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AHORA

Matarnos sin culpa

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Una celebración por la canonización de Óscar Arnulfo Romero, el pasado 13 de octubre. GETTY

La izquierda y la derecha que pelearon en la guerra de El Salvador se han alineado. De un plumazo los diputados de los partidos que reúnen a algunos de los señalados como criminales durante el conflicto buscan invalidar la principal herramienta que documentó la verdad de las víctimas

ÓSCAR MARTÍNEZ

Ya no pueden sorprendernos con algo peor. En El Salvador se repite esa frase en incontables ocasiones ante cínicos actos de políticos que parecen insuperables. Una vez tras otra, ese mantra ha sido el preludio de una decisión más vergonzosa, más humillante para miles de salvadoreños. El desatinado augurio ha vuelto a fallar. Los diputados lo han vuelto a hacer.

Esta vez no buscan quitar dientes a ninguna ley de probidad ni se han inventado viajes al extranjero para quedarse con los viáticos ni tampoco han financiado dudosas ONG de sus esposas con dinero público ni ningún diputado ha sido arrestado por ser narcotraficante. Esta vez buscan aprobar una ley que proteja a criminales de guerra y que convierta el informe de la Comisión de la Verdad, establecida tras los acuerdos de paz de 1992, en poco más que una reliquia de museo. Buscan, pues, poner un velo sobre la muerte, la tortura y la violación de miles.

La izquierda y la derecha que pelearon en la guerra se han alineado. Exguerrilla (el partido Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN) y exgobierno (el partido Alianza Republicana Nacionalista, ARENA) han diseñado una propuesta de ley de reconciliación que, entre otras cosas, decreta que aquel informe llamado De la locura a la esperanza: la guerra de los 12 años en El Salvador “no tendrá valor probatorio”. De un plumazo los diputados de los partidos que reúnen a algunos de los señalados como criminales de guerra buscan invalidar la principal herramienta que documentó la verdad de las víctimas. Porque sí, sin más argumento que la tranquilidad de los suyos, recomiendan que todo el mundo ignore los 26 meses de investigación de la comisión, cuando la muerte estaba aún fresca, cuando la guerra aún humeaba; que se olviden los más de 2.000 testimonios directos de barbaries y también los más de 13.000 casos de asesinatos y masacres documentados, que incluyen el asesinato de San Óscar Arnulfo Romero, de los sacerdotes jesuitas, de más de 1.000 personas en la masacre del Mozote.

Proponen que se olvide la verdad ya escrita sobre la guerra porque no es útil a la hora de reconciliarnos. Esa extraña idea de que para reunirnos hay que olvidar qué fue lo que nos desunió. La frasecilla hecha de que hay que dejar que cierre la herida de una vez, cuando la “herida” es un hijo torturado, una familia masacrada, un arzobispo con el pecho roto de un balazo.

Pero los diputados no se conforman con la anulación del informe. Ya no pueden sorprendernos con algo peor, podría pensar alguien. Pues sí: la comisión que elaboró esta propuesta de ley estuvo formada por dos exmilitares que comandaron la guerra, una excomandante guerrillera y un abogado que fue acusado por la Comisión de la Verdad por obstruir la justicia en el caso jesuitas. Y hay más: no bastándoles con intentar anular el informe de la Comisión de la Verdad, intentan anular la cárcel como castigo para criminales de guerra. El peor castigo para torturadores, militares que ordenaron arrancar dientes y electrocutar pezones, sería de diez años de trabajo de utilidad pública. Para optar a ese enclenque castigo, los secuestradores, masacradores, violadores, tendrían que “colaborar con el esclarecimiento de los hechos”. Lo que les gusta la ambigüedad a los diputados. Lo que les encanta ese lugar donde todo es posible y nada es claro. Bajo esa construcción, aseguran algunos expertos de derechos humanos, un acusado podría decir que supo de los hechos cometidos por un militar ya fallecido y quedar como un aliado de la justicia sin haber dicho nunca “yo hice”, “yo maté”, mientras barre un parque en sus horas libres como compensación por la barbarie.

De momento, es un intento. Los partidos que empujan esta atrocidad legislativa tienen los votos necesarios y las ganas. Ahora habrá que ver si tienen el cinismo también. Los diputados de izquierda, por ejemplo, tendrían que dar el sí a una ley que lavaría la cara de militares que masacraron en zonas que ellos defendieron durante la guerra: “territorio liberado” llamaban a esas zonas; “compas” llamaban a muchos de los habitantes que perdieron a sus familiares en esas masacres.

