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La maldición del segundo: genios que tuvieron la mala suerte de coincidir con otro incluso mejor

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Dalí-Picasso, Ronaldo-Messi, Montgomery Clift-Marlon Brando... Protagonizaron encarnizadas rivalidades y solo ganó uno

M.E. TORRES

“Picasso es español. Yo también. Picasso es un genio. Yo también. Picasso es comunista. Yo tampoco”. En este fragmento del célebre discurso sobre Pablo Picasso pronunciado por Salvador Dalí en 1951 en el Teatro María Guerrero de Madrid está la esencia de las relaciones entre estos dos titanes del arte contemporáneo. Dalí, 20 años menor, sentía por Picasso una admiración de alumno aventajado que en algunos momentos de su vida se transformó en envidia reverente, en deseo obsesivo de estar a su altura. Tras la guerra civil española, además de la brecha tradicional y la inevitable rivalidad artística, empezó a separarles también una trinchera ideológica: el comunismo estético de Picasso y la cercanía al régimen de Franco de un Dalí que, más que reaccionario, fue siempre complaciente y acomodaticio. Sin embargo, tal y como explica Víctor Fernández en su ensayo 'Picasso y yo' (Elba Editorial), los dos artistas más populares del mundo hasta la llegada de Andy Warhol siguieron intercambiando correspondencia y dialogando a distancia a través de la pintura, como en las variaciones sobre la obra de Velázquez en que se embarcaron ambos a finales de los 50.

Dalí eclipsado por Picasso

“Picasso es español. Yo también. Picasso es un genio. Yo también. Picasso es comunista. Yo tampoco”. En este fragmento del célebre discurso sobre Pablo Picasso pronunciado por Salvador Dalí en 1951 en el Teatro María Guerrero de Madrid está la esencia de las relaciones entre estos dos titanes del arte contemporáneo. Dalí, 20 años menor, sentía por Picasso una admiración de alumno aventajado que en algunos momentos de su vida se transformó en envidia reverente, en deseo obsesivo de estar a su altura. Tras la guerra civil española, además de la brecha tradicional y la inevitable rivalidad artística, empezó a separarles también una trinchera ideológica: el comunismo estético de Picasso y la cercanía al régimen de Franco de un Dalí que, más que reaccionario, fue siempre complaciente y acomodaticio. Sin embargo, tal y como explica Víctor Fernández en su ensayo 'Picasso y yo' (Elba Editorial), los dos artistas más populares del mundo hasta la llegada de Andy Warhol siguieron intercambiando correspondencia y dialogando a distancia a través de la pintura, como en las variaciones sobre la obra de Velázquez en que se embarcaron ambos a finales de los 50.

 Pareja de hecho desde que René Goscinny y Albert Uderzo los crearon en 1959, atrapados en la eterna juventud de un cómic por el que no pasa el tiempo, los dos galos mostachudos se tienen una lealtad tan irreductible como la aldea en la que viven, que resiste ahora y siempre al invasor romano. Astérix viene a ser un héroe sin grandes atributos, un lienzo en blanco en el que los lectores pueden proyectar sin interferencias su propia personalidad. Apenas tiene cualidades llamativas que le singularicen de verdad más allá de una arrogancia y una vanidad muy francesas. Obélix, en cambio, es glotón, pendenciero, afectuoso, pueril, suspicaz, leal, enamoradizo, caprichoso, terco... Un ser humano complejo, poliédrico y entrañable al que, sin embargo, el resto de irreductibles de la aldea, empezando por el druida Panorámix, tiende a tratar con condescendencia, como a una especie de tonto útil, un simple apéndice de Astérix. Su estatus de paria integrado es tan evidente que se le excluye incluso de ese ritual de reafirmación colectiva que es la toma de la poción mágica “porque se cayó en la marmita de pequeño”. Dadas las circunstancias, no es extraño que el resentimiento de Obélix, el hombre eclipsado y ninguneado, aflore con contundencia en historias como 'La cizaña' o 'Astérix el legionario'.

Obélix eclipsado por Astérix

Pareja de hecho desde que René Goscinny y Albert Uderzo los crearon en 1959, atrapados en la eterna juventud de un cómic por el que no pasa el tiempo, los dos galos mostachudos se tienen una lealtad tan irreductible como la aldea en la que viven, que resiste ahora y siempre al invasor romano. Astérix viene a ser un héroe sin grandes atributos, un lienzo en blanco en el que los lectores pueden proyectar sin interferencias su propia personalidad. Apenas tiene cualidades llamativas que le singularicen de verdad más allá de una arrogancia y una vanidad muy francesas. Obélix, en cambio, es glotón, pendenciero, afectuoso, pueril, suspicaz, leal, enamoradizo, caprichoso, terco... Un ser humano complejo, poliédrico y entrañable al que, sin embargo, el resto de irreductibles de la aldea, empezando por el druida Panorámix, tiende a tratar con condescendencia, como a una especie de tonto útil, un simple apéndice de Astérix. Su estatus de paria integrado es tan evidente que se le excluye incluso de ese ritual de reafirmación colectiva que es la toma de la poción mágica “porque se cayó en la marmita de pequeño”. Dadas las circunstancias, no es extraño que el resentimiento de Obélix, el hombre eclipsado y ninguneado, aflore con contundencia en historias como 'La cizaña' o 'Astérix el legionario'.

