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Simon Critchley: "El fútbol es una mezcla de deleite y asco"

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Simon Crithley

El filósofo británico Simon Critchley publica En qué pensamos cuando pensamos en fútbol (Sexto Piso), un ensayo donde combina a Heideigger, Sartre y Gadamer con Zidane, Jurgen Klopp o Brian Clough para tratar de explicar qué es y qué experiencia proporciona el fútbol.

ANDRÉS SEOANE

Con un nuevo Mundial a las puertas, decenas de títulos de literatura futbolística se acumulan en las mesas de novedades. Libros que dan cuenta de la cada vez más incuestionable entrada del deporte rey en la esfera de la alta cultura. Buena prueba de ello es el ensayo En qué pensamos cuando pensamos en fútbol (Sexto Piso), del filósofo británico Simon Critchley (Hertfordshire, Reino Unido, 1960), un pensador peculiar que combina en sus textos teoría literaria, filosofía política, crítica cultural e historia, de manera a la vez erudita y accesible. Entre sus obras, de temática variada destacan El libro de los filósofos muertos, Apuntes sobre el suicidio, El teatro de la memoria y Bowie. En este libro, salpicado de resonancias y superposiciones inesperadas entre culturas alta y popular, Critchley analiza las contradicciones que encierra el deporte rey tratando de descubrir qué experiencia proporciona para tener tanto éxito.

Pregunta.- ¿Cómo se aborda el fútbol desde una visión filosófica?

Respuesta.- Antes que filósofo soy aficionado, y aunque trate de sublevarme contra mis pasiones una de las fundamentales, probablemente la más intensa y constante es el futbol. Así que mi intención principal es tratar de dotar esta pasión de sentido. No he querido plantear una filosofía del fútbol, únicamente intento describir la experiencia que provoca desde un punto de vista fenomenológico, que es mi rama de estudio filosófico.

P.- Destaca el socialismo intrínseco en el fútbol, el sentido de comunidad que crea. ¿Sigue siendo así hoy?

R.- Sí y no. El fútbol se basa en contradicciones. Por un lado, la cultura del aficionado, que se remonta los orígenes del fútbol sí que es absolutamente comunitaria. Además, existe un socialismo en la naturaleza colectiva del propio juego, tanto a la hora de jugarlo como de presenciarlo. Sin embargo, esto entra en complejo equilibrio con el dinero, con un sistema capitalista, mercantilizado y corrupto. No debemos olvidar que el fútbol es un negocio que gira alrededor del dinero, dinero que muchas veces procede de fuentes más que cuestionables.

El fútbol es un negocio que gira alrededor del dinero, dinero que muchas veces procede de fuentes más que cuestionables"

P.- Efectivamente, el fútbol cada vez mueve más dinero e intereses. ¿Qué queda del deporte sencillo de hace unas décadas?

R.- El fútbol siempre es una mezcla de deleite y asco. Se une la belleza del juego, de los cánticos de los hinchas, heredados de padres a hijos, del estadio a rebosar..., con la parte oscura que es el mercantilismo de los jugadores, la indecente cantidad de dinero que lo hace posible y la corrupción de las organizaciones corruptas como la FIFA. Sin embargo, en esencia creo que todavía permanece mucho del fútbol de los 70 o los 80. Está más internacionalizado, los jugadores están más en forma, beben menos, tienen más tatuajes, pero la esencia del juego es la misma. Siguen siendo veintidós tipos pateando un balón, y puede pasar de todo.

P.- Se culpa al fútbol de fomentar la violencia, el nacionalismo y el racismo. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

R.- Puede ser cierto hablando de la violencia, ya que el fútbol en un juego físico y violento. Pero es una violencia controlada, disciplinada. Si no hubiera un ápice de violencia no sería fútbol. Pienso que todos los grandes futbolistas, como Zidane o Luis Suárez son un poco violentos. Sobre el racismo, pienso que ha sufrido un cambio espectacular y significativo en las últimas décadas y que en muchos lugares ya no existe. Todavía permanece en ciertos lugares, como Rusia, pero creo que dentro de otros veinte años será solo un recuerdo. Porque no tiene sentido en un mundo tan globalizado.

