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Che: el revolucionario desolado

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Un hombre posa junto a un graffiti del Che Guevara, en La Habana (Cuba). ALEJANDRO ERNESTO (EFF) / EPV

En los dos últimos años de su vida, Ernesto Guevara personificaba al soldado que va a la batalla sospechando la pérdida de antemano

RAFAEL ROJAS

“Esta es la historia de un fracaso”, así comenzaba Ernesto Guevara el Diario del Congo (1965), relato de su frustrado intento de auxiliar a los socialistas congoleses, herederos del proyecto descolonizador de Patrice Lumumba. Tras el golpe de Estado de 1960 y el asesinato de Lumumba en 1961, organizados por la CIA, la Guerra Fría se instaló en la nueva nación independiente del centro de África. Estados Unidos apoyó al régimen de Joseph Mobutu y la Unión Soviética a Laurent Kabila, un exalumno de la Universidad de Belgrado, en Yugoslavia, que defendía la vía socialista dentro de los movimientos de liberación nacional al sur del Sahara.

El Che Guevara, que siguió de cerca el proceso congolés desde su posición como figura clave del Gobierno revolucionario cubano, en la primera mitad de los 60, se involucró en aquella guerra civil con la doble condición de artífice y observador, guerrillero y antropólogo. Una condición que antes había experimentado en su rol de soldado y luego comandante de la insurrección contra la dictadura de Fulgencio Batista, en Cuba, y que, en sus últimos días, repetirá en la guerrilla de Ñancahuazú, Bolivia. Esa dualidad le permitió dirigir la Revolución y, a la vez, advertir su imposibilidad, practicar la utopía y el realismo al mismo tiempo.

Cuando Fidel Castro leyó la carta de despedida del Che se hizo evidente que el guevarismo no tendría futuro en la isla

“Más correctamente, esta es la historia de una descomposición”, vuelve a decir Guevara a propósito de la guerrilla congolesa. ¿Qué quería decir? En esencia, que en el Congo no se estaba gestando una Revolución sino una guerra civil, que pudo evolucionar hacia un cambio violento del régimen post-colonial, pero que se fragmentaba en múltiples frentes. El campesinado congolés, agregaba, era “libre” en condiciones tribales, no estaba sometido a grandes latifundios o compañías extranjeras, contra los cuales movilizar los agravios populares. Algo que, otra vez, volverá a constatar en Bolivia. Él, que había defendido con vehemencia que el caso cubano no era excepcional, que Cuba era, en realidad, la “vanguardia” de la lucha contra el imperialismo, comprobaba en cada experiencia que sí lo era, que la isla no se repetía.

En la Sierra Maestra y en Vallegrande Guevara encabeza masas rurales a las que intenta sacar de la pobreza, pero también de la ignorancia, la superstición y el fanatismo. Es un modernizador, un laico, un partidario de la secularización, de la corrección de mitos y creencias populares. Un marxista heterodoxo, tal vez el caso más emblemático, después de José Carlos Mariátegui, de un marxista que se atreve a pensar a Marx desde América Latina, sin pagar costos de aduana a Moscú. Hasta 1962, nos dicen sus biógrafos, Guevara creyó que la solución para Cuba y América Latina estaba “del otro lado de la Cortina de Hierro”. Pero después de la Crisis de los Misiles se enfrasca en la búsqueda febril de un socialismo alternativo, capaz de entrelazar a los movimientos de liberación nacional y descolonización del Tercer Mundo.

Los textos del Che de aquellos años revelan una fe dubitativa en el éxito de la empresa

El núcleo de aquel proyecto fue, en buena medida, una estrategia de política económica en Cuba que no ha sido suficientemente dilucidada. Con frecuencia se le ubica en una refutación binaria del cálculo económico soviético, defendido por Carlos Rafael Rodríguez y otros economistas afiliados al viejo partido comunista. Una lectura más atenta de El gran debate (2007), el libro de Ocean Sur que reúne la polémica de Guevara con los economistas cubanos, entre 1963 y 1964, y que involucró a marxistas occidentales como el francés Charles Bettelheim y el trotskista belga Ernst Mandel, arroja que la idea de Guevara no era simplemente privilegiar los estímulos morales sobre los materiales o reemplazar la autonomía empresarial con un presupuesto financiero único sino generar una agresiva transferencia de alta tecnología y una racionalización de la sociedad.