Esto no es un intento aislado, sino una actitud regional y sostenida a través de los años. Desde las leyes de amnistía de los años noventa hasta los intentos recientes de diputados guatemaltecos de hacer en esencia lo mismo que ahora intentan los salvadoreños, quienes legislan esta esquina violenta del mundo insisten: perdón y olvido. Pero cuando uno escarba en la literatura legislativa que proponen, entiende que más bien es a secas: olvido.

El Salvador es uno de los países más homicidas del mundo. En gran medida porque la muerte va de la mano con la impunidad. Una masacre no esclarecida es, como mucho, titular un día. Un asesinato no resuelto no es nada. Cotidianidad.

En 2012, el veterano corresponsal de guerra Jon Lee Anderson volvió a El Salvador invitado a disertar sobre la impunidad en el país al que vio desangrarse en su guerra civil. Anderson hablaba de la impunidad remanente desde los años de dictaduras como la raíz de la degeneración moral en países como El Salvador y Guatemala. El homicidio impune es el ejemplo más evidente de esa degeneración. Y eso en El Salvador no es una casualidad, sino un sistema: en la actualidad hay fiscales que investigan homicidios y tienen asignados 500 casos. Si es joven asesinado en barrio pobre y controlado por pandillas, me explicó uno de esos fiscales, el expediente se tira a la gaveta más olvidada de su escritorio hasta que haya pasado un tiempo prudente para archivarlo definitivamente. Quien piense que la situación actual de violencia en un país como El Salvador no tiene relación directa con la impunidad de los crímenes de guerra, evalúa muy mal, dijo Anderson en aquella visita.

La impunidad, como de nuevo nos recuerdan los diputados con su nueva propuesta de ley, es base en estas sociedades. La impunidad como lección se imparte de arriba para abajo, y en El Salvador los diputados son insignes maestros. La única forma de revertirlo es desde el extremo opuesto: de la ciudadanía y sus organizaciones hacia los diputados y sus conspiraciones. Si no han logrado ser más descarados ha sido gracias a revelaciones periodísticas, a la lucha de organizaciones de defensa de los derechos humanos y, más importante aún, a la digna terquedad de las víctimas. Algunas de ellas, como quienes sobrevivieron a la masacre del Mozote, llevan 38 años contando a quien quiera escucharles cómo aquellos militares del batallón Atlacátl descuartizaron, violaron, incendiaron. Son guardianes de la memoria, aunque esa memoria los siga torturando, y aunque se enfrenten a un Estado que constantemente les grite a la cara: olvido, olvido. Solo ese empuje puede lograr que algún día la frase con la que inicia este artículo sea por fin cierta.

Ya no pueden sorprendernos con algo peor.

 

Fuente: EP

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López Obrador, Cirujano con machete

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López Obrador asume el sábado la presidencia de México con la intención de inaugurar una nueva era en el país norteamericano, pero su fascinación por lo simbólico puede hacer ineficaz su política

JESÚS SILVA HERZOG

La política es voluntad y teatro. Poco más. Eso parece decir Andrés Manuel López Obrador, quien dentro de unas horas se convertirá en presidente de México. Para lograr el cambio, para refundar una nación, basta con desearlo y pintar los telones de una patria nueva. A López Obrador se le conoce por sus convicciones: fe en sí mismo y confianza en el efecto mágico de los símbolos. De esas dos cuerdas colgará su Gobierno: centralización y escenografía. Son claros sus mensajes en estos largos meses de transición: concentrar todas las riendas del poder y cuidar, con admirable esmero, la coreografía de los símbolos.

López Obrador se ofrece al país como el Cuarto Padre de la Patria. La megalomanía ha sido parte de su encanto. Primero apareció Hidalgo, sonando las campanas de la independencia; luego vino Juárez, fundador del Estado laico. El tercer padre fue Madero, quien dio la vida por el sueño de la democracia. Ahora viene él para completar el mural con la fundación de una nación fraterna. No pretende ser un gestor. Ni siquiera le interesa ser considerado como un estadista porque para él la tarea pendiente, en realidad, es la nación. Encabezará el primer Gobierno de izquierda desde que Lázaro Cárdenas dejara la presidencia en 1940. Encarna, sin duda, una esperanza igualitaria. Poner a los olvidados en el centro. Terminar por fin con el despotismo oligárquico. “Primero los pobres” ha sido su lema. Ese programa igualitario, urgente como ninguno, no solamente enfrenta el rechazo de quienes podrían ser materialmente afectados por sus políticas. En el estilo de su liderazgo, en la coalición que lo respalda, en las confusiones de su estrategia están, quizá, las mayores amenazas de su propio proyecto.