 La inquina que se tuvieron en su día es agua pasada. Estuvieron décadas despreciándose e insultándose, pero lo hacían por inercia y por deporte. La verdad, la triste verdad para los que alguna vez se tomaron en serio aquella encarnizada batalla de las bandas entre Oasis (la banda de Gallagher)y Blur (el grupo de Albarn) de verano del 95, es que Noel y Damon no solo hace mucho tiempo que no se odian, sino que ya incluso se permiten el lujo de colaborar en 'We got the power', uno de los temas del último álbum de Gorillaz. Según Alan McGee, descubridor de Oasis, mientras que para Blur todo aquello no fue más que un juego que se les fue de las manos, los hermanos Gallagher lo vivieron como una guerra sin cuartel entre el orgullo de clase obrera del norte industrial y la insufrible arrogancia del Londres pijo y exquisito. Al final, Damon ganó una batalla (el single de su banda, ‘Country house’, consiguió el número 1 por encima del de Oasis, ‘Roll with it’ en esa lista de ventas de la semana del 14 de agosto que fue manzana de la discordia), pero perdió la guerra a medio y largo plazo, al consolidarse Oasis como el grupo de mayor éxito popular de la generación 'britpop' y acabar siendo Noel ampliamente reconocido como el mejor compositor de la hornada. Albarn tiró la toalla y asumió con naturalidad su papel de segundón en una entrevista muy posterior, ya en 2010. Noel le correspondió un año después diciendo que desearle a Damon y al bajista de su banda, Alex James, que cogiesen el SIDA había sido un detalle de pésimo gusto: “Como máximo, debí desearles un fuerte catarro. Nuestra rivalidad no era para tanto”.

Damon Albarn eclipsado por Noel Gallagher

La inquina que se tuvieron en su día es agua pasada. Estuvieron décadas despreciándose e insultándose, pero lo hacían por inercia y por deporte. La verdad, la triste verdad para los que alguna vez se tomaron en serio aquella encarnizada batalla de las bandas entre Oasis (la banda de Gallagher)y Blur (el grupo de Albarn) de verano del 95, es que Noel y Damon no solo hace mucho tiempo que no se odian, sino que ya incluso se permiten el lujo de colaborar en 'We got the power', uno de los temas del último álbum de Gorillaz. Según Alan McGee, descubridor de Oasis, mientras que para Blur todo aquello no fue más que un juego que se les fue de las manos, los hermanos Gallagher lo vivieron como una guerra sin cuartel entre el orgullo de clase obrera del norte industrial y la insufrible arrogancia del Londres pijo y exquisito. Al final, Damon ganó una batalla (el single de su banda, ‘Country house’, consiguió el número 1 por encima del de Oasis, ‘Roll with it’ en esa lista de ventas de la semana del 14 de agosto que fue manzana de la discordia), pero perdió la guerra a medio y largo plazo, al consolidarse Oasis como el grupo de mayor éxito popular de la generación 'britpop' y acabar siendo Noel ampliamente reconocido como el mejor compositor de la hornada. Albarn tiró la toalla y asumió con naturalidad su papel de segundón en una entrevista muy posterior, ya en 2010. Noel le correspondió un año después diciendo que desearle a Damon y al bajista de su banda, Alex James, que cogiesen el SIDA había sido un detalle de pésimo gusto: “Como máximo, debí desearles un fuerte catarro. Nuestra rivalidad no era para tanto”.

 Es uno de los momentos más divertidos y crueles del estupendo documental 'Don’t look back', crónica audiovisual de la gira británica de Bob Dylan de 1965 filmada con mano maestra por D. A. Pennebaker. El cantautor escocés Donovan Phillips Leitch acude con su guitarra al hotel de Londres en que se hospedan Dylan y su sequito, les toca una de sus canciones ('To sing for you') y recibe el menosprecio arrogante de su ídolo, que le arrebata el instrumento entre risas ahogadas y cuchicheos para tocarle una estrofa de 'It’s all over know baby blue' y dejarle así muy clara la diferencia entre un genio en su pedestal y un simple advenedizo con pretensiones. A Donovan, que ya había sido bautizado por entonces por la prensa como "el Dylan británico", le persiguen esas imágenes. Poco importa que el de Glasgow sea un artista de sólida trayectoria, autor de himnos generacionales como 'Catch the wind' o 'Universal soldiers' y obras maestras de la psicodelia hippie como 'Hurdy gurdy man' o 'Atlantis', aún hay quien le recuerda que hace más de 50 años quiso salir en la foto, tuvo la osadía de arrimarse a la versión más desquiciada y vitriólica de Bob Dylan y fue castigado con dureza.

