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‘Flafi’, de Roberto Rosario

Flafi

Por Karina Castillo

Desde que empiezas a leer la novela “Flafi”, del narrador y poeta peruano Roberto Rosario, te cautiva.

Su particular título de tan solo dos sílabas, esconde una historia que va más allá de lo cotidiano, adentrándose en la mágica imaginación y llega hasta las fibras mismas del corazón del lector.

Inicia con la escena de un niño, de nombre Gabriel, que observa desde un autobús, a un perro correr por la calle, y evoca memorias de su propia mascota perdida.

El autor se vale de vívidas descripciones que, cuáles imágenes de video, nos transportan al tiempo y espacio de sus páginas.

Muestra gran sensibilidad y empatía con el joven lector, usando emociones que cualquier niño pudiera sentir al enfrentar su día a día o algo tan humano como lo es la pérdida.

Mientras narra, intercambia entre primera y tercera personas, y por momentos parece dirigirse al lector, haciéndolo aún más partícipe de la trama, buscando complicidad para resolver incógnitas que surgen en el camino.

La narrativa de Roberto Rosario danza entre la realidad y la fantasía, como cuando describe el encuentro que el personaje principal tuvo con una especie de duende u “hombrecillo con apariencia de niño”, llamado Ichic Olljo. Había escuchado hablar de él en una conversación que su madre tuvo con una amiga el día anterior, mientras desgranaban maíz.

El extraño ser era considerado una leyenda y, según decían, era burlón, tenía los ojos como lámparas, una gran fuerza y era capaz de “adivinar los secretos más guardados de la gente”, entre otras cosas.

Por esto, cuando el jovencito lo vio todo cubierto de harina de maíz, pensó que esa era su oportunidad de saber cómo recuperar a su perrita.

Gabriel le hacía preguntas que el risueño personaje esquivaba con otras tantas, pero él soportaba sus malos modales. “Así será su carácter”, se decía a sí mismo, como convenciéndose para no rendirse.

Sin embargo, el extraño ser no quería decirle qué había pasado, aunque parecía conocer al dedillo todo lo vivido por el protagonista el día que perdió a su peluda amiga. Según él, el chico no estaba listo y debía cumplir ciertas condiciones. Tenía que esperar por el día adecuado para contar secretos, precisamente después que un gallo colorado con la cresta azul cantara tres veces.

A lo largo de la trama, el autor va en retrospectiva, en una forma de fluir y contar qué había pasado antes de que el conflicto asomara, justo al principio de la novela.

A través de Gabriel, Rosario narra lo que ve, desde adentro. Mezcla acciones y sentimientos, como tratando de explicar a sí mismo lo que pasa. Se vale de un lenguaje coloquial y poético, haciendo honor a las raíces culturales de su tierra, las costumbres, creencias, historias, paisajes y palabras. 

El narrador usa al Ichic Olljo para contar cómo Flafi había llegado a la vida del niño, cuando apenas era un bebé en su cuna. Habla de cómo el animalito apareció de la nada con su “pelo castaño, limpio y bien cuidado”, Continúa diciendo que la madre lo había llamado su “ángel de la guarda” y que, al nadie reclamarla, se la quedaron. Gabriel creció y disfrutó la vida junto a ella, como si ésta fuera su sombra, hasta perderla aquel día antes de partir a la sierra, en busca de su padre, mientras dejaba atrás su “casita de adobes, triste y solitaria”.

El autor va dosificando la información, así como lo hace el duende cabelludo. Deja para casi el final de la novela que el niño cursa el sexto grado, e intuimos así su edad. Pero no importa. Sus pensamientos, sus impresiones, las señas de sus emociones a lo largo de las páginas anteriores, nos hablan de quién es él y de cuán importante era Flafi para su vida.

Sabemos cómo comienza a buscar ese “gallo colorado de cresta azulada” en cada canto que sonaba en el vecindario, y que se valía en especial de su oreja derecha, porque “pensaba que con esa escuchaba mejor”.

Por instrucciones del duende, tenía que saber hacerlo, y no distraerse ni con la mirada curiosa de su vecina Carmen.

Roberto Rosario juega con los tiempos. Se mueve entre la realidad, lo fabuloso y hasta los sueños. Todo dentro de la cabeza agitada del jovencito que, desesperado, deseaba encontrar a su Flafi.

Gabriel. al descubrir al ave, aprende que se llama Campeón, que ha sido entrenado para pelear a muerte y es el primero en cantar en la mañana.

Luego de superar este reto, tenía que cumplir tres misiones y “seguir hasta el final”, si no, caería en manos del “dios de la montaña”. En su búsqueda, se valía todo, hasta hacerlo por “Google”.

El autor mantiene el interés en la lectura. Y es que no sabemos dónde en la trama se encuentra escondido un detalle que podría resolver el conflicto. Por momentos se dirige directamente a nosotros, como invitándonos a dar nuestra opinión.

Cada capítulo trae nueva luz y matices diferentes. Es en la escena de la celebración del Rachi Cóndor, donde se puede vislumbrar lo peor del carácter humano, la tortura y crueldad, pero también la revancha que logra conseguir el animal en la especie de toreada avícola a la que fue sometido, costándole a su contrincante humano, “un ojo de la cara”, literalmente.

Las condiciones de la gente, como la impaciencia, la curiosidad y la capacidad de asombro se muestran en el carácter y accionar de los personajes. Pero también la perseverancia, el amor y la tolerancia, todo esto en una narrativa dinámica, sensible y de gran inventiva.

Diálogos, conversaciones telefónicas y cartas mantienen a los personajes comunicados.

Esta lectura es fresca y no es necesario que el lector conozca de inmediato el significado de algunos términos propios de la región, ya que los contextos creados permiten deducir de qué se trata, o como el mismo narrador sugiere, puede valerse de los recursos modernos, como los buscadores de internet, para conocerlos.

Gabriel no solo encontró los objetos que le pidieron, sino también la forma de desarrollar la paciencia, la resiliencia y el conectarse con las personas que lo rodeaban. Retomó la comunicación con su abuelo, su padre y sus tíos, y se sorprendió de que ellos podían y querían ayudarlo.

De igual forma, esta historia abraza el amor y respeto por las tradiciones, las raíces, la familia, los vecinos, la naturaleza, la vida.

Una piedra de cuarzo conectó a un abuelo con su nieto, una orquídea al tío con su sobrino y una pluma de cóndor le hizo apreciar la perseverancia de su tía y el respeto por los animales.

Gabriel aprendió a decir la verdad, a ser más dedicado. Quizás para eso se perdió Flafi, para revelarle el verdadero valor de las cosas. En su búsqueda de los retos, pudo conocer mejor y amar más su tierra, su familia y a él mismo. Descubrió que en todo lo que hacemos, sea recitar un poema, una tarea, o un favor para alguien, lo más importante es “cómo nos sentimos y cómo hacemos sentir a los demás”. Maduró, por tanto,sus emociones y su espíritu.

Entendió que Flafi, más que un animal, sí había sido un verdadero ángel guardián, pero que había cumplido su cometido y era tiempo de volar, crecer y avanzar. En su travesía Gabriel se había encontrado consigo mismo, había aprendido su lección.

Esta historia, contada de una manera magistral, humana, cálida y cotidiana, con palabras que danzan entre la narrativa y la poesía, entre la realidad y la imaginación, que llega a la mente y corazón de los lectores, puede ser la historia de cualquiera de nosotros, sin importar la edad o de dónde seamos, y puede ser disfrutada en la universalidad y hermandad de la literatura.

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