La elección de julio fue el terremoto electoral más profundo que ha vivido México. Tímido había sido el votante mexicano hasta ahora: votos que, más que el cambio, buscaban atar el cambio. Los electores depositaban su confianza solamente en los Gobiernos de minoría. Imponían, con votos, moderación. Creían, pues, más en los vetos que en las instrucciones. Ese fue el cuento de la política mexicana desde 1997 hasta la elección de julio. En 2018, terminó esa política de la desconfianza para apostar, finalmente, por la opción que ofrecía el cambio más radical. Los electores decidieron darle a la nueva presidencia el respaldo de una mayoría leal. Cambió así, de manera radical, el mapa del poder en México. Los partidos tradicionales quedaron hechos polvo. Simples mirones en el Congreso federal. Enfrentando el magnetismo de la nueva mayoría y enfrascados en pleitos de familia, serán incapaces de constituir una oposición coherente. El partido fundado apenas hace unos años por López Obrador tendrá el camino despejado. No tiene adversarios enfrente, pero tendrá enormes dificultades para caminar. Morena, la nueva mayoría, es un partido niño. Fue llamado a gobernar, pero no es claro que sea capaz de gobernarse. Se trata de una coalición que, más allá de su lealtad al fundador, carece de señas de identidad y, sobre todo, de liderazgos eficaces. Errática, si no es que caótica, ha sido la constitución de esa mayoría legislativa. Los amagos de ese rodillo desconciertan todos los días. Es que el partido en el Gobierno no ha asumido plenamente la responsabilidad que le corresponde. Se cierne sobre el país un poder sin restricciones y sin concierto. Doble amenaza: arrollar y dar tumbos.

Las elecciones del pasado julio fueron el terremoto electoral más profundo que ha vivido México

Antes de cruzarse el pecho con los tres colores de la bandera mexicana, Andrés Manuel López Obrador ha abierto ya cuatro fuentes de desconfianza. La primera es con la burocracia a la que pretende purgar con una ruda disminución de salarios. La segunda es con los inversionistas a los que espanta cotidianamente con señales contradictorias y decisiones contraproducentes. La tercera es con quienes imaginaban que su Gobierno sería un aliado en la lucha contra la impunidad y la corrupción, con aquellos que confiaron en que los militares regresarían finalmente a los cuarteles. La cuarta reside en los poderes locales que ven con temor los afanes centralizadores. Si hizo una campaña para tranquilizar a sus críticos, se ha dedicado a festejar su victoria inquietándolos de nuevo. En nombre de la austeridad, se dispone a sacudir la Administración pública y a deshacerse de los técnicos a los que considera cómplices de la desgracia nacional. No ha ofrecido certidumbre. Ha sugerido, además, que el país debe tragarse la pillería del pasado reciente para conservar la estabilidad. México, en su opinión, no resistiría la osadía de la ley. Hay que perdonarlo todo y mirar hacia delante. Nada de esto niega que López Obrador asumirá el poder con una enorme popularidad. Sigue teniendo el respaldo de millones que sienten su victoria como propia, como una seña de inclusión, como una restitución histórica.

Antes de asumir el cargo, el mandatario electo ya ha abierto cuatro fuentes de desconfianza

Su proyecto no termina de perfilarse, pero lo que tiene ya forma plena es la épica de los símbolos. Por lo pronto, la hazaña histórica a la que convoca es, más que cambio, representación del cambio. Romper con las efigies, abandonar los ceremoniales, dejar atrás recintos y vehículos. Destrozar emblemas. Contar de otro modo nuestros cuentos. Cultivar el conflicto y señalar al enemigo. Darle nombre al presente. La residencia presidencial se convertirá en museo, desaparecerán los guardias presidenciales, se venderá el avión oficial. Seremos testigos de una obsesiva ostentación de sencillez. Tendremos como presidente a un franciscano que hace streaming de su modestia. Ahí está el acento del lopezobradorismo y, visto de cerca, no parece una estrategia absurda. ¿No se engolosina la política contemporánea con la gestualidad? ¿No hemos sustituido el cambio por la representación del cambio? En la era de las restricciones, aparece la tentación de desplazar el poder al territorio de los símbolos y escapar así de la impotencia política. Cambiarle el nombre a las cosas, mudar huesos, abandonar palacios, tirar estatuas, rebautizar calles y parques. Esculpir de otro modo el cuerpo del nosotros. Enfrentarlo a un otro amenazante y atizar las pasiones del conflicto. La esperanza alimentada en teatro.