En cuanto al nacionalismo... es mucho más complicado. Es un sentimiento que depende mucho de los países, de la situación que vivan. Puede haber por ejemplo un nacionalismo irónico, como aquel que proclama Jean-Philippe Toussaint al decir, "Viva Bélgica", riéndose de un país completamente dividido. O puede ser cohesionador de una idea de país que no se uniría totalmente de otro modo, como ocurre en Sudamérica en general, en Rusia, o incluso aquí en España.

P.- Otro aspecto que destaca es que las conversaciones sobre él pueden aunar fe y razón, ¿cómo es esto posible?

R.- El fútbol consigue algo en lo que fracasa la religión y la política. Es cierto que está más relacionado con la fe, con la creencia ciega en tu equipo, pero a la vez está abierto a la razón, a la ecuanimidad. Puedo tener mucha fe en mi equipo, pero escuchando los argumentos de un fan contrario puedo cambiar mi opinión. Además tiene otra ventaja: su universalidad. Los líderes religiosos y políticos, los mitos, o el folclore son locales, pero el fútbol llega a todos lados.

El fútbol ha sufrido el prejuicio de ser considerado como baja cultura, pero esto está cambiando"

P.- Está demostrado que el fútbol humaniza, que es bueno socialmente. ¿Por qué entonces sigue siendo subestimado?

R.- Opino que son viejos prejuicios elitistas, los mismos que trato de romper con mi trabajo hibridando todos los ámbitos de la cultura. El futbol ha sido visto durante mucho tiempo como patrimonio de la clase trabajadora, pero esto ha cambiado totalmente. Y ha cambiado no solo a nivel de público, sino a nivel de tratamiento especializado e informativo. Cuando era pequeño, la prensa deportiva tenía artículos muy predecibles y nada profundos, algo que ha cambiado radicalmente. También se han multiplicado las aproximaciones de pensadores y escritores, como el propio Toussaint o Eduardo Galeano. Así que espero que esa percepción de división entre alta y baja cultura, que ya está siendo cuestionada en muchos ámbitos, afecte también al fútbol.

P.- ¿Qué espera de un evento planetario como el próximo Mundial?

R.- Este Mundial encierra una de esas paradojas que hacen grande al fútbol. Sabemos que su celebración en Rusia es consecuencia directa de la corrupción de la FIFA, igual que lo será Qatar 2022 y que el amplio número de selecciones es producto del marketing. La FIFA ha decidido no potenciar ciertas regiones como África, cuyos combinados nacionales son menos potentes que muchos clubes europeos. Pero aún sabiendo esto, seguramente podremos disfrutar igualmente del Mundial. De nuevo contradicciones.

P.- Tras este análisis, ¿en qué pensamos al pensar en fútbol? ¿Qué genera la fascinación por él?

R.- La respuesta correcta es todo. Pensamos en todo. El fútbol es capaz de aglutinar todos los grandes temas filosóficos: el significado de la vida, el espacio, el tiempo, la racionalidad, las emociones, la pasión... Todo eso está en el juego. La fascinación creo que nace de dos aspectos que no tiene otros deportes más espectaculares. Por un lado, ver un partido te coloca durante una hora y media en un estado meditativo y proclive a la catarsis, estás a merced de que la aleatoriedad y el destino se impongan sobre el juego, un poco en consonancia con el teatro de la Gracia clásica. Por otro está esa esperanza constante, esa fe que te hace levantarte tras las derrotas y asimilar el perder. Por todo esto el fútbol es el deporte más grande del mundo.