La teoría del “hombre nuevo” de Guevara no puede aislarse de aquel experimento económico redentor y modernizador a la vez. El valor que concedía al debate intelectual dentro de la construcción socialista lo alejaba del carácter cada vez más restrictivo de la esfera pública en Cuba. La descolonización y el desarrollo, es decir, la salida del subdesarrollo, estaban unidos en su pensamiento: cualquiera de esas dos metas, por sí sola, estaba incompleta. No es extraño que tras defender, sin éxito, su proyecto económico, el revolucionario argentino ideara una ofensiva, primero diplomática y luego guerrillera, de impulsión del socialismo en Asia, África, el Medio Oriente y América Latina.

Desde 1964, cuando su proyecto fue desechado por la máxima dirigencia del Partido Comunista de Cuba, de línea prosoviética, Guevara inició una serie de viajes por China, Mali, Guinea, Ghana, Benin, Tanzania, Egipto y Argelia, que reafirmaron su apuesta por el socialismo en el Tercer Mundo. Jorge Castañeda y Jon Lee Anderson han documentado la compleja estrategia de aquella ofensiva dentro del bloque soviético. Las giras y guerrillas del Che cuestionaban la falta de compromiso de Moscú con la causa de la descolonización y el desarrollo. Un cuestionamiento desde el interior del campo socialista que, sin embargo, generó evidentes fricciones con Moscú, toda vez que Guevara no ocultaba su rechazo a la burocratización del socialismo en Europa del Este.

Cuando Fidel Castro leyó la carta de despedida del Che, en el acto de constitución del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en octubre de 1965, se hizo evidente que el guevarismo no tendría futuro en la isla. Las naves se habían quemado y el Congo y Bolivia fueron intentos de probar la validez de que otra revolución, como la cubana, podía triunfar en cualquier nación del Tercer Mundo. Los textos del Che de aquellos años, especialmente los diarios del Congo y Bolivia, revelan una fe dubitativa o una certeza racionalmente mediada en el éxito de la empresa. En los dos últimos años de su vida, Ernesto Guevara personificaba al revolucionario desolado, el “perdedor radical” de que hablara Hans Magnus Enzensberger: el soldado que va a la batalla sospechando la pérdida de antemano.

Rafael Rojas es historiador cubano.

 

Fuente: EP

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No oyes ladrar los perros

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Voluntarios ayudando a rescatar gente tras el temblor de México

Desde el instante en que sentimos la caída que marcó el inició del seísmo, supimos que este no era un movimiento cualquiera

EMILIANO MONGE

El pasado martes 19 de septiembre, apenas unas cuantas horas después del aniversario 32 del peor sismo que la Ciudad de México haya enfrentado, la tierra volvió aquí a sacudirse.

Quienes vivimos en una zona acostumbrada a los temblores, nos volvemos, queriéndolo o no, indiferentes o inmunes al temor que generan el enfrentamiento de dos placas tectónicas o el reacomodo interno de una de éstas placas.

Hace cosa de unos días, sin embargo, mientras la tierra se meneaba con violencia inusitada, los hombres y mujeres que vivimos por acá caímos presas del terror y de la angustia. Lo mismo daba que uno fuera ciudadano de la capital o de alguno de los demás estados afectados: Morelos, de México, Puebla, Veracruz, Guerrero o Oaxaca.

Y es que todos, asevero esto sin temor a equivocarme, desde el instante en que sentimos la caída que marcó el inició del seísmo, supimos que éste no era un movimiento cualquiera. Que no saldríamos inmunes, pues. Que todos nos veríamos afectados, así fuera el hijo, la hermana, el esposo o la madre de alguien más quien se cayera.

Fue por esto que, segundos después de que el temblor se terminara –un temblor que impactó al centro del país con el doble de violencia que el terremoto de 1985: a pesar de no haber alcanzado más que los 7.1 grados en la escala de Richter, su epicentro se ubicó tan cerca de nosotros que la aceleración de su onda P nos arrolló de un solo golpe-, la gente salió en masa a las calles.

Queríamos, necesitábamos compartir con alguien más nuestro temor, ese mismo que, pensábamos, ya no nos afectaba. El miedo que habíamos extraviado, demandaba ser recuperado de este modo: juntos, mezclando en plural nuestros sentires y afectos. En las banquetas, camellones y parques, entonces, la población siguió temblando, aún cuando la tierra había dejado en paz su movimiento.