La fuga de López Obrador al universo simbólico cobra, por lo pronto, una víctima: la eficacia. Fascinada por la alegoría, la política se desentiende de la consecuencia. Si el deseo presidencial lo puede todo, no tiene por qué perder el tiempo con cálculos de presupuestos, fastidios administrativos, restricciones legales. La mecánica es sencilla: proclámese el deseo y hágase ratificar por el Pueblo bueno. El único esmero es escénico. Hay que romper la estatua del pasado sin calcular el efecto del destrozo. Reducida a gesto, la política engendra lo contrario a lo que desea. El ahorro termina siendo dispendioso; la ruptura resulta una victoria del pasado, la inclusión, una farsa. No niego la importancia de ese lenguaje simbólico porque sé que no hay política sin relato, sin imaginación, sin fantasía. El problema es que termina siendo muy mala política aquella que se queda en pura teatralidad, aquella que se desentiende de las restricciones, la que se somete al imperio de las apariencias, la que, por contar cuentos, deja de hacer las cuentas. Esa parece ser la trampa a la que quiere entregarse el nuevo Gobierno mexicano. Su intención de inaugurar una nueva era de la historia topa con el desprecio a los instrumentos concretos de la acción política. Así se acerca Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México, como un cirujano con machete.

Jesús Silva-Herzog Márquez es analista político y profesor del Tecnológico de Monterrey.

 

Fuente: EP

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Perdonando a Trump

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El presidente Donald Trump ya está en plena campaña electoral. CARLOS BARRIA REUTERS

Los ricos están felices con él; lo sorprendente es que le apoyen los más perjudicados por sus políticas

MOISÉS NAÍM

El próximo martes, millones de estadounidenses votarán por Donald Trump. Más precisamente: no votarán directamente por el actual presidente, sino por los candidatos a senadores, representantes, gobernadores y legisladores locales a quienes él apoya. Pero, estas elecciones serán un referéndum sobre Trump. Aunque las encuestas pronostican que al presidente no le irá tan bien como en las pasadas elecciones, lo cierto es que los sondeos indican que cerca del 40% de los votantes lo apoyan.

Este es un número terrible. Quiere decir que un 40% de los americanos le perdonan a Trump conductas y decisiones que en un mundo decente deberían ser imperdonables. Como, por ejemplo, mentir constante y desvergonzadamente. O la crueldad de algunas de sus decisiones. A sus seguidores eso no les importa. Cabe notar, por supuesto, que muchos simpatizantes de Trump sienten que no tienen nada que perdonarle, ya que aceptan, y hasta celebran, las conductas del presidente. Como, por ejemplo, la de haber dicho que la notoriedad mediática es una especie de patente de corso que tienen los hombres famosos para tocarle los genitales a cualquier mujer que les apetezca.

Han proliferado las teorías que intentan explicar la fuerte atracción que algunas personas sienten por políticos carismáticos a quienes apoyan incondicionalmente. En el caso de los seguidores de Trump se han propuesto teorías psicológicas (la búsqueda de identidad, de dignidad), económicas (el aumento de la desigualdad), internacionales (la globalización) y sociológicas (el racismo), entre otras. Pero también es cierto que muchos de quienes apoyan a Trump lo hacen porque les gustan algunas de sus propuestas y, a cambio de verlas hechas realidad, están dispuestos a perdonar acciones del presidente que en otras circunstancias criticarían.