 

Fuente: El Cultural

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“Estoy tan harta de esto” – Otro tiroteo mortal en una escuela

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Por Juliette Kayyem, CNN

La autora es analista en seguridad y muestra su cansancio por el incesante goteo de tiroteos en escuelas

(CNN) — Era una tarde ligeramente apacible. Había tenido una semana ocupada en el trabajo y no había alcanzado a conseguir las tarjetas de San Valentín para los niños. Salí pronto del trabajo y no les había visto, así que pensé en ir rápido a la tienda, recoger al perro de su “guardería” y reunirme con los pequeños en casa.

Estaba girando hacia mi calle, con el perro en el lado del pasajero, cuando un número familiar apareció en mi teléfono. Es el número de CNN en Nueva York; un número que aquellos que somos analistas en seguridad en CNN conocemos bien. Significa que algo pasó.

La llamada llegó a las 3:08 p.m. Estaba en el aire, desde casa, a las 3:14 p.m. Como en el mecanismo de un reloj, estábamos todos en el aire jugando nuestro papel, diciendo las palabras familiares… una vez más. Un tiroteo en una escuela, un asaltante conocido; miedo, terror; padres buscando a sus hijos; un arma, esa AR-15. De nuevo, de nuevo y de nuevo. Después las señalas — tantas señales — que el atacante dejó a lo largo del tiempo; señales a lo largo de un camino hacia su destrucción mortal. Los presentadores de TV nos hicieron preguntas y nosotros, los “expertos”, dábamos los mismos análisis. De nuevo.

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Me gustaría afirmar, como estadounidenses, que somos excepcionales. Y lo somos. Los números lo prueban. Lea esto: la inquebrantable plaga de violencia armada en Estados Unidos.

Ninguna otra nación sufre como nosotros de tiroteos en escuelas. Ninguna otra excepto la nuestra tiene esta clase de asesinos en masa. Ningún otro país, con encuestas mostrando un apoyo tremendo a leyes de control de armas, ignora el sentimiento popular tan exitosamente a petición de intereses especiales, como la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés). Ningún otro país les falta a sus hijos tan espectacularmente.

Miembros de la comunidad de Parkland, Florida, asistieron a una vigilia en la iglesia Parkridge en honor a las víctimas de la masacre de la secundaria Marjory Stoneman Douglas, que ocurrió el 14 de febrero. (Crédito: Mark Wilson/Getty Images)

Uno tras otro, mis propios hijos llegan a casa. Les veo desde mi estudio caminar por la entrada hacia la puerta de atrás. Ellos vieron mi mensaje de que estaba en Skype con CNN. Están familiarizados con este patrón.

Dos asisten a la escuela secundaria local que hay a algunas calles, una ruidosa intersección al este de la gran ciudad en la que vivo. Han hecho los ejercicios para cuando hay un atacante activo; como padres, recibimos las alertas de prueba. No me molestan para nada, en realidad. Eso es mejor que dejar a los niños sin preparación. Soy una “madre de seguridad”, después de todo.

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Ellos entran a casa, conscientes de las noticias. El mayor dice: “Otro tiroteo en una escuela. Esta vez en la Florida”. Y eso es: uno más. Un comentario no sobre nuestra falta de solidaridad sino sobre la abrumadora familiaridad de todo esto.

Es desagradable, terrible, desgarradoramente familiar. Nosotros, todos nosotros, tenemos que hacer que esto pare. Estoy tan harta de esto.

¿No lo está usted?

Es desagradable, terrible, desgarradoramente familiar.

Juliette Kayyem

Nota del editor: La analista de CNN Juliette Kayyem es autora del best-seller "Security Mom: An Unclassified Guide to Protecting Our Homeland and Your Home”. Es profesora en la escuela Kennedy de Harvard, exsecretaria asistente del Departamento de Seguridad Nacional de la administración Obama, lleva el podcast sobre seguridad nacional “The SCIF” y es fundadora de Kayyem Solution, una consultora sobre seguridad. Las opiniones expresadas en esta columna son suyas.

