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Borges o el laberinto de los espejos

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Jorge Luis Borges, quien decía que imaginaba el paraíso como algún tipo de biblioteca. Cortesía

FERNANDO ARAÚJO VÉLEZ

Hace 32 años, falleció en Ginebra el escritor argentino Jorge Luis Borges, autor de El Aleph, La biblioteca de Babel y El sur, entre otras obras.

Él mismo se habrá imaginado y descrito como el tonto mundano que en horas de la tarde, mientras su esposa, Elsa Astete Millán, dormía la siesta, salía de casa en silencio, a hurtadillas, para ir a visitar a su señora madre, doña Leonor Acevedo Suárez. Él mismo habrá podido decir, algo nervioso y tartamudo, que ese sujeto de bastón, ciego y lento, que caminaba las calles de la Buenos Aires que tanto fustigaba, era el verdadero Jorge Luis Borges, un hombre demasiado apegado a sus raíces, anárquico como su padre y su abuelo, medio aristócrata, tímido, inseguro, prendado de su madre hasta el punto de soñar con ella, incluso, cuando ya hacía cinco años que había fallecido.

“Yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición”, había escrito en El Hacedor. Tiempo después, en cualquier conversación, sonriente, irónico, convencido y transportado, diría, preguntaría: “¿Habrá una frase más bella que la de Hume al decir: ‘Cuando me busco, nunca estoy en casa?”.

Borges era al que su amada Estela Canto retrataba en los años 40 con frialdad: “La actitud de Borges me conmovía. Me gustaba lo que yo era para él, lo que él veía en mí. Sexualmente me era indiferente, ni siquiera me desagradaba. Sus besos torpes, bruscos, siempre a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía”. Sin embargo, también fue aquél a quien Susan Sontag le dijo en una carta que jamás le entregó: “Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ése era usted”, y ese del que Mario Vargas Llosa dijo: “Para el escritor latinoamericano, Borges significó la ruptura de un cierto complejo de inferioridad que, de manera inconsciente, por supuesto, lo inhibía de abordar ciertos asuntos y lo encarcelaba en un horizonte provinciano”.

El Borges de huesos y de piel nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires. Aprendió a leer y a escribir a los cuatro años, pero ingresó casi a los ocho a la escuela, un pequeño colegio del barrio de Palermo donde se sintió siempre excluido, un niño marginado que no sabía relacionarse con sus compañeros, que no le importaba, además, pues prefería imaginarlos, vislumbrarlos estéticos, impecables, prolijos, éticos y educados, y no tener que vivirlos sucios de fútbol, de arrabal, cuchillo y tango. El otro, el Jorge Luis Borges irreal, tradujo a Oscar Wilde a los nueve años (El príncipe feliz), y Wilde lo apuñaló con su ingenio y su fantasía, con sus certezas sobre el arte y la literatura como mentira, creación, no realidad, denuncia sugerida y sugerencia como absoluto.

Después su padre viajó a España, 1914, y allí Borges el idealista escribió Los ritmos rojos, varios poemas de elogio a la revolución bolchevique, y Los naipes del tahúr, dos libros que no se publicaron. Cuando regresó, siete años más tarde, los dos Borges y alguno más se toparon con una ciudad infinita en la que convivían lo vulgar y lo refinado. Entonces surgió su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires, una edición apresurada, sin prólogo, con algunos errores y un grabado de su hermana Norah en la carátula, “la premonición de su obra posterior”, como él mismo diría.

El Borges de a pie, “de arrabales, atardeceres y desdicha”, como él mismo lo definía, se definía, comenzó a tropezar. El amor era un asunto lejano; la felicidad, una exclusividad de los otros. La muerte, a la que medio siglo más tarde calificó como una esperanza, lo tocó con la agonía de su padre, con su fallecimiento, y con una infección que lo llevó al delirio de los humanos y que reflejó en El sur. Trabajaba en la biblioteca Miguel Cané, de Almagro, pero los intereses de los simples mortales lo sacaron de allí cuando Juan Domingo Perón subió al poder por vez primera, 1946, y lo nombró Inspector de Mercados de Aves de Corral”. Borges entonces sentenció: “Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez… Combatir estas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor”.

Pese a sus palabras, en 1955 fue nombrado por una dictadura, la que se autoproclamó de La Revolución Libertadora, como director de la Biblioteca Nacional. El Borges literario ya había publicado El aleph, inspirado en parte en la señorita Canto, a quien le regaló el manuscrito original, y quien lo subastó en 25 mil dólares a la Biblioteca Nacional de España en los años 80.

Era una figura literaria que escribía “Bienaventurados los misericordiosos porque su dicha está en la misericordia y no en la esperanza de un premio”, y afirmaba, tajante: “He dejado atrás el soborno del cielo”. El Nobel que según todos merecía, pasaba a ser objeto de sus ironías. Fue profesor de literatura inglesa, doctor honoris causa, premio Cervantes y mil más, traducido y plagiado, polemizado y citado hasta el fin de los tiempos. Él jamás dejó de ser dos, o incluso algunos otros. “Nunca se traicionó”, lo describió su última esposa, María Kodama. Por eso, jamás dejó de asegurar que “la democracia es un abuso de las estadísticas”, que “la solución política podría ser unas elecciones dentro de 300 ó 400 años”, que “somos fortuitos, casuales”, que “el ideal es no tener gobiernos”, que algunos de sus versos eran buenos “aunque los hubiera escrito yo”.

 

Fuente: EE

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