La rebaja de los impuestos es un buen ejemplo de esto. Los ricos que detestan pagar impuestos están encantados con los recortes impositivos que ha hecho Trump y, agradecidos por esas rebajas, enmudecen ante conductas del presidente que deberían repudiar. Otro ejemplo es la regulación de las empresas. Para muchos líderes empresariales, la eliminación de las regulaciones que limitan la autonomía de sus compañías o aumentan sus costes justifican tener a Trump en la Casa Blanca. Ellos también le perdonan todo, con tal de que les desregulen sus negocios. Muchos están felices porque los lobistas a quienes antes pagaban para influir sobre el Gobierno ahora son el gobierno. Trump ha puesto a un gran número de lobistas a cargo de las agencias responsables de regular las empresas para las que antes trabajaban y a las cuales seguramente volverán al terminar su “servicio público”.

Pero el apoyo a Trump no está solo motivado por intereses económicos. Los grupos evangélicos cuyos pastores regularmente denuncian conductas como las que ha exhibido Trump (infidelidad, mendacidad, avaricia, materialismo, crueldad, egolatría, etcétera) forman parte entusiasta de su electorado. Ver como bebés lactantes son separados de sus madres en la frontera y luego desaparecen, perdidos en un hueco negro de la insensible burocracia estadounidense, no hizo mella en el incondicional apoyo de algunos líderes evangélicos a Trump. Ignorar los vicios y pecados del presidente es un precio que están dispuestos a pagar con tal de que él promueva iniciativas que dificulten el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o borren a Darwin de los textos escolares.

Que los ciudadanos voten por candidatos que representan sus intereses particulares o que reflejan sus valores no tiene nada de nuevo. Eso forma parte de la democracia. La sorpresa es que Donald Trump tenga el apoyo de votantes que son los más perjudicados por sus políticas. La rebaja de los impuestos que impulsó el actual presidente es altamente regresiva; beneficia desproporcionadamente a una minoría muy rica y penaliza a las clases de ingresos medios y bajos a las cuales pertenecen la gran mayoría de sus seguidores. Muchas de las regulaciones al sector privado que han sido eliminadas, protegían a esos consumidores de menores recursos de las prácticas abusivas de algunas empresas. Lo mismo vale para la reforma sanitaria impulsada por Barack Obama y ferozmente atacada por Trump, quien como presidente se ha empeñado en desmantelarla y sabotearla. De nuevo, la gran paradoja es que quienes más perderán acceso a los servicios de salud son sus seguidores que más los necesitan.

La lista de decisiones y conductas de Trump que deben perdonarle quienes le apoyan es larga y creciente. La evidencia de que las actividades empresariales de la Organización Trump con frecuencia violaron la ley son abrumadoras. La lista de sus ejecutivos y más cercanos colaboradores en los negocios, la política y el Gobierno que están siendo juzgados, o que ya fueron condenados, ha revelado un ecosistema criminal de larga data que ha girado alrededor del ahora presidente. Pero todo eso también se lo perdonan sus partidarios, confirmando así la execrable afirmación que hizo Donald Trump en enero de 2016: “Podría pegarle un tiro a alguien en la Quinta Avenida y no perdería ni un solo voto”.

Este martes veremos si esto sigue siendo cierto.

 

Fuente: EP

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Exhibición de vulgaridad y machismo en el Mundial

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Fans de la selección de Colombia celebran el partido entre Senegal y Colombia en Rusia. EMMANUEL DUNAND / AFP

Indignación en Colombia por el comportamiento de algunos aficionados en Rusia

FRANCESCO MANETTO

Un Mundial de fútbol es un escaparate internacional. Es una ocasión para exhibir y demostrar algo, no solo en el terreno de juego. Esa percepción lleva recorriendo Colombia desde que su selección y unos 12.000 aficionados aterrizaron en Rusia hace dos semanas. El deseo de proyectar una mejor imagen en el mundo es una de las prioridades del país, que se encuentra inmerso en una delicada transición hacia la paz después de más de medio siglo de conflicto armado.

El presidente saliente, Juan Manuel Santos, suele recordar que, gracias a los acuerdos con las FARC, la lucha contra el narcotráfico y los avances registrados en las últimas legislaturas, el pasaporte colombiano ha dejado de ser un estigma en los aeropuertos. No obstante, esa aspiración chocó la semana pasada con el comportamiento de algunos hinchas, que difundieron vídeos con insultos machistas a unas aficionadas japonesas y se jactaron de introducir alcohol en un estadio tras ocultarlo en unos prismáticos. Esas imágenes, de distinta gravedad, provocaron una reacción unánime y levantaron una ola de indignación nacional. Tanto es así que Avianca, la principal aerolínea del país, identificó a una de esas personas como uno de sus trabajadores y anunció su despido, mientras que el Gobierno emitió un comunicado de repudio. “Rechazamos los malos comportamientos; no representan nuestra cultura, nuestro idioma y nuestra raza”, llegó a afirmar el Ministerio de Asuntos Exteriores. No faltaron, aun así, algunos supuestos defensores del orgullo patrio que se apresuraron a señalar otros casos de características similares, como los protagonizados por la hinchada de Brasil.