Durante varios minutos, así fue como estuvimos: agarrándonos de otros. Dándonos, entre desconocidos, la calma y la entereza que a todos nos faltaba. Otorgándonos, compartiendo la fuerza y el valor que habíamos extraviado. Y es que un miedo recobrado en colectivo, en colectivo demandaba ser vencido. Así que apenas nos soltamos, descubrimos que seguíamos todavía agarrados.

Agarrados a través de ese modo único, profundo e inalterable que es la empatía. El saber, el estar todos convencidos, de que afuera no estábamos todos. El saber, el estar todos convencidos de que, por toda la ciudad, por todos los pueblos y ciudades afectadas, habría gente atrapada, personas aplastadas por sus casas o lugares de trabajo. El saber, el estar todo convencidos, de que ellos, los que habían sido sepultados por la violencia de la tierra pero, también y desgraciadamente, por la corrupción, una corrupción que otorga licencias a inmobiliarias que construyen con materiales miserables, estarían aguardando a que nosotros levantáramos lo caído.

Comenzó entonces, antes de que volvieran la luz y las señales de teléfono o Internet, mucho antes de que empezaran las noticias a fluir por sus canales todavía tradicionales, esos mismo canales que, en México, se aferran a sus últimos guantazos de impunidad y desinformación planificada –de qué otra modo puede explicarse, si no, el ridículo que ha hecho Televisa-, y muchísimo antes, también, de que el Gobierno confirmara la magnitud de la tragedia, el segundo terremoto.

El seísmo de la vida, no ya el de la muerte. El temblor de la gente. Y es que nadie tuvo que decirle a nadie más lo que tenía o debía hacerse, cuando todo, aquí, ya había empezado a hacerse. Como manadas repentinas, como enjambres encandilados, como cardúmenes de peces que responden a algo mucho más profundo que a aquello que sucede dentro de cada uno, los habitantes de la Ciudad de México y de los demás estados afectados empezamos a buscar los codos, las muñecas, los tendones del desastre.

Convertidos en un solo organismo, como si en todos nosotros, de repente, se hubiera despertado esa especie de memoria genética que marcó el cincel del tequio: la más importante de nuestras labores arcaicas, aquella que nos dicta estar en deuda, siempre, con nuestra comunidad y nuestra gente, los hombres y mujeres de estos lados empuñamos marros, picos, palas y cinceles, mientras otros más compraban, con lo poco o con lo mucho que tuvieran, las botellas de agua, los alimentos, las medicinas, la ropa, los toldos y los impermeables que otros más juntaban, apilaban y movían de un sitio a otro.

Si algo ha dejado esta tragedia en la que estamos hoy metidos, una tragedia en los que el Gobierno trata de usufructuar el trabajo de la gente y le vende a ciertos medios las primicias o las exclusivas de sus más grandes engaños, una tragedia en la que no consiguen los distintos órdenes gubernamentales, además, ponerse de acuerdo y jalar, por una vez, hacia un mismo lado, es que, en México, el único factor real de poder que queda es pie es el pueblo.

El mismo pueblo que no para, aún a pesar de lo duras, tristes y agotadoras que han sido las jornadas, aún a pesar de la oscuridad, de la lluvia y del cansancio. Aún a pesar de estar alzando piedras o moviendo cascajo o empujando carretillas o pasando cubetas. La empatía, la solidaridad que apareció entre nosotros, que de repente recordamos, más bien, que estaba entre nosotros, ha sido nuestra arma principal ante la muerte. Y a éstas, estoy seguro, no volveremos nunca a ser inmunes ni tampoco indiferentes.

Lo que la gente, sin importar su condición, edad o sexo, está haciendo, lo que da cuando guarda silencio y alza el puño, cuando aplaude porque sale una camilla de un hoyo, cuando llora al escuchar que ladra un perro rescatista, es la mayor muestra de poder colectivo que en este país hayamos visto en mucho tiempo.

A pesar de la desorganización, que no podía ser sino mucha –hay colonias y pueblos devastados, hay cientos de miles de damnificados y hay, además, una pobreza y una desigualdad insultantes-, un movimiento subterráneo, intangible y poderoso nos ha puesto encima de una misma ola.

Esto tampoco vamos a olvidarlo. No olvidaremos pues la fuerza que nos damos unos a otros. Como no olvidaremos, ninguno, al padre que, a través de un altavoz, a quince metros de un edificio colapsado, le infunde ánimos a su hija que aún está bajo las piedras.