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Donovan eclipsado por Bob Dylan

Es uno de los momentos más divertidos y crueles del estupendo documental 'Don’t look back', crónica audiovisual de la gira británica de Bob Dylan de 1965 filmada con mano maestra por D. A. Pennebaker. El cantautor escocés Donovan Phillips Leitch acude con su guitarra al hotel de Londres en que se hospedan Dylan y su sequito, les toca una de sus canciones ('To sing for you') y recibe el menosprecio arrogante de su ídolo, que le arrebata el instrumento entre risas ahogadas y cuchicheos para tocarle una estrofa de 'It’s all over know baby blue' y dejarle así muy clara la diferencia entre un genio en su pedestal y un simple advenedizo con pretensiones. A Donovan, que ya había sido bautizado por entonces por la prensa como "el Dylan británico", le persiguen esas imágenes. Poco importa que el de Glasgow sea un artista de sólida trayectoria, autor de himnos generacionales como 'Catch the wind' o 'Universal soldiers' y obras maestras de la psicodelia hippie como 'Hurdy gurdy man' o 'Atlantis', aún hay quien le recuerda que hace más de 50 años quiso salir en la foto, tuvo la osadía de arrimarse a la versión más desquiciada y vitriólica de Bob Dylan y fue castigado con dureza.

 La rivalidad de Joan Crawford (Texas, 1904) y Bette Davis (Massachussets, 1908) ya era conocida. Pero al director Robert Aldrich se le ocurrió convertirla en un apasionante espectáculo en '¿Qué fue de Baby Jane?' (1962), una película rodada cuando la carrera de ambas se encontraba en un bache. El rodaje fue todo lo tenso que se esperaba y su rivalidad no solo alimentó la taquilla (la película fue un éxito), sino que superó la popularidad de la película (Ryan Murphy la convirtió en una serie en 2017 con la estupenda 'Feud'). ¿Pero quién ganó aquí entre estos dos talentos incombustibles? Hay que apuntar que Bette Davis no solo consiguió una nominación al Oscar (Crawford no), sino que su carrera posterior fue mucho más duradera y rica que la de Crawford, que trabajó durante ocho años más en subproductos de terror que no hacían honor a su carrera y su talento. Bette Davis trabajó casi hasta su muerte, en 1989, en cine y televisión y recibió reconocimientos como la Legión de Honor de Francia, el premio a toda su carrera del American Film Institute y, justo antes de morir, un homenaje en el Festival de Cine de San Sebastián.

Joan Crawford eclipsada por Bette Davis

La rivalidad de Joan Crawford (Texas, 1904) y Bette Davis (Massachussets, 1908) ya era conocida. Pero al director Robert Aldrich se le ocurrió convertirla en un apasionante espectáculo en '¿Qué fue de Baby Jane?' (1962), una película rodada cuando la carrera de ambas se encontraba en un bache. El rodaje fue todo lo tenso que se esperaba y su rivalidad no solo alimentó la taquilla (la película fue un éxito), sino que superó la popularidad de la película (Ryan Murphy la convirtió en una serie en 2017 con la estupenda 'Feud'). ¿Pero quién ganó aquí entre estos dos talentos incombustibles? Hay que apuntar que Bette Davis no solo consiguió una nominación al Oscar (Crawford no), sino que su carrera posterior fue mucho más duradera y rica que la de Crawford, que trabajó durante ocho años más en subproductos de terror que no hacían honor a su carrera y su talento. Bette Davis trabajó casi hasta su muerte, en 1989, en cine y televisión y recibió reconocimientos como la Legión de Honor de Francia, el premio a toda su carrera del American Film Institute y, justo antes de morir, un homenaje en el Festival de Cine de San Sebastián. GETTY

 La suya fue una de las rivalidades más intensas y extenuantes de la historia del deporte. Dos hombres condenados a enfrentarse en un total de 144 partidas de ajedrez con el título mundial en juego entre 1984 y 1990, viviendo el uno a expensas del otro, conscientes del formidable reto intelectual y deportivo que suponía tratar de derrotarse mutuamente. Hoy se respetan y se aprecian (“gran parte de lo que sé sobre el ajedrez y la vida lo aprendí enfrentándome a Kárpov”, ha llegado a reconocer Kaspárov en una entrevista reciente), pero a mediados de los 80, cuando Kaspárov quiso presentarse como el hombre ‘nuevo’ de la perestroika en lucha contra el rancio aparato de los comunistas soviéticos que para él representaba Kárpov, llegaron a detestarse. A la larga, Kaspárov derrotó y eclipsó a Kárpov. Pero lo cierto es que los dos eran ajedrecistas exquisitos, de un nivel muy similar y con muy pocos precedentes en la historia del juego ciencia.

Kárpov eclipsado por Kaspárov

La suya fue una de las rivalidades más intensas y extenuantes de la historia del deporte. Dos hombres condenados a enfrentarse en un total de 144 partidas de ajedrez con el título mundial en juego entre 1984 y 1990, viviendo el uno a expensas del otro, conscientes del formidable reto intelectual y deportivo que suponía tratar de derrotarse mutuamente. Hoy se respetan y se aprecian (“gran parte de lo que sé sobre el ajedrez y la vida lo aprendí enfrentándome a Kárpov”, ha llegado a reconocer Kaspárov en una entrevista reciente), pero a mediados de los 80, cuando Kaspárov quiso presentarse como el hombre ‘nuevo’ de la perestroika en lucha contra el rancio aparato de los comunistas soviéticos que para él representaba Kárpov, llegaron a detestarse. A la larga, Kaspárov derrotó y eclipsó a Kárpov. Pero lo cierto es que los dos eran ajedrecistas exquisitos, de un nivel muy similar y con muy pocos precedentes en la historia del juego ciencia.