 

Fuente: CNN

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Che: el revolucionario desolado

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Un hombre posa junto a un graffiti del Che Guevara, en La Habana (Cuba). ALEJANDRO ERNESTO (EFF) / EPV

En los dos últimos años de su vida, Ernesto Guevara personificaba al soldado que va a la batalla sospechando la pérdida de antemano

RAFAEL ROJAS

“Esta es la historia de un fracaso”, así comenzaba Ernesto Guevara el Diario del Congo (1965), relato de su frustrado intento de auxiliar a los socialistas congoleses, herederos del proyecto descolonizador de Patrice Lumumba. Tras el golpe de Estado de 1960 y el asesinato de Lumumba en 1961, organizados por la CIA, la Guerra Fría se instaló en la nueva nación independiente del centro de África. Estados Unidos apoyó al régimen de Joseph Mobutu y la Unión Soviética a Laurent Kabila, un exalumno de la Universidad de Belgrado, en Yugoslavia, que defendía la vía socialista dentro de los movimientos de liberación nacional al sur del Sahara.

El Che Guevara, que siguió de cerca el proceso congolés desde su posición como figura clave del Gobierno revolucionario cubano, en la primera mitad de los 60, se involucró en aquella guerra civil con la doble condición de artífice y observador, guerrillero y antropólogo. Una condición que antes había experimentado en su rol de soldado y luego comandante de la insurrección contra la dictadura de Fulgencio Batista, en Cuba, y que, en sus últimos días, repetirá en la guerrilla de Ñancahuazú, Bolivia. Esa dualidad le permitió dirigir la Revolución y, a la vez, advertir su imposibilidad, practicar la utopía y el realismo al mismo tiempo.

Cuando Fidel Castro leyó la carta de despedida del Che se hizo evidente que el guevarismo no tendría futuro en la isla

“Más correctamente, esta es la historia de una descomposición”, vuelve a decir Guevara a propósito de la guerrilla congolesa. ¿Qué quería decir? En esencia, que en el Congo no se estaba gestando una Revolución sino una guerra civil, que pudo evolucionar hacia un cambio violento del régimen post-colonial, pero que se fragmentaba en múltiples frentes. El campesinado congolés, agregaba, era “libre” en condiciones tribales, no estaba sometido a grandes latifundios o compañías extranjeras, contra los cuales movilizar los agravios populares. Algo que, otra vez, volverá a constatar en Bolivia. Él, que había defendido con vehemencia que el caso cubano no era excepcional, que Cuba era, en realidad, la “vanguardia” de la lucha contra el imperialismo, comprobaba en cada experiencia que sí lo era, que la isla no se repetía.

En la Sierra Maestra y en Vallegrande Guevara encabeza masas rurales a las que intenta sacar de la pobreza, pero también de la ignorancia, la superstición y el fanatismo. Es un modernizador, un laico, un partidario de la secularización, de la corrección de mitos y creencias populares. Un marxista heterodoxo, tal vez el caso más emblemático, después de José Carlos Mariátegui, de un marxista que se atreve a pensar a Marx desde América Latina, sin pagar costos de aduana a Moscú. Hasta 1962, nos dicen sus biógrafos, Guevara creyó que la solución para Cuba y América Latina estaba “del otro lado de la Cortina de Hierro”. Pero después de la Crisis de los Misiles se enfrasca en la búsqueda febril de un socialismo alternativo, capaz de entrelazar a los movimientos de liberación nacional y descolonización del Tercer Mundo.

Los textos del Che de aquellos años revelan una fe dubitativa en el éxito de la empresa

El núcleo de aquel proyecto fue, en buena medida, una estrategia de política económica en Cuba que no ha sido suficientemente dilucidada. Con frecuencia se le ubica en una refutación binaria del cálculo económico soviético, defendido por Carlos Rafael Rodríguez y otros economistas afiliados al viejo partido comunista. Una lectura más atenta de El gran debate (2007), el libro de Ocean Sur que reúne la polémica de Guevara con los economistas cubanos, entre 1963 y 1964, y que involucró a marxistas occidentales como el francés Charles Bettelheim y el trotskista belga Ernst Mandel, arroja que la idea de Guevara no era simplemente privilegiar los estímulos morales sobre los materiales o reemplazar la autonomía empresarial con un presupuesto financiero único sino generar una agresiva transferencia de alta tecnología y una racionalización de la sociedad.