La vulgaridad y el machismo, en efecto, no tienen fronteras. Sin embargo, el rechazo de la sociedad refleja una voluntad mayoritaria de pasar página, dejar atrás las actitudes abusivas, de que se hable en otros términos del país. En definitiva, de ser una nueva Colombia. Y en ese anhelo, al margen de las opciones ideológicas, estén a favor o en contra del proceso de paz, los ciudadanos ya han ganado el partido.

 

Fuente: EP

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Simon Critchley: "El fútbol es una mezcla de deleite y asco"

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Simon Crithley

El filósofo británico Simon Critchley publica En qué pensamos cuando pensamos en fútbol (Sexto Piso), un ensayo donde combina a Heideigger, Sartre y Gadamer con Zidane, Jurgen Klopp o Brian Clough para tratar de explicar qué es y qué experiencia proporciona el fútbol.

ANDRÉS SEOANE

Con un nuevo Mundial a las puertas, decenas de títulos de literatura futbolística se acumulan en las mesas de novedades. Libros que dan cuenta de la cada vez más incuestionable entrada del deporte rey en la esfera de la alta cultura. Buena prueba de ello es el ensayo En qué pensamos cuando pensamos en fútbol (Sexto Piso), del filósofo británico Simon Critchley (Hertfordshire, Reino Unido, 1960), un pensador peculiar que combina en sus textos teoría literaria, filosofía política, crítica cultural e historia, de manera a la vez erudita y accesible. Entre sus obras, de temática variada destacan El libro de los filósofos muertos, Apuntes sobre el suicidio, El teatro de la memoria y Bowie. En este libro, salpicado de resonancias y superposiciones inesperadas entre culturas alta y popular, Critchley analiza las contradicciones que encierra el deporte rey tratando de descubrir qué experiencia proporciona para tener tanto éxito.

Pregunta.- ¿Cómo se aborda el fútbol desde una visión filosófica?

Respuesta.- Antes que filósofo soy aficionado, y aunque trate de sublevarme contra mis pasiones una de las fundamentales, probablemente la más intensa y constante es el futbol. Así que mi intención principal es tratar de dotar esta pasión de sentido. No he querido plantear una filosofía del fútbol, únicamente intento describir la experiencia que provoca desde un punto de vista fenomenológico, que es mi rama de estudio filosófico.

P.- Destaca el socialismo intrínseco en el fútbol, el sentido de comunidad que crea. ¿Sigue siendo así hoy?

R.- Sí y no. El fútbol se basa en contradicciones. Por un lado, la cultura del aficionado, que se remonta los orígenes del fútbol sí que es absolutamente comunitaria. Además, existe un socialismo en la naturaleza colectiva del propio juego, tanto a la hora de jugarlo como de presenciarlo. Sin embargo, esto entra en complejo equilibrio con el dinero, con un sistema capitalista, mercantilizado y corrupto. No debemos olvidar que el fútbol es un negocio que gira alrededor del dinero, dinero que muchas veces procede de fuentes más que cuestionables.

El fútbol es un negocio que gira alrededor del dinero, dinero que muchas veces procede de fuentes más que cuestionables"

P.- Efectivamente, el fútbol cada vez mueve más dinero e intereses. ¿Qué queda del deporte sencillo de hace unas décadas?

R.- El fútbol siempre es una mezcla de deleite y asco. Se une la belleza del juego, de los cánticos de los hinchas, heredados de padres a hijos, del estadio a rebosar..., con la parte oscura que es el mercantilismo de los jugadores, la indecente cantidad de dinero que lo hace posible y la corrupción de las organizaciones corruptas como la FIFA. Sin embargo, en esencia creo que todavía permanece mucho del fútbol de los 70 o los 80. Está más internacionalizado, los jugadores están más en forma, beben menos, tienen más tatuajes, pero la esencia del juego es la misma. Siguen siendo veintidós tipos pateando un balón, y puede pasar de todo.