 Cristiano Ronaldo podría escribir una tesis doctoral sobre lo que supone sufrir un eclipse de talento. Leo Messi viene siendo su piedra en el zapato desde que el portugués tenía 20 años. Por entonces, Cristiano iba camino de ser reconocido como la principal estrella de la constelación fútbol. La suya era una formidable historia de superación personal a través del deporte con episodios como su difícil infancia en Madeira o el problema de corazón que casi le aparta del fútbol a los 15 años. Había sobrevivido a todo ello para convertirse en un formidable atleta y el jugador franquicia de la selección de Portugal y del Manchester United. El futuro era suyo. Pero entonces irrumpió Messi, dos años menor. Un talento más cuajado, más puro. "Un genio", en opinión de Fabio Capello. "Un poeta del balón y el futbolista más completo de la historia", según Johan Cruyff. "El Picasso del fútbol", según César Luis Menotti. A Cristiano se le reconocen el esfuerzo, la constancia, su relación privilegiada con el gol y el voraz instinto competitivo que le mantienen, ya en la treintena, varios peldaños por encima de los Mbappé, Dybala o Griezmann. De Messi, el olímpico extraterrestre cuya grandeza no se mide ya en goles, títulos ni Balones de Oro, suele decirse en cambio que su reino no es de este mundo, que es Maradona todos los días y Pelé cuando le apetece. “Mi hijo siempre elige jugar contigo en la PlayStation”, le reconoció el portugués al argentino hace un par de años, en un encuentro casual en Zúrich. Pocas veces una declaración de impotencia sonó tan cordial y tan elegante.

Ronaldo eclipsado por Messi

Cristiano Ronaldo podría escribir una tesis doctoral sobre lo que supone sufrir un eclipse de talento. Leo Messi viene siendo su piedra en el zapato desde que el portugués tenía 20 años. Por entonces, Cristiano iba camino de ser reconocido como la principal estrella de la constelación fútbol. La suya era una formidable historia de superación personal a través del deporte con episodios como su difícil infancia en Madeira o el problema de corazón que casi le aparta del fútbol a los 15 años. Había sobrevivido a todo ello para convertirse en un formidable atleta y el jugador franquicia de la selección de Portugal y del Manchester United. El futuro era suyo. Pero entonces irrumpió Messi, dos años menor. Un talento más cuajado, más puro. "Un genio", en opinión de Fabio Capello. "Un poeta del balón y el futbolista más completo de la historia", según Johan Cruyff. "El Picasso del fútbol", según César Luis Menotti. A Cristiano se le reconocen el esfuerzo, la constancia, su relación privilegiada con el gol y el voraz instinto competitivo que le mantienen, ya en la treintena, varios peldaños por encima de los Mbappé, Dybala o Griezmann. De Messi, el olímpico extraterrestre cuya grandeza no se mide ya en goles, títulos ni Balones de Oro, suele decirse en cambio que su reino no es de este mundo, que es Maradona todos los días y Pelé cuando le apetece. “Mi hijo siempre elige jugar contigo en la PlayStation”, le reconoció el portugués al argentino hace un par de años, en un encuentro casual en Zúrich. Pocas veces una declaración de impotencia sonó tan cordial y tan elegante.

 Nacido en la comarca francesa del Limousin en 1936, Raymond Poulidor ha pasado a la historia como el eterno segundón de la historia del ciclismo. “Me hice rico y famoso acumulando desgracias y derrotas”, recordaba él con humor resignado en una entrevista del año 2004. Escalador prodigioso, con mucho fuelle y una inaudita capacidad de sufrimiento, Poulidor participó en 14 Tours entre 1962 y 1976 y fue podio en ocho ocasiones, pero no pudo ganar nunca la gran ronda francesa porque en su camino se cruzaron un par de rivales fuera de serie, primero Jacques Anquetil y después Eddy Mercx. El persistente eclipse deportivo al que le sometió Anquetil hasta bien entrados los 60 es hoy leyenda del deporte: Poulidor sufrió tanto la superioridad de su rival en la contrarreloj como una serie casi inverosímil de desfallecimientos, caídas y ataques frustrados . “Al final, los Tours se los llevaba Anquetil, pero la gente me seguía prefiriendo a mí”, dijo en su día Poulidor, uno de los perdedores crónicos más populares de la historia.