La teoría del “hombre nuevo” de Guevara no puede aislarse de aquel experimento económico redentor y modernizador a la vez. El valor que concedía al debate intelectual dentro de la construcción socialista lo alejaba del carácter cada vez más restrictivo de la esfera pública en Cuba. La descolonización y el desarrollo, es decir, la salida del subdesarrollo, estaban unidos en su pensamiento: cualquiera de esas dos metas, por sí sola, estaba incompleta. No es extraño que tras defender, sin éxito, su proyecto económico, el revolucionario argentino ideara una ofensiva, primero diplomática y luego guerrillera, de impulsión del socialismo en Asia, África, el Medio Oriente y América Latina.

Desde 1964, cuando su proyecto fue desechado por la máxima dirigencia del Partido Comunista de Cuba, de línea prosoviética, Guevara inició una serie de viajes por China, Mali, Guinea, Ghana, Benin, Tanzania, Egipto y Argelia, que reafirmaron su apuesta por el socialismo en el Tercer Mundo. Jorge Castañeda y Jon Lee Anderson han documentado la compleja estrategia de aquella ofensiva dentro del bloque soviético. Las giras y guerrillas del Che cuestionaban la falta de compromiso de Moscú con la causa de la descolonización y el desarrollo. Un cuestionamiento desde el interior del campo socialista que, sin embargo, generó evidentes fricciones con Moscú, toda vez que Guevara no ocultaba su rechazo a la burocratización del socialismo en Europa del Este.

Cuando Fidel Castro leyó la carta de despedida del Che, en el acto de constitución del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en octubre de 1965, se hizo evidente que el guevarismo no tendría futuro en la isla. Las naves se habían quemado y el Congo y Bolivia fueron intentos de probar la validez de que otra revolución, como la cubana, podía triunfar en cualquier nación del Tercer Mundo. Los textos del Che de aquellos años, especialmente los diarios del Congo y Bolivia, revelan una fe dubitativa o una certeza racionalmente mediada en el éxito de la empresa. En los dos últimos años de su vida, Ernesto Guevara personificaba al revolucionario desolado, el “perdedor radical” de que hablara Hans Magnus Enzensberger: el soldado que va a la batalla sospechando la pérdida de antemano.

Rafael Rojas es historiador cubano.

 

Fuente: EP

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No oyes ladrar los perros

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Voluntarios ayudando a rescatar gente tras el temblor de México

Desde el instante en que sentimos la caída que marcó el inició del seísmo, supimos que este no era un movimiento cualquiera

EMILIANO MONGE

El pasado martes 19 de septiembre, apenas unas cuantas horas después del aniversario 32 del peor sismo que la Ciudad de México haya enfrentado, la tierra volvió aquí a sacudirse.

Quienes vivimos en una zona acostumbrada a los temblores, nos volvemos, queriéndolo o no, indiferentes o inmunes al temor que generan el enfrentamiento de dos placas tectónicas o el reacomodo interno de una de éstas placas.

Hace cosa de unos días, sin embargo, mientras la tierra se meneaba con violencia inusitada, los hombres y mujeres que vivimos por acá caímos presas del terror y de la angustia. Lo mismo daba que uno fuera ciudadano de la capital o de alguno de los demás estados afectados: Morelos, de México, Puebla, Veracruz, Guerrero o Oaxaca.

Y es que todos, asevero esto sin temor a equivocarme, desde el instante en que sentimos la caída que marcó el inició del seísmo, supimos que éste no era un movimiento cualquiera. Que no saldríamos inmunes, pues. Que todos nos veríamos afectados, así fuera el hijo, la hermana, el esposo o la madre de alguien más quien se cayera.