Y es que a pesar de todo lo caído, la Ciudad de México, como Jojutla, como Atlixco, como Xalatlaco y como tantos otros sitios, ya se está parando. Y perdonarán mi sensibilidad descontrolada y mi emoción, vertida aquí impunemente, pero estos días mis coetáneos me han adelgazado el pellejo.

 

Fuente: EP

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FEMINISMO ANTIFEMINISTA

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El organismo que rige el golf femenil ha sido calificado de "retrógrada" por la medida ejecutada por su presidenta que Prohíbir a golfistas usar minifaldas y escotes

Los motivos, por mucho barniz falsamente progresista que se les dé, son siempre malos cuando conducen a resultados pésimos y a la regresión.

Por: Javier Marías

APARECIERON el mismo día en este diario dos noticias “deportivas” que me dieron que pensar. Una era nacional, y anunciaba que en la Vuelta a España “las azafatas ya no darán el beso en el podio al ciclista que reciba premios”. “Habíamos recibido muchas quejas”, decía el director de la competición, “y no queremos que esa foto pueda repetirse”. Y añadía ridículamente: “Mantenemos las cuatro azafatas de podio, pero establecemos nuevo protocolo. Más que floreros, como se critica, que sólo están para salir en la foto, pura presencia, tendrán una función de asistentes, dándole el trofeo y el ramo de flores a la autoridad correspondiente, que será quien se los entregue al ciclista”. La verdad, no veo diferencia: sólo que las azafatas le pasarán los premios a un señor encorbatado en vez de a uno sudoroso y con pantalón semicorto. En realidad, lo único que se suprime es el beso en la mejilla, que hace décadas consideraban pecaminoso los curas y monjas (bueno, y hoy en día los islamistas, que ni siquiera se dignan estrechar la mano a una mujer) y hoy consideran machista y sexista los nuevos curas y monjas disfrazados. Me llamó la atención que el redactor se refiriera al ciclismo como a “un deporte antiguo atrapado por fin por la modernidad”. ¿Por la modernidad? Más bien por la regresión, el reaccionarismo y la ranciedad.

Porque veamos, ¿no es el beso en la mejilla, o en las dos, el saludo habitual entre hombre y mujer en España, incluso entre completos desconocidos, desde hace mucho? Yo tiendo a ofrecer la mano, pero veo que bastantes mujeres no se toman ese gesto a bien, como si me reprocharan estar poniendo distancia. Sólo a los puritanos extremos y a los partidarios de la sharía les puede parecer eso mal. Por pecaminoso o por sexista, el resultado es el mismo: la condena del tacto y el roce entre varón y mujer.

UNA DE LAS COSAS POR LAS QUE LUCHARON SIEMPRE LAS FEMINISTAS, DESDE SUS ALBORES, FUE POR LA LIBERTAD INDUMENTARIA DE LA MUJER

La otra noticia la encontré más grave, y venía de los Estados Unidos, de donde importamos todas las imbecilidades y ningún acierto. La LPGA, el circuito americano femenino de golf, ha enviado una circular a todas las golfistas profesionales prohibiéndoles minifaldas, escotes y mallas, bajo multa de mil dólares a la primera infracción y del doble si son reincidentes. Fueron algunas jugadoras las que protestaron por la vestimenta de otras compañeras, en particular de Paige Spiranac, “más famosa y rica por la proyección de su imagen en las redes sociales que por sus éxitos en el campo de golf”. En la foto que se ofrecía de ella se la veía sin ningún escote y con falda más larga que las de las tenistas. Consultada al respecto la navarra Beatriz Recari, contestó: “Eso hace que paguen justas por pecadoras. Se puede dar un toque a tres o cuatro golfistas, pero tampoco se puede volver a una mentalidad de hace 30 años, con faldas por la rodilla”. Lástima que ignore que hace 30 años había mucha más libertad que hoy y todo el mundo vestía como le venía en gana, en casi cualquier ocasión. Y no digamos hace 40 y aun 50: la mayoría de las jóvenes llevaban minifaldas con más de medio muslo al descubierto. ¿Y por qué “pecadoras”? Ay, le salió la palabra clave.