Poulidor eclipsado por Anquetil

Nacido en la comarca francesa del Limousin en 1936, Raymond Poulidor ha pasado a la historia como el eterno segundón de la historia del ciclismo. “Me hice rico y famoso acumulando desgracias y derrotas”, recordaba él con humor resignado en una entrevista del año 2004. Escalador prodigioso, con mucho fuelle y una inaudita capacidad de sufrimiento, Poulidor participó en 14 Tours entre 1962 y 1976 y fue podio en ocho ocasiones, pero no pudo ganar nunca la gran ronda francesa porque en su camino se cruzaron un par de rivales fuera de serie, primero Jacques Anquetil y después Eddy Mercx. El persistente eclipse deportivo al que le sometió Anquetil hasta bien entrados los 60 es hoy leyenda del deporte: Poulidor sufrió tanto la superioridad de su rival en la contrarreloj como una serie casi inverosímil de desfallecimientos, caídas y ataques frustrados . “Al final, los Tours se los llevaba Anquetil, pero la gente me seguía prefiriendo a mí”, dijo en su día Poulidor, uno de los perdedores crónicos más populares de la historia.

 La del británico Robert Falcon Scott fue una derrota por partida doble. Llegó al Polo Sur cinco semanas después que su rival en la carrera antártica, el noruego Roald Amundsen, y tanto él como sus hombres murieron en el camino de vuelta, atrapados por una fuerte ventisca en la barrera de hielo de Ross, en los últimos días del verano austral de 1912. Sus últimas palabras fueron: “Por el amor de Dios, cuida de nuestra gente”. Aunque en su momento fue considerado por sus compatriotas como una especie de héroe romántico, un visionario que se había inmolado en el altar del progreso y de la grandeza del Imperio Británico, Scott es visto hoy en día como un líder caótico, un pésimo planificador que cometió errores de bulto en su expedición polar. Nada que ver con la gélida eficacia de Amundsen ni con el sentido común y la capacidad de liderazgo de otro de sus rivales, el anglo-irlandés Robert Shackleton, que no alcanzó el Polo Sur pero sobrevivió a más de dos años de accidentada odisea por el continente helado sin perder un solo hombre.

Robert Falcon Scott eclipsado por Roald Amundsen

La del británico Robert Falcon Scott fue una derrota por partida doble. Llegó al Polo Sur cinco semanas después que su rival en la carrera antártica, el noruego Roald Amundsen, y tanto él como sus hombres murieron en el camino de vuelta, atrapados por una fuerte ventisca en la barrera de hielo de Ross, en los últimos días del verano austral de 1912. Sus últimas palabras fueron: “Por el amor de Dios, cuida de nuestra gente”. Aunque en su momento fue considerado por sus compatriotas como una especie de héroe romántico, un visionario que se había inmolado en el altar del progreso y de la grandeza del Imperio Británico, Scott es visto hoy en día como un líder caótico, un pésimo planificador que cometió errores de bulto en su expedición polar. Nada que ver con la gélida eficacia de Amundsen ni con el sentido común y la capacidad de liderazgo de otro de sus rivales, el anglo-irlandés Robert Shackleton, que no alcanzó el Polo Sur pero sobrevivió a más de dos años de accidentada odisea por el continente helado sin perder un solo hombre.

 Ya en 'Mozart y Salieri', ópera de Nikolái Rimski-Kórsakov estrenada en 1898, se afirmaba sin tapujos que Antonio Salieri había envenado a su colega Wolfgang Amadeus Mozart corroído por la envidia que le causaba su inmenso talento. El dramaturgo inglés Peter Shaffer profundizó en la historia de la (supuesta) rivalidad malsana entre estos dos músicos de la era barroca con su obra 'Amadeus' (1979), adaptada al cine cinco años después por Milos Forman. Según la apasionante pero no del todo fiable versión de Shaffer, a Salieri, compositor de éxito pero de un talento menor, le mortificaba que un perfecto gañán de inteligencia discutible y costumbres vulgares como Mozart tuviese el don celestial de hacer música sublime. Por eso se dedicó a sabotear la carrera de su rival en la corte vienesa y acabó asesinándolo. Sin embargo, la evidencia histórica apunta más bien a que Salieri no solo no tuvo nada que ver con la muerte de Mozart, sino que fue su amigo, mentor y colaborador pese a algún desencuentro puntual sin demasiada importancia. 10

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Salieri eclipsado por Mozart

Ya en 'Mozart y Salieri', ópera de Nikolái Rimski-Kórsakov estrenada en 1898, se afirmaba sin tapujos que Antonio Salieri había envenado a su colega Wolfgang Amadeus Mozart corroído por la envidia que le causaba su inmenso talento. El dramaturgo inglés Peter Shaffer profundizó en la historia de la (supuesta) rivalidad malsana entre estos dos músicos de la era barroca con su obra 'Amadeus' (1979), adaptada al cine cinco años después por Milos Forman. Según la apasionante pero no del todo fiable versión de Shaffer, a Salieri, compositor de éxito pero de un talento menor, le mortificaba que un perfecto gañán de inteligencia discutible y costumbres vulgares como Mozart tuviese el don celestial de hacer música sublime. Por eso se dedicó a sabotear la carrera de su rival en la corte vienesa y acabó asesinándolo. Sin embargo, la evidencia histórica apunta más bien a que Salieri no solo no tuvo nada que ver con la muerte de Mozart, sino que fue su amigo, mentor y colaborador pese a algún desencuentro puntual sin demasiada importancia.