Fue por esto que, segundos después de que el temblor se terminara –un temblor que impactó al centro del país con el doble de violencia que el terremoto de 1985: a pesar de no haber alcanzado más que los 7.1 grados en la escala de Richter, su epicentro se ubicó tan cerca de nosotros que la aceleración de su onda P nos arrolló de un solo golpe-, la gente salió en masa a las calles.

Queríamos, necesitábamos compartir con alguien más nuestro temor, ese mismo que, pensábamos, ya no nos afectaba. El miedo que habíamos extraviado, demandaba ser recuperado de este modo: juntos, mezclando en plural nuestros sentires y afectos. En las banquetas, camellones y parques, entonces, la población siguió temblando, aún cuando la tierra había dejado en paz su movimiento.

Durante varios minutos, así fue como estuvimos: agarrándonos de otros. Dándonos, entre desconocidos, la calma y la entereza que a todos nos faltaba. Otorgándonos, compartiendo la fuerza y el valor que habíamos extraviado. Y es que un miedo recobrado en colectivo, en colectivo demandaba ser vencido. Así que apenas nos soltamos, descubrimos que seguíamos todavía agarrados.

Agarrados a través de ese modo único, profundo e inalterable que es la empatía. El saber, el estar todos convencidos, de que afuera no estábamos todos. El saber, el estar todos convencidos de que, por toda la ciudad, por todos los pueblos y ciudades afectadas, habría gente atrapada, personas aplastadas por sus casas o lugares de trabajo. El saber, el estar todo convencidos, de que ellos, los que habían sido sepultados por la violencia de la tierra pero, también y desgraciadamente, por la corrupción, una corrupción que otorga licencias a inmobiliarias que construyen con materiales miserables, estarían aguardando a que nosotros levantáramos lo caído.

Comenzó entonces, antes de que volvieran la luz y las señales de teléfono o Internet, mucho antes de que empezaran las noticias a fluir por sus canales todavía tradicionales, esos mismo canales que, en México, se aferran a sus últimos guantazos de impunidad y desinformación planificada –de qué otra modo puede explicarse, si no, el ridículo que ha hecho Televisa-, y muchísimo antes, también, de que el Gobierno confirmara la magnitud de la tragedia, el segundo terremoto.

El seísmo de la vida, no ya el de la muerte. El temblor de la gente. Y es que nadie tuvo que decirle a nadie más lo que tenía o debía hacerse, cuando todo, aquí, ya había empezado a hacerse. Como manadas repentinas, como enjambres encandilados, como cardúmenes de peces que responden a algo mucho más profundo que a aquello que sucede dentro de cada uno, los habitantes de la Ciudad de México y de los demás estados afectados empezamos a buscar los codos, las muñecas, los tendones del desastre.

Convertidos en un solo organismo, como si en todos nosotros, de repente, se hubiera despertado esa especie de memoria genética que marcó el cincel del tequio: la más importante de nuestras labores arcaicas, aquella que nos dicta estar en deuda, siempre, con nuestra comunidad y nuestra gente, los hombres y mujeres de estos lados empuñamos marros, picos, palas y cinceles, mientras otros más compraban, con lo poco o con lo mucho que tuvieran, las botellas de agua, los alimentos, las medicinas, la ropa, los toldos y los impermeables que otros más juntaban, apilaban y movían de un sitio a otro.

Si algo ha dejado esta tragedia en la que estamos hoy metidos, una tragedia en los que el Gobierno trata de usufructuar el trabajo de la gente y le vende a ciertos medios las primicias o las exclusivas de sus más grandes engaños, una tragedia en la que no consiguen los distintos órdenes gubernamentales, además, ponerse de acuerdo y jalar, por una vez, hacia un mismo lado, es que, en México, el único factor real de poder que queda es pie es el pueblo.