Una de las cosas por las que lucharon siempre las feministas, desde sus albores, fue por la libertad indumentaria de la mujer. Primero se deshicieron de refajos y corsés insoportables, luego mostraron el tobillo, la pantorrilla, la rodilla, finalmente el muslo entero y se enfundaron en pantalones. Reivindicaron su derecho a ir cómodas o sexy, según el caso, y, en el segundo, a que no por ello se las acusara de “ir provocando”, y se justificaran, por ejemplo, abusos y violaciones en virtud de su atuendo. En los años 70 y 80 muchas feministas prescindieron del sostén pese a que causara escándalo que así se les notaran más los pezones. Quienes se oponían a eso, quienes denunciaban y multaban a las que llevaban bikini o practicaban topless, eran los estamentos más pacatos y ultras del régimen franquista, las señoras pudibundas de cada localidad, los señores meapilas y retrógrados. Que hoy se pueda multar de nuevo a las mujeres por enseñar las piernas o el escote es de una gravedad absoluta. Más aún cuando la medida se hace pasar por “moderna”, “digna”, “antimachista” y demás. Lo que nunca consiguieron los mojigatos, los represores, los que cortaban los besos en las proyecciones de las películas y plantaban grotescos y espúreos títulos de crédito sobre un escote de Sophia Loren “libidinoso”, lo están logrando las actuales pseudofeministas traidoras a su causa, entre las cuales da la impresión de haberse infiltrado una quinta columna de curas y monjas y señoras remilgadas y beatos de antaño. De nada me sirve que aduzcan que ahora “el motivo es bueno” para reprimir y prohibir y multar, si el resultado es el mismo de las épocas más oscuras y cavernosas, es decir, reprimir y prohibir y multar. Salvando las insalvables distancias, es como si me viniera una gente proponiendo el exterminio de los judíos, pero ahora “por un buen motivo”. Pues miren, no. Los motivos, por mucho barniz falsamente progresista que se les dé, son siempre malos cuando conducen a resultados pésimos, al atraso y a la regresión.

   

Javier Marías

Escritor y traductor nacido en 1951 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es articulista habitual en varios medios de comunicación y desde 2008 ocupa la silla R de la Real Academia Española. Es autor de novelas como ‘Así empieza lo malo’ o ‘Los enamoramientos’.

 

Fuente: EP

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Un amigo es para toda la vida

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Por Ana María toribio

Es mi compromiso como persona agradecida y sincera que soy, dar a conocer públicamente los esfuerzos realizados por algunas personas de gran importancia para mí en mi vida profesional y personal. La creación de mi libro y la puesta en circulación del mismo, puso en evidencia los cariños y afectos expresados en memorias recientes y de años pasados, que me hicieron sentir que soy una mujer muy afortunada de contar con amigos de tantas valías.Comienzo por agradecer a Frank Adolfo, dentro de los amigos de antes y de siempre, por su apoyo desinteresado y lleno de ternura envuelta en lindas y jocosas historias,expresadas a los presentes en la puesta en circulación de mi libro “Terapia del Árbol”. Aún recuerdo que me debe mi placa.

También agradezco enormemente el trabajo hecho por Eramis Cruz, respecto a la edición y corrección del libro, tanto en español como en inglés. Estoy muy satisfecha con lo que logramos juntos. Es un hombre sincero y muy profesional en lo que hace, por eso trabajamos en coordinación y todo salió muy limpio. Una portada hermosa cuya foto fue tomada por mi compañera de labores en el Centro de Educación de ésta ciudad de New York, Rocio Cruz en una de nuestras caminatas por la foresta.

Eramis Cruz, al tomar su turno, habló muy satisfactoriamente sobre el porqué “Terapia del Árbol” es un libro especial: dijo, en primer lugar, no hay muchos libros como éste, es un libro ecológico, a colores, y con muchos testimonios de amigos y familiares. Tengo que halagar, además, que Eramis Cruz se esforzó por llevar un conjunto de imágenes y frases en forma deslider lo que le dio personalidad propia al evento. Los servicios que ofrece su editora Epalibros dejan al cliente satisfecho. Yo soy testigo de ello.

La presentación de mi libro, más que esto, fue el destape de sentimientos sinceros y afectos correspondidos, recuerdos inolvidables que aún permanecen en la memoria, encuentro con viejos amigos y la declaración oportuna del hallazgo de recientes amigos del alma, que, aunque nos conocíamos no sabíamos que éramos amigos del alma.

Cometí, para mí, un gravísimo error, por nervios o amnesia temporal, causado por la emoción del momento. Olvidé expresar mis sinceros agradecimientos a estos amigos que nombro hoy en esta cuartilla al pararme en el podio y hablar de las experiencias con mi libro. Federico Pinales, lo engroso en los amigos del alma encontrado recientemente, pero que ya éramos conocidos.