 El nombre de Pierre Curie (París, 1859) es una institución en el campo de la investigación. Pero el de su esposa Marie (Varsovia, 1867) lo supera. Los hechos: juntos ganaron el premio Nobel de Física en 1903 por sus investigaciones sobre la radioactividad, pero ella volvió a ganar un Nobel de Química, esta vez sola, en 1911. No solo es la única mujer que ha ganado dos premios Nobel: es también la única persona que lo ha hecho en dos categorías diferentes.

Pierre Curie eclipsado por su esposa Marie Curie

El nombre de Pierre Curie (París, 1859) es una institución en el campo de la investigación. Pero el de su esposa Marie (Varsovia, 1867) lo supera. Los hechos: juntos ganaron el premio Nobel de Física en 1903 por sus investigaciones sobre la radioactividad, pero ella volvió a ganar un Nobel de Química, esta vez sola, en 1911. No solo es la única mujer que ha ganado dos premios Nobel: es también la única persona que lo ha hecho en dos categorías diferentes.

 En octubre de 1974, George Foreman, un brutal fajador de 25 años con dinamita en los puños, parecía invencible. Sin embargo, perdió en Kinsasa, capital de Zaire, la llamada Rumble in the Jungle (La pelea de la selva), un legendario combate que le enfrentó a un rival siete años mayor y, en teoría, en pleno declive. Porque el Muhammad Ali de otoño del 74 ya no era ese poeta del cuadrilátera que, según feliz expresión de su agente y principal propagandista, Greg ‘Bundini’ Brown, revoloteaba como una mariposa y aguijoneaba como un avispa. La edad y los años en que se mantuvo alejado del boxeo por razones ajenas a su voluntad le habían pasado factura. En Kinsasa, el veterano campeón se dejó arrinconar por su rival casi desde el principio. En lo que parecía una claudicación prematura, se recostó sobre las cuerdas y permitió que los puños de acero de Foreman le castigasen el torso mientras se cubría la cara. Un recital de estoicismo y resistencia pasiva, bautizado por su entrenador, Angelo Dundee, como ‘rope-a-dope’ (el dopaje de las cuerdas), que le sirvió para acabar noqueando en el octavo asalto a un exhausto y desconcertado Foreman. En parte debido a ese combate, hoy recordamos a Ali como uno de los grandes atletas del siglo XX, el gran genio visionario que transformó el boxeo, y a Foreman como un muy digno rival que no fue capaz de hacerle besar la lona ni en su fase de decadencia.

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George Foreman eclipsado por Muhammad Ali

En octubre de 1974, George Foreman, un brutal fajador de 25 años con dinamita en los puños, parecía invencible. Sin embargo, perdió en Kinsasa, capital de Zaire, la llamada Rumble in the Jungle (La pelea de la selva), un legendario combate que le enfrentó a un rival siete años mayor y, en teoría, en pleno declive. Porque el Muhammad Ali de otoño del 74 ya no era ese poeta del cuadrilátera que, según feliz expresión de su agente y principal propagandista, Greg ‘Bundini’ Brown, revoloteaba como una mariposa y aguijoneaba como un avispa. La edad y los años en que se mantuvo alejado del boxeo por razones ajenas a su voluntad le habían pasado factura. En Kinsasa, el veterano campeón se dejó arrinconar por su rival casi desde el principio. En lo que parecía una claudicación prematura, se recostó sobre las cuerdas y permitió que los puños de acero de Foreman le castigasen el torso mientras se cubría la cara. Un recital de estoicismo y resistencia pasiva, bautizado por su entrenador, Angelo Dundee, como ‘rope-a-dope’ (el dopaje de las cuerdas), que le sirvió para acabar noqueando en el octavo asalto a un exhausto y desconcertado Foreman. En parte debido a ese combate, hoy recordamos a Ali como uno de los grandes atletas del siglo XX, el gran genio visionario que transformó el boxeo, y a Foreman como un muy digno rival que no fue capaz de hacerle besar la lona ni en su fase de decadencia.

 En los primeros 90, Marco Pantani, nacido en Cesena en 1970, formó parte, junto a Gianni Bugno o Claudio Chiapucci, del club de magníficos ciclistas italianos eclipsados por Miguel Induráin. Sin embargo, a diferencia de Poulidor, que sobrevivió a la dictadura de Anquetil para ser sometido años después a la de Eddy Mercx, Pantani sí aprovechó su oportunidad de asaltar los cielos en cuanto se retiró el extraterrestre de Villava. Ya en 1997 anduvo cerca en la general del Tour de Francia del alemán Jan Ulrich, al que derrotaría el año siguiente. Y lo hizo a lo grande, con un majestuoso ataque al pie del Galibier que le permitió llegar a la meta de Les Deux Alpes con nueve minutos de ventaja que a la postre serían decisivos. Pese a lo deprimente que acabaría siendo la recta final de su vida, a Pantani, sancionado por dopaje un año después de su gran éxito y fallecido en extrañas circunstancias en un hotel de Rímini en 2004, con solo 34 años, hay que reconocerle que supo resistirse con uñas y dientes al papel de segundo en discordia al que parecía condenado cuando empezó a descollar en el pelotón internacional. 13