El mismo pueblo que no para, aún a pesar de lo duras, tristes y agotadoras que han sido las jornadas, aún a pesar de la oscuridad, de la lluvia y del cansancio. Aún a pesar de estar alzando piedras o moviendo cascajo o empujando carretillas o pasando cubetas. La empatía, la solidaridad que apareció entre nosotros, que de repente recordamos, más bien, que estaba entre nosotros, ha sido nuestra arma principal ante la muerte. Y a éstas, estoy seguro, no volveremos nunca a ser inmunes ni tampoco indiferentes.

Lo que la gente, sin importar su condición, edad o sexo, está haciendo, lo que da cuando guarda silencio y alza el puño, cuando aplaude porque sale una camilla de un hoyo, cuando llora al escuchar que ladra un perro rescatista, es la mayor muestra de poder colectivo que en este país hayamos visto en mucho tiempo.

A pesar de la desorganización, que no podía ser sino mucha –hay colonias y pueblos devastados, hay cientos de miles de damnificados y hay, además, una pobreza y una desigualdad insultantes-, un movimiento subterráneo, intangible y poderoso nos ha puesto encima de una misma ola.

Esto tampoco vamos a olvidarlo. No olvidaremos pues la fuerza que nos damos unos a otros. Como no olvidaremos, ninguno, al padre que, a través de un altavoz, a quince metros de un edificio colapsado, le infunde ánimos a su hija que aún está bajo las piedras.

Y es que a pesar de todo lo caído, la Ciudad de México, como Jojutla, como Atlixco, como Xalatlaco y como tantos otros sitios, ya se está parando. Y perdonarán mi sensibilidad descontrolada y mi emoción, vertida aquí impunemente, pero estos días mis coetáneos me han adelgazado el pellejo.

 

Fuente: EP

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FEMINISMO ANTIFEMINISTA

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El organismo que rige el golf femenil ha sido calificado de "retrógrada" por la medida ejecutada por su presidenta que Prohíbir a golfistas usar minifaldas y escotes

Los motivos, por mucho barniz falsamente progresista que se les dé, son siempre malos cuando conducen a resultados pésimos y a la regresión.

Por: Javier Marías

APARECIERON el mismo día en este diario dos noticias “deportivas” que me dieron que pensar. Una era nacional, y anunciaba que en la Vuelta a España “las azafatas ya no darán el beso en el podio al ciclista que reciba premios”. “Habíamos recibido muchas quejas”, decía el director de la competición, “y no queremos que esa foto pueda repetirse”. Y añadía ridículamente: “Mantenemos las cuatro azafatas de podio, pero establecemos nuevo protocolo. Más que floreros, como se critica, que sólo están para salir en la foto, pura presencia, tendrán una función de asistentes, dándole el trofeo y el ramo de flores a la autoridad correspondiente, que será quien se los entregue al ciclista”. La verdad, no veo diferencia: sólo que las azafatas le pasarán los premios a un señor encorbatado en vez de a uno sudoroso y con pantalón semicorto. En realidad, lo único que se suprime es el beso en la mejilla, que hace décadas consideraban pecaminoso los curas y monjas (bueno, y hoy en día los islamistas, que ni siquiera se dignan estrechar la mano a una mujer) y hoy consideran machista y sexista los nuevos curas y monjas disfrazados. Me llamó la atención que el redactor se refiriera al ciclismo como a “un deporte antiguo atrapado por fin por la modernidad”. ¿Por la modernidad? Más bien por la regresión, el reaccionarismo y la ranciedad.

Porque veamos, ¿no es el beso en la mejilla, o en las dos, el saludo habitual entre hombre y mujer en España, incluso entre completos desconocidos, desde hace mucho? Yo tiendo a ofrecer la mano, pero veo que bastantes mujeres no se toman ese gesto a bien, como si me reprocharan estar poniendo distancia. Sólo a los puritanos extremos y a los partidarios de la sharía les puede parecer eso mal. Por pecaminoso o por sexista, el resultado es el mismo: la condena del tacto y el roce entre varón y mujer.

