada vez más recursos, por no hablar del daño que sufren ancianas y ancianos. Y es sabido que los huesos necesitan calcio y vitamina D para fortalecerse, por lo que parecería lógico que el consumo de suplementos con estos elementos ayudarán a las personas mayores. Pero las evidencias científicas no avalan este silogismo: el uso de suplementos de calcio y vitamina D no se asocia con un menor riesgo de fracturas.

Un estudio desmonta esta idea analizando hasta 33 ensayos clínicos distintos, que abarcaban a más de 50.000 adultos mayores de 50 años. "El uso de suplementos que incluyen calcio, vitamina D o ambos en comparación con placebo o ningún tratamiento no se asoció con un menor riesgo de fracturas", concluyen los autores que publican su trabajo en la revista de la Asociación Médica Estadounidense (JAMA). Concretamente, los suplementos no servirían para el grupo de personas mayores que viven en sus casas, ya que el estudio no se fija en aquellas que viven en instituciones médicas o geriátricas y que pueden tener otras necesidades.

"Las pautas deberían cambiarse. Mejorar el estilo de vida, hacer suficiente ejercicio, tomar suficiente sol y ajustar la dieta puede ser más importante que tomar estos suplementos", asegura Zhao

Este estudio es especialmente interesante dado que en muchos países se incluye el suministro de estos suplementos entre las pautas y recomendaciones generales para personas mayores o con riesgo de fracturas de huesos. Algunos estudios establecen que hasta el 40% de las mujeres en estas edades pueden sufrir una fractura grave. Sin embargo, este metaanálisis —una revisión crítica de los estudios publicados sobre el tema— descarta que sirvan para algo, al margen del sexo, la dosis tomada, el historial de fracturas o el calcio y vitamina D incluido en la dieta.

Este punto es importante: la forma convencional de adquirir estos elementos es a través de la dieta y unos hábitos saludables, ya que están presentes en cantidades más que suficientes en alimentos cotidianos como las sardinas, los lácteos, el salmón, las yemas de huevo o el zumo de naranja. "Las pautas deberían cambiarse", asegura el doctor Jia-Gou Zhao, autor principal del estudio, en declaraciones recogidas por Reuters. "Creemos que mejorar el estilo de vida, hacer suficiente ejercicio, tomar suficiente sol y ajustar la dieta puede ser más importante que tomar estos suplementos", defiende. Estudios previos en importantes revistas médicas como BMJ y The Lancet ya apuntaban en el mismo sentido que el trabajo que publica JAMA. Otras revisiones han descartado igualmente que sean útiles en menores.

Además, al estar presentes en la dieta, se corre el riesgo de que estas personas consuman una cantidad excesiva de calcio y vitamina D, que conlleva posibles efectos secundarios como problemas de riñón. Incluso hay estudios que relacionan el abuso de su consumo con mayores caídas y fracturas. No obstante, las personas mayores que viven en residencias sí podrían necesitar el suplemento y en cualquier caso, advierten los expertos, nadie debería abandonar su consumo sin consultar previamente con el sanitario que lo haya recomendado.

 

Fuente: EP

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