Marco Pantani eclipsado por Miguel Induráin

En los primeros 90, Marco Pantani, nacido en Cesena en 1970, formó parte, junto a Gianni Bugno o Claudio Chiapucci, del club de magníficos ciclistas italianos eclipsados por Miguel Induráin. Sin embargo, a diferencia de Poulidor, que sobrevivió a la dictadura de Anquetil para ser sometido años después a la de Eddy Mercx, Pantani sí aprovechó su oportunidad de asaltar los cielos en cuanto se retiró el extraterrestre de Villava. Ya en 1997 anduvo cerca en la general del Tour de Francia del alemán Jan Ulrich, al que derrotaría el año siguiente. Y lo hizo a lo grande, con un majestuoso ataque al pie del Galibier que le permitió llegar a la meta de Les Deux Alpes con nueve minutos de ventaja que a la postre serían decisivos. Pese a lo deprimente que acabaría siendo la recta final de su vida, a Pantani, sancionado por dopaje un año después de su gran éxito y fallecido en extrañas circunstancias en un hotel de Rímini en 2004, con solo 34 años, hay que reconocerle que supo resistirse con uñas y dientes al papel de segundo en discordia al que parecía condenado cuando empezó a descollar en el pelotón internacional.

 Elsa Schiaparelli (Roma, 1890) fue una de las grandes fuerzas creativas del diseño en su día. Cercana a artistas como Dali, Duchamp, Cocteau y Man Ray, sus creaciones fueron en su día más valientes e innovadoras que las de Coco Chanel (Maine y Loira, 1883), que sin embargo tuvo más talento con los negocios y vio como su firma crecía y triunfaba tras la Segunda Guerra Mundial. Mientras, Schiaparelli, en bancarrota, cerró su firma en 1954. Hoy las creaciones de Schiaparelli están en museos, pero la firma Chanel sigue triunfando en los negocios y sobre las pasarelas. 14

Elsa Schiaparelli eclipsada por Coco Chanel

Elsa Schiaparelli (Roma, 1890) fue una de las grandes fuerzas creativas del diseño en su día. Cercana a artistas como Dali, Duchamp, Cocteau y Man Ray, sus creaciones fueron en su día más valientes e innovadoras que las de Coco Chanel (Maine y Loira, 1883), que sin embargo tuvo más talento con los negocios y vio como su firma crecía y triunfaba tras la Segunda Guerra Mundial. Mientras, Schiaparelli, en bancarrota, cerró su firma en 1954. Hoy las creaciones de Schiaparelli están en museos, pero la firma Chanel sigue triunfando en los negocios y sobre las pasarelas. GETTY

 El danés Niels Bohr no fue capaz de noquear a Albert Einstein en el gran combate intelectual del siglo XX. Y eso que Bohr golpeaba con la contundencia y el rigor de la mecánica cuántica. Einstein se resistió durante décadas (hasta mediados de los años 30) a algunas de las conclusiones de esta por entonces novísima y prometedora disciplina científica. Y lo hizo aplicando la intuición y el pensamiento lateral, dos armas no muy distintas del ‘rope-a-dope’ de Muhammad Ali. El físico alemán llegó a estar contra las cuerdas, como le ocurrió en la célebre conferencia de Solvay de 1927, pero el sensato y ecuánime Bohr acabó reconociendo que la terca esgrima intelectual a la que le sometía Einstein era un poderoso estímulo. Le hacía pensar más y mejor y, en última instancia, plantearse nuevos problemas y llegar a mejores conclusiones. La perspectiva actual más común es que Bohr estaba en lo cierto en gran parte de las cuestiones que fueron objeto de debate entre ellos. Pero eso no impide que la de Bohr siga siendo una figura relativamente oscura (pese a lo mucho que ha hecho la serie ‘The Big Bang Theory’ para popularizarla) y que, en cambio, consideremos a Einstein una personalidad clave del siglo XX y uno de los mayores genios de la historia de la ciencia. 15

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Niels Bohr eclipsado por Albert Einstein

El danés Niels Bohr no fue capaz de noquear a Albert Einstein en el gran combate intelectual del siglo XX. Y eso que Bohr golpeaba con la contundencia y el rigor de la mecánica cuántica. Einstein se resistió durante décadas (hasta mediados de los años 30) a algunas de las conclusiones de esta por entonces novísima y prometedora disciplina científica. Y lo hizo aplicando la intuición y el pensamiento lateral, dos armas no muy distintas del ‘rope-a-dope’ de Muhammad Ali. El físico alemán llegó a estar contra las cuerdas, como le ocurrió en la célebre conferencia de Solvay de 1927, pero el sensato y ecuánime Bohr acabó reconociendo que la terca esgrima intelectual a la que le sometía Einstein era un poderoso estímulo. Le hacía pensar más y mejor y, en última instancia, plantearse nuevos problemas y llegar a mejores conclusiones. La perspectiva actual más común es que Bohr estaba en lo cierto en gran parte de las cuestiones que fueron objeto de debate entre ellos. Pero eso no impide que la de Bohr siga siendo una figura relativamente oscura (pese a lo mucho que ha hecho la serie ‘The Big Bang Theory’ para popularizarla) y que, en cambio, consideremos a Einstein una personalidad clave del siglo XX y uno de los mayores genios de la historia de la ciencia.