Este caballero, en todo el sentido de la palabra, ha sabido ganarme como amiga, colega, consejera, compinche porque coincidimos casi en todo. Es un hombre leal y extremadamente sincero. Cuando tocó su turno para leer mi biografía, dijo que esa descripción mía, que estaba escrita en la parte posterior de mi libro, me quedaba corta, que él prefería decir con sus propias palabras, quien era yo, que en tan poco tiempo conociéndome en profundidad,ha descubierto la tremenda mujer y ser humano que soy. Sus palabras, sus descripciones, sus comparaciones y las historia que nombró tomándola de conversaciones privadas entre él y yo, me sacaron lágrimas y así también a los presentes.

 Fue un momento muy emotivo para todos que quizás posteriormente puedan ver en video. Gracias Federico Pinales por tu amistad limpia y sincera. Porque en éste proceso electoral del CDP he perdido amigos, pero te he ganado a ti que vale por todos ellos. Siento que te conozco de toda una vida. Seguiremos, si Dios quiere, analizando las cosas del entorno y hasta riéndonos de algunas de ellas. Las Almas Vuelven y se encuentran.

Por último, debo agradecer a Santiago Gutiérrez Campo, mi amigo y colega. Así también a Yashira Rodríguez y Yolanda Almanzar. Necesitaba decirlespúblicamente, a todos los que nombro aquí, que cuenten conmigo para lo que sea y que seré de ustedes eternamente su amiga en esta vida. Gracias Federico, Gracias Eramis, gracias Frank, gracias Santiago, gracias Yashira, gracias Yolanda. Ustedes son mis amigos y un amigo es para toda la vida.

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La majestad judicial pisoteada

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Por NELSON ENCARNACIÓN            

Entre los fundamentos esenciales de la administración de justicia en todos los países civilizados se encuentra la solemnidad que rodea no solo la parte interna de los tribunales, sino el propio entorno exterior.

Tanta es la solemnidad que las cortes ni siquiera permiten el uso de cámaras fotográficas ni de vídeos, justamente para evitar la eventual banalización de los casos objetos de las diligencias judiciales.

En la República Dominicana, de un tiempo a esta parte, se ha venido verificando una peligrosa tendencia hacia el atropello a esa solemnidad, en el cual incurren no solamente extraños al quehacer judicial, sino muchos de los propios elementos que por la naturaleza de sus funciones deberían de tener una conducta correcta.

Hablo incluso de representantes del Ministerio Público para quienes la figuración mediática en ocasiones tiene más importancia que atender sus obligaciones de presentar casos debidamente fundamentados para que no se les caigan.

¿Qué se puede esperar de los particulares cuando se observa ese comportamiento en los actores fundamentales de las diligencias judiciales?

Por lógica deducción se tiene que concluir en que una de las partes en un proceso—o todas las partes involucradas—se van a sentir motivadas a usar mecanismos de presión para tratar de influir sobre los jueces en el conocimiento de una controversia.

Un comportamiento así se vivió hace un par de semanas en el Palacio de Justicia de Ciudad Nueva durante el conocimiento del caso del sindicalista Blas Peralta, condenado a 30 años de prisión por el asesinato del profesor Mateo Aquino Febrillet, exrector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

En días recientes el mismo escenario judicial padeció una acción similar cuando el dirigente político Leonardo Faña se hizo acompañar de decenas de seguidores del Partido Revolucionario Moderno, con la obvia intención de presionar al tribunal que conoce una demanda en su contra, radicada por el ministro administrativo de la Presidencia, José Ramón Peralta.

Se trata de una acción incorrecta e inadecuada que las autoridades judiciales deben encontrar la forma de cómo evitarlo, pues en un juicio las pasiones tienden a desbordarse y eventualmente desencadenar situaciones inmanejables.

En todo los procesos, sin importar su naturaleza, solo deben primar las pruebas, en ambas direcciones, y nunca serán las muchedumbres las que harán valer los alegatos de las partes.

Aunque con experiencias recientes algunos pueden sentirse motivados a presionar desde la calle con la esperanza de obtener resultados que mediante la aplicación de los códigos probablemente no lograrían.

Es cierto que los juicios deben ser públicos, orales y contradictorios. Pero una cosa es esa norma del procedimiento y otra muy distinta es el uso de turbas para presionar jueces.

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