P.- Se culpa al fútbol de fomentar la violencia, el nacionalismo y el racismo. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

R.- Puede ser cierto hablando de la violencia, ya que el fútbol en un juego físico y violento. Pero es una violencia controlada, disciplinada. Si no hubiera un ápice de violencia no sería fútbol. Pienso que todos los grandes futbolistas, como Zidane o Luis Suárez son un poco violentos. Sobre el racismo, pienso que ha sufrido un cambio espectacular y significativo en las últimas décadas y que en muchos lugares ya no existe. Todavía permanece en ciertos lugares, como Rusia, pero creo que dentro de otros veinte años será solo un recuerdo. Porque no tiene sentido en un mundo tan globalizado.

En cuanto al nacionalismo... es mucho más complicado. Es un sentimiento que depende mucho de los países, de la situación que vivan. Puede haber por ejemplo un nacionalismo irónico, como aquel que proclama Jean-Philippe Toussaint al decir, "Viva Bélgica", riéndose de un país completamente dividido. O puede ser cohesionador de una idea de país que no se uniría totalmente de otro modo, como ocurre en Sudamérica en general, en Rusia, o incluso aquí en España.

P.- Otro aspecto que destaca es que las conversaciones sobre él pueden aunar fe y razón, ¿cómo es esto posible?

R.- El fútbol consigue algo en lo que fracasa la religión y la política. Es cierto que está más relacionado con la fe, con la creencia ciega en tu equipo, pero a la vez está abierto a la razón, a la ecuanimidad. Puedo tener mucha fe en mi equipo, pero escuchando los argumentos de un fan contrario puedo cambiar mi opinión. Además tiene otra ventaja: su universalidad. Los líderes religiosos y políticos, los mitos, o el folclore son locales, pero el fútbol llega a todos lados.

El fútbol ha sufrido el prejuicio de ser considerado como baja cultura, pero esto está cambiando"

P.- Está demostrado que el fútbol humaniza, que es bueno socialmente. ¿Por qué entonces sigue siendo subestimado?

R.- Opino que son viejos prejuicios elitistas, los mismos que trato de romper con mi trabajo hibridando todos los ámbitos de la cultura. El futbol ha sido visto durante mucho tiempo como patrimonio de la clase trabajadora, pero esto ha cambiado totalmente. Y ha cambiado no solo a nivel de público, sino a nivel de tratamiento especializado e informativo. Cuando era pequeño, la prensa deportiva tenía artículos muy predecibles y nada profundos, algo que ha cambiado radicalmente. También se han multiplicado las aproximaciones de pensadores y escritores, como el propio Toussaint o Eduardo Galeano. Así que espero que esa percepción de división entre alta y baja cultura, que ya está siendo cuestionada en muchos ámbitos, afecte también al fútbol.

P.- ¿Qué espera de un evento planetario como el próximo Mundial?

R.- Este Mundial encierra una de esas paradojas que hacen grande al fútbol. Sabemos que su celebración en Rusia es consecuencia directa de la corrupción de la FIFA, igual que lo será Qatar 2022 y que el amplio número de selecciones es producto del marketing. La FIFA ha decidido no potenciar ciertas regiones como África, cuyos combinados nacionales son menos potentes que muchos clubes europeos. Pero aún sabiendo esto, seguramente podremos disfrutar igualmente del Mundial. De nuevo contradicciones.

P.- Tras este análisis, ¿en qué pensamos al pensar en fútbol? ¿Qué genera la fascinación por él?

R.- La respuesta correcta es todo. Pensamos en todo. El fútbol es capaz de aglutinar todos los grandes temas filosóficos: el significado de la vida, el espacio, el tiempo, la racionalidad, las emociones, la pasión... Todo eso está en el juego. La fascinación creo que nace de dos aspectos que no tiene otros deportes más espectaculares. Por un lado, ver un partido te coloca durante una hora y media en un estado meditativo y proclive a la catarsis, estás a merced de que la aleatoriedad y el destino se impongan sobre el juego, un poco en consonancia con el teatro de la Gracia clásica. Por otro está esa esperanza constante, esa fe que te hace levantarte tras las derrotas y asimilar el perder. Por todo esto el fútbol es el deporte más grande del mundo.

 

Fuente: El Cultural

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