UNA DE LAS COSAS POR LAS QUE LUCHARON SIEMPRE LAS FEMINISTAS, DESDE SUS ALBORES, FUE POR LA LIBERTAD INDUMENTARIA DE LA MUJER

La otra noticia la encontré más grave, y venía de los Estados Unidos, de donde importamos todas las imbecilidades y ningún acierto. La LPGA, el circuito americano femenino de golf, ha enviado una circular a todas las golfistas profesionales prohibiéndoles minifaldas, escotes y mallas, bajo multa de mil dólares a la primera infracción y del doble si son reincidentes. Fueron algunas jugadoras las que protestaron por la vestimenta de otras compañeras, en particular de Paige Spiranac, “más famosa y rica por la proyección de su imagen en las redes sociales que por sus éxitos en el campo de golf”. En la foto que se ofrecía de ella se la veía sin ningún escote y con falda más larga que las de las tenistas. Consultada al respecto la navarra Beatriz Recari, contestó: “Eso hace que paguen justas por pecadoras. Se puede dar un toque a tres o cuatro golfistas, pero tampoco se puede volver a una mentalidad de hace 30 años, con faldas por la rodilla”. Lástima que ignore que hace 30 años había mucha más libertad que hoy y todo el mundo vestía como le venía en gana, en casi cualquier ocasión. Y no digamos hace 40 y aun 50: la mayoría de las jóvenes llevaban minifaldas con más de medio muslo al descubierto. ¿Y por qué “pecadoras”? Ay, le salió la palabra clave.

Una de las cosas por las que lucharon siempre las feministas, desde sus albores, fue por la libertad indumentaria de la mujer. Primero se deshicieron de refajos y corsés insoportables, luego mostraron el tobillo, la pantorrilla, la rodilla, finalmente el muslo entero y se enfundaron en pantalones. Reivindicaron su derecho a ir cómodas o sexy, según el caso, y, en el segundo, a que no por ello se las acusara de “ir provocando”, y se justificaran, por ejemplo, abusos y violaciones en virtud de su atuendo. En los años 70 y 80 muchas feministas prescindieron del sostén pese a que causara escándalo que así se les notaran más los pezones. Quienes se oponían a eso, quienes denunciaban y multaban a las que llevaban bikini o practicaban topless, eran los estamentos más pacatos y ultras del régimen franquista, las señoras pudibundas de cada localidad, los señores meapilas y retrógrados. Que hoy se pueda multar de nuevo a las mujeres por enseñar las piernas o el escote es de una gravedad absoluta. Más aún cuando la medida se hace pasar por “moderna”, “digna”, “antimachista” y demás. Lo que nunca consiguieron los mojigatos, los represores, los que cortaban los besos en las proyecciones de las películas y plantaban grotescos y espúreos títulos de crédito sobre un escote de Sophia Loren “libidinoso”, lo están logrando las actuales pseudofeministas traidoras a su causa, entre las cuales da la impresión de haberse infiltrado una quinta columna de curas y monjas y señoras remilgadas y beatos de antaño. De nada me sirve que aduzcan que ahora “el motivo es bueno” para reprimir y prohibir y multar, si el resultado es el mismo de las épocas más oscuras y cavernosas, es decir, reprimir y prohibir y multar. Salvando las insalvables distancias, es como si me viniera una gente proponiendo el exterminio de los judíos, pero ahora “por un buen motivo”. Pues miren, no. Los motivos, por mucho barniz falsamente progresista que se les dé, son siempre malos cuando conducen a resultados pésimos, al atraso y a la regresión.

   

Javier Marías

Escritor y traductor nacido en 1951 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es articulista habitual en varios medios de comunicación y desde 2008 ocupa la silla R de la Real Academia Española. Es autor de novelas como ‘Así empieza lo malo’ o ‘Los enamoramientos’.

 

Fuente: EP

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