 Pocos fracasos resultan tan controvertidos como el de Wener Heisenberg. Durante muchos años, se dio por cierto que el físico alemán, padre del principio de incertidumbre y premio Nobel en 1932, había fracasado de forma deliberada en su intento de desarrollar una bomba atómica para Adolf Hitler. Incluso se llegó a afirmar que su célebre encuentro con Niels Bohr en Copenhague en septiembre de 1941 fue en realidad un intento de filtrar a los aliados detalles del plan nuclear alemán para que hiciesen lo posible por impedirlo. Hoy se sabe, en cambio, que Heisenberg y su equipo aparcaron sus reservas morales y trabajaron con denuedo para producir la bomba, objetivo del que solo les separaron una serie de errores de cálculo. En paralelo, el Proyecto Manhattan, dirigido por Robert Oppenheimer en estrecha colaboración con premios Nobel como el italiano Enrico Fermi, hizo espectaculares progresos en su laboratorio de Los Álamos, Nuevo México, entre 1943 y 1945. El resultado lo padecerían pronto las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. 16

Werner Heisenberg eclipsado por Enrico Fermi

Pocos fracasos resultan tan controvertidos como el de Wener Heisenberg. Durante muchos años, se dio por cierto que el físico alemán, padre del principio de incertidumbre y premio Nobel en 1932, había fracasado de forma deliberada en su intento de desarrollar una bomba atómica para Adolf Hitler. Incluso se llegó a afirmar que su célebre encuentro con Niels Bohr en Copenhague en septiembre de 1941 fue en realidad un intento de filtrar a los aliados detalles del plan nuclear alemán para que hiciesen lo posible por impedirlo. Hoy se sabe, en cambio, que Heisenberg y su equipo aparcaron sus reservas morales y trabajaron con denuedo para producir la bomba, objetivo del que solo les separaron una serie de errores de cálculo. En paralelo, el Proyecto Manhattan, dirigido por Robert Oppenheimer en estrecha colaboración con premios Nobel como el italiano Enrico Fermi, hizo espectaculares progresos en su laboratorio de Los Álamos, Nuevo México, entre 1943 y 1945. El resultado lo padecerían pronto las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

 En su libro de memorias, 'Las canciones que mi madre me enseñó', Marlon Brando describe a Monty Clift como “un amigo que tuvo una muerte prematura y trágica”. Brando recuerda lo mucho que tenían en común. Ambos eran de Omaha, de edad muy similar y alumnos del Actor’s Studio. Compartieron agente, amigos e incluso novias. Hasta bien entrados los años 50, compitieron con frecuencia por los mismos papeles. Elizbeth Taylor, amiga de ambos, aseguraba que Monty sentía una secreta envidia por Marlon, un seductor cuyo magnetismo animal resultaba evidente para cualquier que lo conociese. En 1958, dos años después de que Clift sufriese un accidente de coche que le dejó importantes secuelas y agudizó su dependencia del alcohol y los calmantes, ambos actores trabajaron juntos en el clásico del cine bélico 'El baile de los malditos', de Edward Dmytryk. Por entonces, Brando estaba en la cresta de la ola y Clift, en plena decadencia, inmerso, según la descripción de su antiguo profesor Robert Lewis, “en el suicidio más largo de la historia de Hollywood”. Tras una tensa conversación nocturna en la que Brando trataba de advertirle de los riesgos de su estilo de vida autodestructivo, Clift acabó haciéndole a su amigo y compañero de reparto una confesión dolorosa: “Tú tienes todo lo que yo siempre quise”. 17

Montgomery Clift eclipsado por Marlon Brando

En su libro de memorias, 'Las canciones que mi madre me enseñó', Marlon Brando describe a Monty Clift como “un amigo que tuvo una muerte prematura y trágica”. Brando recuerda lo mucho que tenían en común. Ambos eran de Omaha, de edad muy similar y alumnos del Actor’s Studio. Compartieron agente, amigos e incluso novias. Hasta bien entrados los años 50, compitieron con frecuencia por los mismos papeles. Elizbeth Taylor, amiga de ambos, aseguraba que Monty sentía una secreta envidia por Marlon, un seductor cuyo magnetismo animal resultaba evidente para cualquier que lo conociese. En 1958, dos años después de que Clift sufriese un accidente de coche que le dejó importantes secuelas y agudizó su dependencia del alcohol y los calmantes, ambos actores trabajaron juntos en el clásico del cine bélico 'El baile de los malditos', de Edward Dmytryk. Por entonces, Brando estaba en la cresta de la ola y Clift, en plena decadencia, inmerso, según la descripción de su antiguo profesor Robert Lewis, “en el suicidio más largo de la historia de Hollywood”. Tras una tensa conversación nocturna en la que Brando trataba de advertirle de los riesgos de su estilo de vida autodestructivo, Clift acabó haciéndole a su amigo y compañero de reparto una confesión dolorosa: “Tú tienes todo lo que yo siempre quise”.

 

Fuente: EP

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